Tener claras las prioridades: primero Dios, después la familia y después el resto del mundo
El amor a Dios es prioritario y, así, amaremos más y mejor al prójimo.
Dios no se deja ganar en generosidad: el tiempo, el dinero, etc dedicados a Dios se multiplican.
Plantearnos la lucha moral en positivo: no sólo evitar lo malo, sino fomentar lo bueno