Caminaba un hombre por una oscura vereda llevando
una lámpara de aceite encendida. Era una noche sin luna.
De pronto alguien se le acerca, y por la tenue luz
que despide la lámpara se da cuenta que es su gran amigo Ovidio, el ciego del pueblo, y le pregunta:
-¿Qué haces Ovidio con una lámpara en la mano? ¡Si tú no ves!
Entonces, el ciego le responde:
- Yo no llevo la lámpara para ver mi camino.
Yo conozco de memoria la oscuridad de las calles.
Llevo la luz para que otros encuentren su camino
cuando me vean a mi... No solo es importante la luz
que me sirve a mí, sino también la que yo uso para que otros
puedan también servirse de ella.
Este es nuestro propósito en la vida, llevar la luz para uno ver el camino y alumbrar para que éste sea visto por otros.
Fuente: agustinos-es.org/parabolas.