Los Resúmenes de la ContraHistoria

Los Resúmenes de la ContraHistoria

By Fernando Díaz VillanuevaHistory
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Los Resúmenes de la ContraHistoria episodes

  • Tercios, picas y burocracia - Episodio exclusivo para mecenas
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    Uno de los grandes debates historiográficos de las últimas décadas es el de la conocida como revolución militar que se produjo en los siglos XVI y XVII. La tesis la expuso el historiador escocés Michael Roberts en una conferencia de 1955. Según él esta revolución supuso el nacimiento del Estado moderno. La tesis de Roberts era realmente provocadora. Aseguraba que el arte moderno de la guerra hizo posible, y al mismo tiempo necesaria, la creación de esa maquinaria burocrática en la que todavía vivimos inmersos. Mantener ejércitos permanentes equipados con armas de fuego exigía recaudar impuestos de manera regular, llevar cuentas, organizar suministros y crear una administración profesional. La guerra, en suma, construyó al Estado, y no al revés.
    Pero el proceso arrancó antes de lo que Roberts pensaba. En el siglo XV los piqueros suizos acabaron con el monopolio del caballero medieval, y poco después Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, combinó picas y arcabuces en las batallas de Ceriñola y Garellano durante las guerras de Italia. De ahí nacieron los tercios españoles, unidades permanentes, profesionales y disciplinadas que dominaron los campos de batalla europeos durante casi siglo y medio.
    La escuela holandesa de Mauricio de Nassau introdujo después la disciplina romana, la instrucción sistemática y la contramarcha, codificándolo todo en manuales impresos que tuvieron gran difusión. Su discípulo más brillante fue Gustavo II Adolfo de Suecia, el llamado León del Norte, que aligeró el mosquete, uniformó a sus tropas, modernizó la artillería y adoptó formaciones más finas y móviles.
    Geoffrey Parker añadió en los años 70 una pieza más, la de la traza italiana, fortificaciones abaluartadas bajas y gruesas que resistían el fuego de cañón y convertían la guerra en una sucesión interminable de asedios. Eso obligaba a los príncipes a mantener ejércitos cada vez más numerosos. A esto se sumó la revolución naval con galeones y navíos de línea fuertemente artillados que permitieron proyectar el poder europeo por los océanos.
    El debate historiográfico posterior ha matizado mucho la tesis original de Roberts. Unos hablan de varias revoluciones sucesivas en lugar de una sola que se fueron encadenando lentamente. Otros invierten la causalidad, es decir, fue el Estado el que hizo a esos ejércitos, no al revés. Otros han demostrado que las cifras de soldados de la época están infladas. Otros que la caballería nunca murió sino que se transformó, y que la supuesta superioridad militar europea sobre otros continentes fue más un mito retrospectivo que una realidad hasta entrado el siglo XIX.
    ¿Hubo revolución? Si lo entendemos como un cambio súbito en el curso de una generación, no, no la hubo. Si en cambio pensamos en ello como una transformación estructural que cambió cómo aquellas sociedades se organizaban para guerrear y cómo financiaban sus guerras, sin duda sí que la hubo. De aquellos campos de batalla salieron los censos, los impuestos estables, las líneas de suministro y la burocracia. El Estado moderno, con todas sus virtudes y miserias, tiene parte de sus raíces en la pólvora del siglo XVII.
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    17 min
  • Apolo, el gran salto - Episodio exclusivo para mecenas
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    La Luna siempre ha estado ahí, aparentemente a tiro de piedra. Se encuentra a una media de 384.000 kilómetros, lo que la convierte en el único cuerpo celeste que nuestros antepasados podían contemplar con detalle a simple vista. Eso hizo de ella territorio de sacerdotes, poetas y astrólogos durante miles de años. Sus fases regulares, ese ciclo de 29 días y medio, sirvieron para medir el tiempo mucho antes de que nadie entendiese la mecánica orbital. Calendarios lunares los hay por todas partes, desde el chino hasta el musulmán, pasando por el modo en el que los cristianos fijan la fecha de la Semana Santa.
    Llegar a pisarla ya era otra historia. La odisea empezó con la Segunda Guerra Mundial y los cohetes V-2 que Wernher von Braun desarrolló para el Tercer Reich. Acabada la contienda, estadounidenses y soviéticos se llevaron a los ingenieros alemanes. Von Braun acabó en Alabama trabajando para el ejército de Estados Unidos. Durante años su trabajo avanzó lentamente hasta que el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik. Aquella esfera que pitaba desde el espacio provocó la estupefacción de los estadounidenses. Los soviéticos repitieron con la perra Laika y luego con Yuri Gagarin, el primer ser humano en orbitar la Tierra. Estados Unidos iba siempre un paso por detrás.
    Entonces apareció Kennedy. Joven y ambicioso, vio en la Luna un proyecto casi de ciencia ficción en el que todos estaban de acuerdo. En mayo de 1961 anunció ante el Congreso que un estadounidense pisaría la Luna antes de que terminase la década. Era una promesa temeraria porque en aquel momento la experiencia tripulada de la NASA se reducía al vuelo suborbital de quince minutos de Alan Shepard. Nadie sabía cómo llegar a la Luna. Nadie tenía el cohete. Nadie estaba seguro de que fuera posible.
    Los programas Mercury y Gemini fueron la escuela. Con el Mercury aprendieron que un ser humano podía sobrevivir en el espacio. Con el Gemini ensayaron todo lo necesario para la misión lunar: acoplamientos, paseos espaciales, maniobras orbitales. El programa para llegara a la Luna la NASA lo bautizó Apolo. Adoptaron el perfil de misión propuesto por el ingeniero John Houbolt y Von Braun construyó el Saturno V, un monstruo de 110 metros de altura capaz de poner 45 toneladas camino de la Luna.
    Hubo tragedias. El incendio del Apolo 1 mató a tres astronautas en enero de 1967 y obligó a rediseñar la cápsula entera. Hubo también momentos gloriosos. El Apolo 8 llevó a tres hombres a orbitar la Luna en la Navidad de 1968. Y el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron con el módulo Eagle hasta el mar de la Tranquilidad. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo por televisión.
    Le siguieron seis misiones más, hasta el Apolo 17 en diciembre de 1972. Trajeron 382 kilos de rocas, desplegaron instrumentos, algunos incluso siguen funcionando hoy y cambiaron para siempre nuestra comprensión del sistema solar. Las huellas de aquellos doce hombres permanecen intactas en el regolito lunar ya que en la Luna no hay viento ni lluvia que las borre. Esperemos que quienes lleguen después las respeten.

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    22 min
  • Las guerras de Italia - Episodio exclusivo para mecenas
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    Las guerras de Italia fueron el gran conflicto que marcó a Europa en la primera mitad del siglo XVI. Entre 1494 y 1559 Francia y España combatieron sin cuartel por el control de una península que lo tenía todo: riqueza, posición estratégica idónea en el centro del Mediterráneo, prestigio, cultura y al Papa. La Italia de la época era muy próspera y, sobre todo, estaba fragmentada en un mosaico de pequeños principados enfrentados entre sí. Una presa irresistible para las grandes monarquías que se estaban consolidando en Europa occidental.
    La chispa la encendió Ludovico Sforza, el regente de Milán, que tuvo la brillante idea de invitar a Carlos VIII de Francia a intervenir en los asuntos italianos. Fue como abrir la caja de Pandora. El monarca francés cruzó los Alpes en 1494 con 30.000 hombres y una artillería que pulverizaba las murallas medievales en cuestión de horas. Conquistó Nápoles casi sin oposición, pero no pudo retenerlo. Se formó una coalición en su contra y tuvo que marcharse. El propio Sforza, que había llamado al lobo, terminó devorado por él. Los franceses le derrocaron y murió preso en Francia.
    A partir de ahí se sucedieron las guerras con una endiablada cadencia. Años más tarde Luis XII se hizo con Milán pero perdió Nápoles frente al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que en batallas como Ceriñola y Garellano demostró que las armas de fuego portátiles como los arcabuces habían cambiado las reglas de la guerra para siempre. El Papa Julio II montó y desmontó alianzas con una facilidad pasmosa: primero contra Venecia, luego contra Francia. Francisco I recuperó Milán en Marignano, pero Carlos V se lo arrebató en Pavía, donde el propio rey francés fue capturado. Se lo llevaron preso a Madrid y le obligaron a firmar un tratado que repudió en cuanto regresó a Francia.
    La cosa fue a más. En 1527, las tropas imperiales saquearon Roma, un episodio que escandalizó a la cristiandad y que tuvo consecuencias inesperadas. El Papa, sometido a Carlos V, no se atrevió a anular el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, lo que provocó el cisma anglicano. Francisco I, desesperado, llegó a aliarse con el sultán otomano.
    Las guerras terminaron con la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Los reyes de Francia renunciaron a Italia dejando a los de España como amos de la península. Pero estos 65 años de guerras habían transformado mucho más que el mapa de Italia. Aquello fue toda una revolución militar. La caballería medieval fue sustituida por los tercios de arcabuceros y piqueros, la artillería obligó a reinventar las fortificaciones y los ejércitos se profesionalizaron. Esas mismas técnicas viajaron a América, donde los conquistadores españoles emplearon los arcabuces y las tácticas aprendidas en Italia. La plata americana financiaba a su vez las guerras italianas.
    La monarquía española salió convertida en el árbitro europeo y en esa condición se mantendría durante un siglo. Toda Italia pasó a la órbita española, pero la península había perdido ya su peso específico porque las grandes rutas comerciales se habían desplazado a los océanos.
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    19 min
  • El colapso de la URSS - Episodio exclusivo para mecenas
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    La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas constituye uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX, comparable en magnitud a las dos guerras mundiales o a la Revolución bolchevique que dio origen al propio Estado soviético en 1917. En apenas seis años, entre 1985 y 1991, un imperio que se extendía desde el Báltico hasta el Pacífico y que había mantenido en vilo al mundo entero durante las más de cuatro décadas de Guerra Fría se desmoronó sin que mediase una guerra convencional, una invasión exterior o una revolución. Lo que hubo fue algo más complejo: una combinación de reformas mal calculadas, presiones económicas insostenibles, el despertar de nacionalismos largo tiempo reprimidos y una élite dirigente que había perdido la fe en su propio proyecto.
    Todo comenzó con la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en marzo de 1985. Gorbachov era un hombre joven para los estándares del Kremlin, enérgico y convencido de que el sistema soviético podía reformarse desde dentro sin necesidad de abandonar el socialismo. Sus dos grandes programas, la perestroika y la glasnost, pretendían modernizar la economía y abrir un espacio de transparencia informativa. Lo que Gorbachov no previó fue que ambas reformas, lejos de fortalecer al Estado, terminarían por acabar con él.
    El proceso no fue uniforme ni predecible. Las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) fueron las primeras en independizarse. En el Cáucaso, la violencia étnica entre armenios y azeríes preludió que la coexistencia de los tiempos de la URSS saltaría por los aires. Moldavia, Ucrania y Bielorrusia siguieron caminos más lentos pero igualmente irreversibles. En Asia Central, las tensiones adoptaron formas distintas, se produjeron algunos enfrentamientos étnicos y la clase dirigente de la época soviética sobrevivió cambiando de chaqueta. Las huelgas de los mineros del Donbás y de Siberia en 1989 pusieron de manifiesto que el descontento no se limitaba a las periferias nacionales, sino que había calado también en el corazón de la clase obrera rusa, aquella que supuestamente era la base del régimen.
    La crisis alcanzó su punto de no retorno en 1991. Boris Yeltsin, elegido presidente de la Federación Rusa, se convirtió en el principal rival interno de Gorbachov. El intento de golpe de Estado de agosto de 1991, protagonizado por un grupo de inmovilistas del Partido y de su aparato de seguridad, terminó en un fracaso estrepitoso que aceleró el proceso de disolución. Tras el golpe fallido, las repúblicas soviéticas declararon su independencia una tras otra, como fichas de dominó cayendo sobre un tablero que ya nadie controlaba. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov dimitió como presidente de la URSS y la bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada del Kremlin por última vez. La Unión Soviética había dejado de existir.
    Las consecuencias fueron enormes y perduran hasta hoy. Económicamente, la transición resultó caótica y dolorosa. Los conflictos postsoviéticos (desde Chechenia hasta Transnistria pasando por Nagorno-Karabaj y Georgia) se mantuvieron encendidos durante décadas y aún no han terminado del todo. La historiografía ha debatido extensamente las causas de la caída. Unos insisten en el peso de los factores estructurales, otros señalan las decisiones personales de Gorbachov, y no faltan quienes apuntan al papel decisivo de la presión internacional y la carrera armamentística. Lo cierto es que la disolución de la URSS cambió el mapa del mundo y sus efectos siguen configurando la geopolítica del siglo XXI.
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    22 min
  • Golfo Pérsico: de las perlas, al petróleo - Episodio exclusivo para mecenas
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    Todos sabemos dónde está el golfo Pérsico, un mar semicerrado en Oriente Medio entre Irán al norte y una serie de emiratos árabes al sur. Su rasgo más distintivo es el estrecho de Ormuz, un paso de apenas 50 kilómetros que constituye la única salida al océano. Por su ubicación geográfica y, más recientemente, por sus recursos naturales siempre ha sido una zona de gran importancia estratégica. Sus aguas son poco profundas, extremadamente cálidas y muy saladas, condiciones que favorecieron la pesca de perlas, principal fuente de riqueza de sus comunidades costeras durante siglos.
    Desde la antigüedad, el golfo fue ruta esencial del comercio entre Mesopotamia, la India y África. Los portugueses llegaron a principios del siglo XVI buscando controlar ese mismo tráfico. Alfonso de Albuquerque conquistó Ormuz en 1515 y estableció una red de fortalezas costeras, algunas importantes como las de Mascate y Baréin. Pero Portugal era un pequeño reino que no podía mantener un imperio tan disperso. En 1622 una alianza entre el sha persa Abbás I y la Compañía Inglesa de las Indias Orientales expulsó a los portugueses de Ormuz. A a mediados del siglo XVII habían perdido ya todas sus factorías en el golfo.
    Los otomanos también intentaron proyectar su poder desde Basora, pero nunca lograron contar con presencia naval ya que su centro de gravedad era el Mediterráneo, no el Índico. El verdadero rival de los otomanos fue siempre la Persia safávida, con quien se disputaron fronteras e influencia durante más de dos siglos.
    A lo largo del siglo XVII ingleses y holandeses compitieron por los mercados del Pérsico, aunque los holandeses se retiraron pronto ya que sus posesiones en el sudeste asiático eran mucho más rentables. En el siglo XIX el Reino Unido se convirtió en la potencia hegemónica indiscutible. Mediante tratados de protección con los jeques locales, la Royal Navy transformó el golfo Pérsico en un lago británico: Kuwait, Baréin, Catar y los Estados de la Tregua (lo que hoy son los Emiratos Árabes Unidos) quedaron bajo su tutela. Estos acuerdos, que congelaron fronteras y legitimaron ciertas dinastías, sentaron las bases de los Estados que hoy conocemos.
    El verdadero punto de inflexión llegó con el petróleo. Tras el primer gran descubrimiento en Persia en 1908, los hallazgos se sucedieron por todos los territorios ribereños: Irak, Baréin, Arabia Saudita, Kuwait, Catar y los Emiratos. Pequeñas comunidades que vivían de las perlas y los dátiles se convirtieron en las más ricas del mundo. La fundación de la OPEP en 1960 y las nacionalizaciones de los años 70 trasladaron el control del crudo a los Estados productores. El embargo de 1973 reveló al mundo entero el enorme poder que esa riqueza les confería.
    Cuando los británicos se retiraron en 1971, Estados Unidos asumió el papel de garante de la seguridad local, algo que no ha abandonado desde entonces. Las últimas décadas han traído guerras y una gran transformación económica. Ciudades como Dubái o Doha son hoy prósperas metrópolis. La población de sus costas ha pasado de unos 700.000 habitantes a principios del siglo pasado a los 40 millones de la actualidad. El golfo Pérsico sigue siendo una zona en tensión permanente. El estrecho de Ormuz es su talón de Aquiles y el petróleo su razón de ser. Eso sí, todos los Estados que comparten sus costas saben que esa fuente de riqueza tiene fecha de caducidad.
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    24 min
  • La Revolución Iraní - Episodio exclusivo para mecenas
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    La Revolución Iraní de 1979 fue algo realmente rápido, pero lo que la provocó fue gestándose a lo largo de todo el siglo XX. Fue, de hecho, el resultado final de siete décadas de tensiones acumuladas entre tres fuerzas fundamentales: la soberanía nacional frente a la injerencia extranjera, el autoritarismo frente a las aspiraciones democráticas, y el islam político frente a la modernización impuesta desde arriba.
    Todo arranca a principios del siglo XX, cuando Persia era un país débil, endeudado y sometido a los caprichos de las potencias coloniales. La revolución constitucional de 1906 fue el primer intento de crear un sistema parlamentario moderno, pero fracasó aplastado entre la presión rusa, la británica y sus propias debilidades internas. Aun así, dejó sembradas las semillas de todos los debates políticos del siglo: soberanía, representación popular y papel del islam en la vida pública.
    En 1921 Reza Khan tomó el poder mediante un golpe de Estado y fundó la dinastía Pahlaví. En su reinado se modernizó el país, se construyeron ferrocarriles, universidades, se formó un ejército moderno y se decretó la secularización forzada. Pero todo eso se hizo destruyendo cualquier forma de libertad política. Veinte años más tarde, con motivo de la segunda guerra mundial, británicos y soviéticos invadieron Irán y le obligaron a abdicar, lo que demostraba que Irán seguía siendo un peón de las grandes potencia.
    Su hijo Mohamed Reza Shah, heredó el trono en condiciones un tanto precarias. El episodio más decisivo de su reinado fue el golpe de 1953, orquestado conjuntamente por la CIA y el MI6 británico, que derrocó al primer ministro Mohamed Mosaddegh, que poco antes había nacionalizado la industria petrolera. Esa intervención dejó una herida en la psicología colectiva del país y consolidó la imagen del sha como un títere al servicio de los intereses occidentales.
    En los años setenta Irán era sobre el papel una potencia regional en auge, enriquecida por el boom del petróleo. Pero bajo esa fachada de modernidad había una dictadura con su policía secreta, la temida SAVAK. Unos iraníes querían más libertades políticas, otros acabar con la revolución blanca patrocinada por el sha que estaba occidentalizando el país de forma acelerada.
    La chispa revolucionaria prendió en enero de 1978 con un artículo que atacaba al ayatolá Jomeini, exiliado en Irak desde 1964. Las protestas que siguieron se propagaron según un ritmo muy particular: cada vez que las fuerzas del orden mataban manifestantes, los rituales chiitas del luto a los cuarenta días convertían los funerales en nuevas manifestaciones, provocando de este modo un ciclo imparable. El punto de no retorno llegó en septiembre con la masacre de la plaza Jaleh, el llamado Viernes Negro, que cerró definitivamente la puerta a cualquier salida negociada.
    El otoño de 1978 trajo huelgas generalizadas que paralizaron el sector petrolero y, con ello, la principal fuente de ingresos del Estado. Jomeini, que se había instalado en un pueblo a las afueras de París, se convirtió en el portavoz de la revolución gracias al acceso que tenía a la prensa internacional. En enero de 1979, el sha abandonó el país. El 1 de febrero regresó Jomeini. Once días más tarde el ejército se declaró neutral y la monarquía se derrumbó sin apenas resistencia.
    La Revolución Iraní demostró que ni el petróleo ni la modernización compra la legitimidad que solo da el respeto a la voluntad popular. Pero la herencia de esta revolución es muy ambigua. Prometió libertad, pero terminó instaurando otra forma de dictadura, esta vez con turbante.
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    20 min
  • La Odisea de Ulises - Episodio exclusivo para mecenas
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    La Odisea es, junto a la Ilíada, el gran poema épico de la antigüedad clásica. Pero va mucho más allá, es la base de todos los relatos que versan sobre el viaje, la pérdida y el anhelo de volver a casa. La Ilíada, cuyos mitos veíamos en una ContraHistoria hace solo unas semanas, se centra en la furia de Aquiles y el estruendo de la guerra de Troya. La Odisea, también atribuida a Homero, nos sumerge en las consecuencias de esa guerra a través de los ojos de Ulises u Odiseo, el héroe que prefiere el ingenio a la espada. La historia comienza diez años después de la caída de Troya. Nos presenta a un hombre que ha perdido todo excepto su deseo de recuperar su identidad como rey, marido y padre en la pequeña isla de Ítaca.
    Lo que hace que este relato siga siendo fascinante miles de años después es su estructura fragmentada y muy moderna. La narración no es lineal. Comienza en el mismo nudo de la trama, con el hijo de Ulises, Telémaco, buscando desesperadamente noticias de su padre mientras los pretendientes de su madre devoran su herencia. Esta primera parte nos muestra el vacío que deja la ausencia del héroe. Es entonces cuando el propio Ulises toma la palabra en la corte de los feacios para relatar su propia historia, una historia que se cuenta por desgracias. Aquí el poema se transforma en un viaje prodigioso, una sucesión de encuentros fantásticos que funcionan como metáforas de las debilidades humanas: el olvido provocado por los lotófagos, la fuerza bruta sin inteligencia del cíclope Polifemo, la elección entre dos males que representan Escila y Caribdis o la tentación carnal y mágica de Circe y Calipso.
    A diferencia de los héroes tradicionales que persiguen la gloria eterna en el campo de batalla, lo que mueve a Ulises es el “nostos", el regreso al hogar. Su viaje por el Mediterráneo es una lucha constante contra el olvido y contra su propia deshumanización. Cada monstruo que enfrenta es un obstáculo que intenta apartarlo de sí mismo. Poseidón, el dios del mar, actúa como la fuerza implacable del destino que castiga su orgullo, mientras que Atenea representa la sabiduría que lo guía. El viaje es físico si, pero sobre todo psicológico. El guerrero asistido por su astucia debe debe aprender que la paciencia y el disfraz son a menudo mucho más efectivos que la espada.
    El clímax de la obra ocurre cuando el héroe llega finalmente a su patria, la pequeña isla de Ítaca. No regresa al son de las trompetas, sino como un mendigo andrajoso, una prueba final de humildad y la muestra definitiva de su que Ulises, antes que cualquier otra cosa, es el primer gran estratega. La famosa matanza de los pretendientes y el posterior reconocimiento con su esposa, Penélope, cierran un círculo que no enaltece a la venganza. Ulises simplemente consigue, tras muchos años de sacrificio, restablecer el orden natural de las cosas. Penélope, que ha resistido valiéndose de una astucia igual a la de su marido, se convierte en el pilar que da sentido a todo el sufrimiento previo. La Odisea es un pozo de enseñanzas, pero la principal es que el verdadero heroísmo no reside en conquistar una ciudad, sino en tener la fortaleza necesaria para volver el lugar al que pertenecemos.
    Para hablar de la Odisea, del viaje de Odiseo, de la época en la que fue escrito y del significado de esta obra tan importante nos acompaña hoy en La ContraHistoria un buen amigo de este programa, Yeyo Balbás.
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    15 min
  • Los judíos de Al Andalus - Episodio exclusivo para mecenas
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    La invasión musulmana del año 711 supuso un punto de inflexión para la comunidad judía que se había asentado mucho tiempo antes en la península ibérica. Tras un siglo de persecución inclemente por parte de los monarcas visigodos, que tras convertirse al catolicismo en el III Concilio de Toledo pasaron a ver en los judíos un «enemigo interno», la llegada de las tropas de Tariq ibn Ziyad la sintieron como una auténtica liberación. Las leyes visigodas imponían bautismos forzosos y prohibiciones sobre sus ritos, lo que empujó a esta minoría a recibir a los nuevos conquistadores con los brazos abiertos. Colaboraron incluso en la guardia y administración de ciudades importantes como Córdoba y Sevilla.
    Bajo el dominio islámico, la situación de los judíos quedó regulada por la dhimma, un pacto de protección que, si bien les otorgaba un estatus legal inferior y les obligaba al pago de impuestos especiales, les garantizaba libertad de culto, autonomía jurídica y seguridad física. Este marco legal permitió que los judíos se integraran en la vida económica y administrativa de Al-Andalus. Había judíos en todos los estratos sociales: en la agricultura, la artesanía, el comercio y también cerca de los emires como consejeros. Surgieron incluso figuras importante como Jasdáy ben Saprut, médico y diplomático de Abderramán III, o Samuel ha-Naguid, más conocido como Nagrela, que llegó a ser visir en la Granada de los ziríes. Esta influencia política siempre estaba sujeta al favor de los gobernantes y al recelo de la población musulmana, que en ocasiones organizaba violentos pogromos como el de Granada en el año 1066.
    Este periodo se suele idealizar como la edad de oro del judaísmo en España. Pero en Al Andalus nunca existió una cultura judía propiamente dicha. Lo que se produjo fue una asimilación de los judíos por parte de la cultura musulmana imperante. Los intelectuales judíos adoptaron el árabe como lengua y eso permitió a muchos prosperar y acceder a los textos clásicos de Grecia y Oriente que se traducían en Córdoba. En ese caldo de cultivo aparecieron algunos genios. Poetas y filósofos como Salomón ben Gabirol, matemáticos como Abrahán Bar Hiyya y, por encima de todos, Maimónides. Este último, aunque desarrolló buena parte de su obra en Egipto tras huir de la intolerancia almohade, representó la cumbre del esfuerzo por armonizar la fe revelada con la razón aristotélica en su célebre “Guía de los perplejos”.
    Pese al esplendor cultural, la realidad social estuvo lejos de la convivencia idílica que el romanticismo creo en torno a Al Andalus. La tolerancia en aquella época era una forma de resignación ante un mal necesario, nunca el respeto por la diversidad tal y como lo entendemos hoy. Tanto en Al Andalus como en los reinos cristianos de la península, más que convivencia armoniosa entre las tres religiones del libro, hubo coexistencia forzada por las circunstancias. En Al Andalus esa coexistencia acabó repentinamente con la llegada de las dinastías norteafricanas, almorávides y almohades, a partir del siglo XI. Su rigorismo islámico puso fin la permisividad de los primeros siglos colocando a los judíos andalusíes ante el brete de convertirse al islam o huir a los reinos cristianos del norte. La mayor parte escogió lo segundo. En el siglo XIII en la Granada nazarí solo se practicaba el islam y el judaísmo hispano ya se había desplazado por completo a los reinos de Castilla, Aragón y Portugal.

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  • Puerto Rico: la isla del milagro - Episodio exclusivo para mecenas
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    Puerto Rico, la cuarta isla más grande del Caribe, fue durante cuatro siglos uno de los baluartes más importantes de la corona española en América. A diferencia de la práctica totalidad de la América hispana, no participó en las guerras de independencia del siglo XIX. Se mantuvo primero como una capitanía general remota y luego como una provincia. En 1897, ya en plena guerra de Cuba, el gobierno español le otorgó la Carta Autonómica, un estatuto de autogobierno muy avanzado para la época. Pero aquello duró apenas unos meses, el estallido de la guerra con Estados Unidos puso fin repentina e inesperadamente a una prolongada y tranquila etapa de la historia de la isla.
    El 25 de julio de 1898 tropas estadounidenses desembarcaron en Guánica. Ese sería el comienzo de una ocupación militar que culminaría con la entrega de la isla. Con el Tratado de París España cedió formalmente un territorio que los nuevos dueños consideraban un botín de guerra. Tras dos años de control militar directo la Ley Foraker de 1900 estableció un gobierno civil que dependía por completo de Estados Unidos. Era de facto una colonia, algo inaceptable para un país como Estados Unidos que se habían sacudido el yugo colonial solo un siglo antes. El Tribunal Supremo tuvo que intervenir creando una singularidad jurídica. Puerto Rico pasaría a pertenecer, pero no formaría parte de Estados Unidos. En ese limbo los puertorriqueños se mantendrían durante años.
    Los planes que tenían en Washington para Puerto Rico pasaban por convertir la isla en una gigantesca plantación de azúcar controlada por empresas estadounidenses que se beneficiaban de una mano de obra abundante y barata. Con la Ley Jones de 1917 se concedió la ciudadanía estadounidense a sus habitantes y se intensificó una política de americanización acelerada. Los gobernadores, nombrados por el presidente, trataron de asimilar a los puertorriqueños suprimiendo la lengua española de la enseñanza y de la vida pública. Eso y la miseria en la que vivía la mayor parte de los puertorriqueños generó mucha resistencia y allanó el camino para que surgiesen movimientos nacionalistas como el de Pedro Albizu Campos. Albizu cuestionaba abiertamente la soberanía estadounidense. Estaba convencido de que la lucha armada seguida de una revolución era el único camino posible. Terminó en la cárcel y los nacionalistas fueron puestos fuera de la ley.
    A finales de los años 30 emergió la figura de Luis Muñoz Marín y su Partido Popular Democrático, que, partiendo del independentismo, proponía una solución pragmática a los problemas de la isla. Con el apoyo del gobierno de Roosevelt y el impulso de la Operación Manos a la Obra, Puerto Rico fue abandonando el monocultivo azucarero y se industrializó con gran rapidez gracias a una serie de incentivos fiscales para las empresas estadounidenses. Esas reformas alumbraron una nueva clase media pero también provocaron la emigración de muchos puertorriqueños hacia ciudades como Nueva York. Ya en 1952, tras reprimir la revolución nacionalista de 1950, se proclamó el Estado Libre Asociado. Este nuevo estatus permitió a la isla tener su propia constitución y un autogobierno muy amplio. Ese fue el origen del Puerto Rico actual, un país un tanto peculiar, a caballo entre dos mundos, que tras medio siglo viviendo peligrosamente, supo conservar su idioma, su cultura y sus costumbres frente al país más poderoso del mundo. Ya sólo por eso lo de Puerto Rico, que es conocida como la isla del Encanto, debería llamarse la isla del milagro.
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  • El final del franquismo - Episodio exclusivo para mecenas
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