Es el Espíritu Santo la luz divina de los sabios,
la inspiración de los artistas, la mano prodigiosa
que guía al que trabaja sanando el dolor del mundo,
la verdad que se proclama, la presencia del amor de
Dios en los corazones, el fuego de la lámpara de los
místicos, el aliento de los mártires, la riqueza de los
pobres, la pureza de los castos, la generosidad de los
misioneros, la paz que difunden los santos, la benignidad
que resplandece en todo aquel que siente que ha llegado
a su corazón la misma fuerza que, en la mañana de
Pentecostés, mostró definitivamente el amor que Dios
nos tuvo desde el principio de los siglos.
Como nos lo dice esta secuencia de magistral Belleza: es el
Espíritu Santo el “descanso de nuestro esfuerzo, la tregua en
el duro trabajo, la brisa en las horas de fuego, el gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.
P. Diego Uribe.