Alrededor mío hay arenas movedizas, lodazales, marismas,
caminos resbaladizos y terrenos empantanados.
Tengo que andar despacio y con cautela.
No puedo correr ni saltar ni bailar, aunque mi alma lo quiera.
Tengo que fijarme al dar cada paso
y tentar la firmeza de cada piedra en el camino.
No puedo fiarme de nada ni de nadie.
Siempre queda la duda, la sospecha y el miedo.
Cuando todo se tambalea, la mente misma se agita,
y la paz desaparece del alma...
Directorio Franciscano.
Catequesis de Juan Pablo II