Muchos silencios en familia nacen de la triste realidad
del “no sé qué decir”. Y es que no es tan fácil tener “algo que decir”,
encontrar eso nuevo, interesante, humano, enriquecedor,
que hace que tengamos unas ganas enormes de hablar,
de comunicar lo que hemos visto o descubierto.
Sin embargo, basta compartir la cotidianidad:
el papá cuenta situaciones de la oficina,
igual que la mamá en su trabajo o en las tareas del hogar,
la película que se vio, las noticias del día,
los comentarios del profesor en el colegio o en la Universidad…
Fuente: www.lamisadelaalegria.org
Autor: Rafa Almarcha