Los Resúmenes de la ContraHistoria

Los Resúmenes de la ContraHistoria

By Fernando Díaz VillanuevaHistory
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Los Resúmenes de la ContraHistoria episodes

  • La tormenta de fuego - Episodio exclusivo para mecenas
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    En enero de 1945 los aliados intuían que la guerra entraba en su recta final, aunque nadie acertaba a fijar la fecha del desenlace. El teatro europeo de operaciones parecía más cerca del final que el del Pacífico. Alemania estaba cercada por el este, el oeste y el sur, mientras que el archipiélago japonés todavía resistía. Aún no se habían librado las batallas de Iwo Jima y Okinawa, por lo que el alto mando estadounidense calculaba que aquello no terminaría hasta mediado el año 1946 a un coste muy elevado en vidas. Lo que sí dominaban los aliados sin discusión era el aire, y de ese dominio surgiría la mayor campaña de bombardeo estratégico de la historia.
    En el Reino Unido Arthur Harris, al frente del Bomber Command, era partidario del bombardeo de área nocturno, concebido expresamente para incendiar ciudades enteras y romper así la moral de los civiles. Los estadounidense preferían el bombardeo de precisión diurno sobre objetivos industriales bien elegidos con anterioridad. Disponían de ciertos avances como la mira Norden y contaban con buenos cazas de escolta como los Mustang que protegían a los bombarderos.
    En la Conferencia de Yalta celebrada en febrero Roosevelt y Churchill decidieron desatar una campaña de bombardeos que aliviase presión a los soviéticos en el frente del este impidiendo que el ejército alemán pudiese desplazar tropas y pertrechos hasta allí. Ese mismo mes atacaron con furia Berlín el día 3 y Dresde entre los días 13 y 14 con tres oleadas combinadas que desataron una tormenta de fuego que en su centro superó los 1.500 grados. Unas 25.000 personas murieron en el bombardeo, pero no sería el único. Le siguieron otras ciudades como Pforzheim, Wurzburgo y Magdeburgo que fueron destruidas, incluso en mayor medida que Dresde. Pero lo que marcó la diferencia no fue tanto la destrucción de las ciudades como los ataques sobre la infraestructura ferroviaria, algo que terminó paralizando por completo el Reich.
    En el Pacífico el cambio vino de la mano de un joven general, Curtis LeMay, que en enero se puso al mando de los B-29 destacados en las islas Marianas. Los fuertes vientos en altura hacían muy difícil el bombardero de precisión sobre Japón. LeMay ordenó volar de noche, a baja altura, sin armamento defensivo a bordo de los aviones y con bodegas repletas de bombas incendiarias M-69. La noche del 9 al 10 de marzo la Operación Meetinghouse incendió 41 kilómetros cuadrados de la ciudad de Tokio y mató entre 80.000 y 125.000 personas en lo que fue el episodio bélico más mortífero no de la guerra, sino de toda la historia. Nagoya, Osaka, Kobe, Yokohama y Kawasaki sufrieron idéntico destino, y luego decenas de ciudades medianas.
    Pero, pese a la devastación, Japón no se rendía. En Washington se plantearon invadir las islas principales con una gran operación anfibia, pero estimaban que el coste sería altísimo, de hasta un millón de bajas. Fue entonces cuando recurrieron a la bomba atómica que habían desarrollado con el Proyecto Manhattan. El 6 de agosto cayó la primera en Hiroshima, tres días más tarde cayó otra sobre Nagasaki. Entre medias los soviéticos entraron en Manchuria. El día 15 el emperador Hirohito anunció la rendición incondicional.
    Esta tormenta de fuego plantea preguntas incómodas. Los bombardeos contribuyeron a la victoria si, pero las víctimas civiles superaron las 650.000 en ambos teatros. Harris y LeMay fueron condecorados, y los tribunales de Núremberg y Tokio prefirieron no abrir ese melón. Sucesivos acuerdos sobre el alcance de este tipo de bombardeo vinieron después, pero el debate sigue abierto.

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    16 min
  • El fin de la esclavitud - Episodio exclusivo para mecenas
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    La esclavitud fue una institución milenaria y universal. Existió en todas las civilizaciones a lo largo y ancho del mundo. Da igual donde y cuando miremos. La encontramos en Sumeria, en la antigua Roma, en el islam y en los imperios prehispánicos de América. Nadie la cuestionaba y parecía que iba a existir siempre. Pero entre finales del siglo XVIII y finales del XIX esa estructura se desmoronó.
    Las raíces del movimiento abolicionista se encuentran en el cristianismo, que aceptó la esclavitud, pero no entre cristianos. En la Edad Media la esclavitud se redujo mucho en Europa occidental, pero resurgió con fuerza tras la llegada de los portugueses al golfo de Guinea y de los españoles al continente americano. Isabel la Católica prohibió esclavizar a los indígenas, pero no a los africanos, lo que permitió que los españoles primero y luego las potencias europeas con intereses en América empezasen a llevar esclavos desde África dando origen a la trata atlántica.
    El abolicionismo en América surgió entre entre los cuáqueros. En el siglo XVIII se sumaron predicadores como John Newton, autor de Amazing Grace, y filósofos ilustrados como Locke, Montesquieu, Rousseau, Voltaire y Kant, que ofrecieron a la causa de la abolición un fundamento racional y secular. El Reino Unido, curiosamente la mayor potencia esclavista de la época, fue quien más esfuerzos hizo por acabar con la esclavitud. El caso Somerset de 1772 liberó a los esclavos en suelo inglés. Años más tarde la Sociedad para la Abolición, fundada en 1787, creo la campaña política moderna con panfletos, medallones, boicots y peticiones al parlamento. Crearon también un nuevo género, el de los testimonios de antiguos esclavos. Algunos como los de Olaudah Equiano, Quobna Cugoano, Ignatius Sancho y Mary Prince conmovieron a la opinión pública y fueron de vital importancia para influir sobre la agenda legislativa.
    En el Parlamento un diputado llamado William Wilberforce fue quien se encargó de dar la batalla durante casi 20 años hasta lograr la prohibición de la trata en 1807. La Royal Navy comenzó a patrullar las costas africanas para capturar a los barcos negreros. La diplomacia británica, entretanto, presionaba a las potencias coloniales para que ilegalizasen la compra de esclavos. En 1833 el parlamento aprobó la Slavery Abolition Act que liberó a los 800.000 esclavos del imperio. Los dueños fueron indemnizados con una suma tan elevada que el Gobierno británico tuvo que pedir el dinero prestado.
    Francia abolió definitivamente la esclavitud en 1848, los Países Bajos en 1863, Portugal en 1869. Estados Unidos resolvió la cuestión en el campo de batalla con una una guerra civil que alumbró la Decimotercera Enmienda de 1865. En España la abolición llegó primero a Puerto Rico en 1873 y luego a Cuba en 1886, tras el sistema transitorio del patronato. Brasil hizo lo propio en 1888, pero aquello costó el trono a los Braganza.
    El proceso coincidió con la revolución industrial, pero las plantaciones en las Antillas eran rentables. Había algo más que empujó esta idea, el convencimiento íntimo de aquellos europeos de que la esclavitud era incompatible con la dignidad humana. Eso persuadió a las mismas sociedades que se beneficiaban de ella para que renunciaran voluntariamente a una institución milenaria en apenas cinco generaciones.
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    19 min
  • La conquista de Gran Canaria - Episodio exclusivo para mecenas
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    El redescubrimiento de las Canarias por parte de los europeos se produjo durante el siglo XIV. Una serie de expediciones mallorquinas, portuguesas, italianas y castellanas tocaron las costas insulares con diversos propósitos, desde la captura de esclavos hasta la evangelización. La presencia castellana se afianzó con la expedición de Jean de Béthencourt y Gadifer de la Salle entre 1402 y 1405, que ocuparon las islas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro para convertirlas en señoríos castellanos.
    A mediados del siglo XV, La Palma, Tenerife y Gran Canaria seguían siendo independientes. Gran Canaria, la tercera isla más extensa del archipiélago, estaba dividida en dos guanartematos, el de Telde y el de Gáldar. Aquellos canarios tenían una sociedad relativamente compleja que vivía de la agricultura y la ganadería caprina. Era además una isla fácil de defender por su gran tamaño y su abrupto relieve.
    Pero los castellanos estaban determinados a conquistar la isla porque era de gran valor estratégico para controlar las rutas marítimas hacia el África occidental. Tenía además un potencial azucarero similar al de Madeira, una isla más al norte que los portugueses habían convertido en un próspero ingenio. El tratado de Alcazobas, firmado en 1479 tras la guerra de sucesión castellana, permitió a los Reyes Católicos concentrarse en las Canarias a cambio de reconocer la primacía portuguesa en Madeira, las Azores, Cabo Verde y el golfo de Guinea. La Corona decidió entonces asumir directamente la conquista de Gran Canaria como una empresa propia.
    La primera fase comenzó en junio de 1478 con el desembarco de Juan Rejón en La Isleta, donde fundó el Real de Las Palmas. La batalla del Guiniguada enfrentó a las tropas castellanas con los canarios mandados por el guanarteme de Gáldar y por el caudillo Doramas. Pese a la bravura indígena, la superioridad técnica castellana se impuso. Las disputas internas culminaron con la ejecución del alcaide Pedro de Algaba por orden de Rejón, que sería asesinado posteriormente en La Gomera por agentes de Hernán Peraza.
    En 1480 la reina Isabel intervino nombrando a Pedro de Vera, un jerezano curtido en la frontera granadina, que abandonó la idea de batirse con los canarios en campo abierto. En su lugar se decantó por avanzar hacia el interior de la isla fortificándose por el camino. Junto a eso de Vera explotó en su beneficio las rivalidades internas, se atrajo aliados indígenas y contó con la labor evangelizadora de fray Juan de Frías, lo que anticiparía los métodos que aplicarían décadas después Hernán Cortés y Francisco Pizarro en las Indias.
    La conquista concluyó entre 1482 y 1483. La captura del caudillo Tenesor Semidán, al que bautizaron en Castilla como don Fernando Guanarteme, resultó de una importancia capital. Guanarteme se encargó de ir convenciendo a los isleños para que no resistiesen a la conquista. Pero no lo consiguió con todos. Los irreductibles, capitaneados por Bentejuí y el faycán de Telde, se atrincheraron en Ansite. Rodeados por las tropas castellanas el 29 de abril de 1483 se arrojaron al vacío antes de rendirse.
    La Corona procedió entonces al repartimiento de tierras, introdujo la caña de azúcar y se formó una sociedad mestiza con colonos peninsulares y de otras partes de Europa. De aquel crisol humano y cultural surgiría la Gran Canaria moderna.
    Para hablar de esta conquista nos acompaña hoy en La ContraHistoria Carlos Pérez Simancas, nuestro experto en historia de las Canarias con quien ya vimos hace tiempo la conquista de la isla vecina, la de Tenerife, que se realizó unos años después.

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  • ¿Era Colón valenciano? - Episodio exclusivo para mecenas
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    Una de las hipótesis más novedosas sobre el origen de Cristóbal Colón es la que afirma que el navegante era valenciano, no genovés tal y como se cree. Hay una serie de elementos que apoyan esta teoría empezando por el análisis lingüístico de los escritos de Colón, donde abundan giros y estructuras que coinciden con el valenciano de la época, lo que indica que esta era su lengua materna antes que el castellano o cualquier dialecto italiano. Colón, de hecho, nunca empleó el italiano en sus documentos, lo que refuerza la sospecha de un origen hispánico mantenido en secreto por motivos políticos o simplemente porque se trataba de un judeoconverso de baja condición.
    Otro de los pilares que sustentan esta hipótesis es el decisivo papel de Luis de Santángel, escribano de ración de los Reyes Católicos y valenciano de origen judío, que fue el principal motor financiero del primer viaje hacia las Indias. El apoyo económico valenciano no fue algo circunstancial, sino el resultado de los vínculos muy cercanos que Colón con los prósperos mercaderes del Reino de Valencia.
    Pero lo que ha hecho ganar adeptos a esta teoría son los estudios genéticos que varias universidades han realizado sobre los restos de Colón conservados en la catedral de Sevilla. Esos análisis indican que Colón proviene de la península ibérica, más concretamente de la región levantina.
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  • Lanzas, sangre y honor - Episodio exclusivo para mecenas
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    Todos hemos oído hablar de los torneos medievales, incluso los hemos podido ver en el cine. Aparecieron en la Francia del siglo XI. En esos primeros tiempos se les conocía como melé y eran simples peleas, batallas en miniatura que se libraban a campo abierto con armas afiladas, cargas a galope, heridos y en ocasiones también muertos. Aquellas melés servían para mantener engrasada la maquinaria de guerra en tiempos de paz ,y para que se luciesen los mejores caballeros de cada señorío. La Iglesia condenaba la práctica, pero sin demasiado éxito ya que pronto empezaron a verse melés por toda la Europa occidental.
    Ya en el siglo XIII la melé fue cediendo terreno a la justa, un combate singular y teatralizado entre dos caballeros separados por una liza de madera. Aquella barrera, creada por por los italianos del siglo XIV, reducía el riesgo de morir en combate y permitía que la justa se convirtiese en un gran espectáculo que congregaba a multitudes. El torneo se transformó así en un escaparate cortesano con heraldos que anunciaban a los contendientes, damas que entregaban los premios, y un código heráldico fácilmente reconocible que permitía saber el linaje de cada caballero aunque llevase el yelmo cerrado. El honor era lo que estaba en juego, aunque, eso sí, las justas de los siglos XIV y XV movían ya una cantidad de dinero considerable.
    En origen los caballeros iban armados con una simple cota de malla, poco a poco fueron adoptando piezas duras, primero de cuero hervido y luego de metal. La armadura de los siglos XV y XVI estaba ya muy trabajada. Para las justas se fabricaban en los talleres de Milán o Augsburgo armaduras de placas que cubrían en cuerpo entero. Esas armaduras llegaron a alcanzar precios de escándalo, pero los caballeros pagaban gustosos. Maximiliano de Habsburgo dio nombre a la modalidad estriada, la cumbre de las armaduras que llegó justo cuando la pólvora y las armas de fuego portátiles empezaron a cambiar la cara a la guerra.
    Pero el torneo era también un negocio. Los rescates que pedían los vencedores, los caballos destreros criados en Flandes o en Andalucía y los séquitos que acompañaban a los caballeros movían fortunas y trastornaban la vida de las ciudades que acogían una justa durante semanas. Organizar un buen torneo otorgaba un gran prestigio al anfitrión y dejaba mucho dinero allá donde se celebraba.
    A mediados del siglo XVI empezaron a decaer y su declive fue muy rápido. Los arcabuces y mosquetes hicieron de la armadura algo inútil, disciplinados cuerpos de infantería como los tercios desplazaron a la caballería pesada y la nobleza empezó a perder el interés en participar directamente en las guerras. Hubo también un desgraciado accidente. En 1559 durante una justa que celebraba en París el matrimonio de Felipe II de España e Isabel de Valois, el rey de Francia murió a consecuencia de las heridas tras medirse con el conde de Montgomery. Su viuda, Catalina de Médici prohibió los torneos en toda Francia y a partir de ahí fueron perdiendo atractivo.
    Pero de los torneos medievales nos queda más de lo que pensamos. La heráldica pervive hasta nuestros días, también la idea caballeresca del juego limpio y el respeto al adversario. Para hablar de este tema tan sugerente vuelve a La ContraHistoria Yeyo Balbás, alguien para quien la edad media no tiene secreto alguno.
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    15 min
  • El Grand Tour - Episodio exclusivo para mecenas
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    Durante el siglo XVIII jóvenes aristócratas del norte de Europa, especialmente británicos, protagonizaron un fenómeno cultural conocido como el Grand Tour. Se trataba de un viaje iniciático por el continente que duraba entre uno y tres años, y que culminaba siempre en Italia. Muchachos de entre 16 y 22 años abandonaban la campiña inglesa para recorrer una ruta previamente establecida que pasaba por París, Ginebra, los Alpes, Turín, Milán, Venecia, Bolonia, Florencia, Roma y Nápoles. Regresaban con libros, grabados, colecciones de medallas, bustos romanos, lienzos y, sobre todo, con una idea nueva del mundo que les transformaba en auténticos gentlemen.
    El Tratado de Utrecht de 1713 hizo posible este viaje al crear unas condiciones de paz relativa en Europa. Gran Bretaña había emergido como potencia naval, las rutas se volvieron transitables y los puertos estaban abiertos. La nobleza británica, enriquecida por el comercio colonial y la incipiente revolución industrial, disponía del dinero y del tiempo necesarios para financiar semejante viaje.
    La logística implicaba cierta complejidad. Cada joven viajaba acompañado de un bear-leader, normalmente un cura anglicano culto que oficiaba de tutor. En Italia contrataban cicerones locales de habla inglesa, algunos llegaron a hacerse muy famosos como el alemán Johann Joachim Winckelmann. Las letras de cambio les permitían disponer de efectivo en la moneda local en cada escala, pero era un viaje lento. Cruzar los Alpes exigía desmontar el carruaje y subir el puerto a lomos de mula. Ya en Italia tenían que atravesar aduanas, alojarse en posadas no muy recomendables y pasar cuarentenas que podían retener al viajero durante semanas. El viaje era también muy costoso, de unas 800 libras al año, es decir, unos 200.000 euros actuales.
    París era la antesala, allí el joven aprendía modales, esgrima, baile y lengua francesa. Visitaba el palacio de Versalles y se codeaba con la nobleza local. Pero Italia era el destino final del viaje. Venecia les deslumbraba. Allí los ingleses descubrieron a Canaletto, cuyas vistas de la ciudad compraban con avidez. Florencia era la patria del Renacimiento y el laboratorio del gusto clásico, pero todo eran simples escalas antes de llegar a Roma. Los viajeros se alojaban junto a la plaza de España en un barrio que los romanos bautizaron como gueto de los ingleses. En Roma adquirían antigüedades y se hacían retratar con ruinas de fondo. La última parada era Nápoles, donde se acababan de descubrir las ruinas de Pompeya y Herculano. En Nápoles no tenían que evocar la antigua Roma, la veían con sus propios ojos.
    El mercado del arte floreció gracias a estos viajeros que iban con los bolsillos llenos. Marchantes como Thomas Jenkins enviaban a Inglaterra esculturas, mármoles y antigüedades, muchas de las cuales acabarían en el Museo Británico. Al regresar, estos lords reformaban sus mansiones siguiendo el estilo palladiano. Esa misma estética saltaría el Atlántico para convertirse en la arquitectura de prestigio de las trece colonias de Norteamérica.
    El declive llegó a finales de siglo con la revolución francesa y las guerras napoleónicas, que afectaron directamente a Italia y cerraron el continente para los británicos durante años. Décadas después llegó el ferrocarril, que dejó obsoletos los viajes a la antigua. El Grand Tour, reservado a los aristócratas, dio paso a los viajeros románticos y al turismo burgués. A mediados del siglo XIX era ya cosa del pasado, pero dejó una impronta imborrable en Italia y, sobre todo, en el Reino Unido.

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  • Contra el Pesimismo, con José Soto Chica - Episodio exclusivo para mecenas
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    Presenté "Contra el Pesimismo" en Santa Fe junto a su prologuista, José Soto Chica, en el curso de las III Jornadas de Literatura Histórica. La presentación estuvo francamente bien. Aparte de hablar sobre el libro, a lo que dedicamos la mitad de la presentación, pudimos sostener un interesante debate con los participantes.
    El libro lo podéis encontrar aquí: https://amzn.to/4m1RX2R

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  • Reinas godas, ... con Daniel Gómez Aragonés - Episodio exclusivo para mecenas
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    Estamos acostumbrados a oír hablar de la famosa lista de los reyes godos, pero allá donde hay un rey, suele haber una reina. Su papel en el reino visigodo, semilla de España, y en toda la constelación goda no fue precisamente pequeño como consortes ni siempre estuvo limitado a ser la madre de, o la esposa de o la hija de. A pesar de la abrumadora presencia masculina en las fuentes, las mujeres siempre estuvieron allí, en palacio, cerca del poder, en la calle, en casa o entre sus santas.
    El historiador Daniel Gómez Aragonés presenta en su libro el lado femenino de una época que alumbró a grandes damas. Gala Placidia, emperatriz romana y reina goda; Amalasunta, el referente político más importante del Reino Ostrogodo después de Teodorico el Grande; Goswinta, cuya influencia marcó un momento decisivo de la Historia, o Egilo, la última de todas ellas, son algunas de las destacadas figuras que sobresalen en este riguroso y ameno trabajo de alta divulgación.
    El mundo femenino que surgió de las cenizas del Imperio romano de Occidente es intenso, épico y no falto de leyendas, y al fin ha sido puesto en su verdadero sitio.
    El libro lo pueden encontrar aquí: https://amzn.to/4cRqbo6
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  • Felipe II, Dueño del mundo - Episodio exclusivo para mecenas
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    En el Madrid de 1576, flamante capital del Imperio de Felipe II, abundan las muertes y los duelos, pero cuando el alguacil Diego de Paz, veterano de los Tercios, se hace cargo del hallazgo de un cuerpo cruelmente torturado, sabe que se encuentra ante un crimen poco habitual. Se trata de un boticario con fama de alquimista, y conforme avance en sus investigaciones se encontrará con una peligrosa trama que apunta a altas instancias del poder.
    En la corte se mueven personajes como el secretario Antonio Pérez o la princesa de Éboli, cuando un nuevo asesinato sacude las conversaciones de plazas y mercados. El asesinado es Juan de Escobedo, hombre de confianza del hermanastro del rey, don Juan de Austria, que lucha en Flandes por mantener el poder real.
    La muerte sin descendencia del rey don Sebastián en la desastrosa jornada de Alcazarquivir supone para Felipe II aspirar al trono de Portugal, pero no será fácil. Una nueva guerra pondrá al duque de Alba al frente del ejército de tierra y al marqués de Santa Cruz al mando de la escuadra que luchará en el mar.
    José Calvo Poyato regresa con una nueva novela que nos transporta a uno de los periodos más ricos y apasionantes de nuestra historia: el de la mayor extensión del Imperio español. En ella conoceremos no solo a los grandes personajes y eventos de la época, también podremos asistir a la vida cotidiana en las calles del Madrid del Siglo de Oro, con sus mentideros, iglesias y tabernas, o a las salas y corredores de El Escorial y del Alcázar Real.
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  • Propaganda: la fábrica de la mentira - Episodio exclusivo para mecenas
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    El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich.
    Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”.
    La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes,
    La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento.
    Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia.
    Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.
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