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Relato breve incluido en el libro "Caen pájaros literalmente del cielo", de Maximiliano de la Puente.
¿Cuántos muertos hacen falta para desnaturalizar esta situación? ¿Quién puede dudar del impacto? ¿Para quiénes se construyó este acontecimiento? ¿Ante qué miradas se dispuso esta ficción?
¿Será posible sobrevivir a esta época? ¿Será deseable? ¿Perdimos toda posibilidad de tener una experiencia común? ¿Alcanzaremos un flujo continuo de reciprocidad? ¿Existe la posibilidad de relacionarnos de otra forma, con un tiempo ya definitivamente secuestrado? ¿Asistiremos al espectáculo imparable de las representaciones fantasmales del consumo? ¿Estaremos habituados ya a soñar con catástrofes? ¿Viviremos una serie indefinida de pesadillas cada día?
¿Sabemos percibir? ¿Somos cuerpos introspectivos sin exterioridad? ¿Cambió nuestra vida de todos los días? ¿O ya simplemente nos acostumbramos a tener la eficacia indispensable? ¿Cuándo aceptamos tener una serie de reuniones digitales sin solución de continuidad? ¿Cuándo nos convertimos en una interfazque interfiere sin parar?
¿Estoy autorizado a decir simplemente “déjenme en paz”? ¿Cuándo voy a colgar en mi frente el cartel de “no molestar”? ¿Se habrá terminado mi atención? ¿Necesito encontrarme, domesticarme, entregarme, abandonarme?
¿No soy ahora y para siempre ya solo un recuerdo más?
¿No soy ahora y para siempre ya solo un recuerdo más?
¿No soy ahora y para siempre ya solo un recuerdo más?
Te quedas mirando fijo durante largas horas una de las tantas pantallas que te rodean. Caminar se revela como un ejercicio insignificante en el minúsculo espacio que habitás. Quisieras poder contar al menos con un balcón al que asomarte por las noches. Para poder levantar la vista hacia el cielo nocturno, mirar las estrellas y regodearte con un pasado donde no existían los zombies indiferentes de hoy. Odiás con inusitada furia su tibieza. Su apatía. Su inexpresividad. Es un tipo de odio renovador, que nunca antes habías sentido. Te arrolla. Te toma por completo, de los pies a la cabeza. Lo exudas por tus poros y se derrama por el monoambiente. Es ese odio, y no otra cosa, lo que te permite seguir con vida. Soportar. Mantener la mandíbula firme, con los dientes bien alineados y apretados, y la vista impasible, clavada en las figuras que murmuran con frenesí. Solo cuando llegue el delivery, te vas a levantar de la cama. Vas a desconectar todas las pantallas de una sola vez, con un gesto contundente. Un momento antes de estrellarlas contra la pared.
Estoy inaugurando todo el tiempo nuevas formas nuevas de sentir. Sensaciones que nunca antes me habían atravesado. Mis antepasados irrumpieron en mi casa. Ellos pasaron a ser ahora mis contemporáneos. Me invadieron por completo. Están en mis pensamientos, en mi dolor, en mi nostalgia, en las imágenes que me llegan desde el otro lado del espejo negro. Miro mi rostro reflejado durante un largo tiempo en las pantallas. Cuando estoy cansado de las imágenes y las voces de los muertos. Cuando me agobia extrañarlos tanto. Afuera ya no hay nada ni nadie disponible para mí. Afuera solo reina el más burdo y ramplón sentido común. Solamente hay confusión y estupidez. Insolencia y caos. Nadie me espera. A ninguna persona reclamo. Hace rato que decidí terminar mis días en esta casa devenida prisión. Acompañado solamente por los espejos negros que me llevan una vez más a las rutas del pasado. El recuerdo de las imágenes de los otros: sus olores, sus formas, sus sonidos. Sus risas. Recupero todo aquello en el momento después de la desaparición del sol.
Y la luna avanza.
Toda su vida vivió en automático, casi sin darse cuenta, en una monotonía opaca y mediocre. Pero ahora no. Ahora ya no puede. Su mundo privado se disolvió. Se hizo pedazos de un día para el otro. Es su entorno vital el que le recuerda a cada paso que es un miserable. Que siempre lo fue. Solo que ahora es plenamente consciente de eso. ¿Cómo llegó hasta acá? ¿Qué ocurrió? ¿Por qué fue obligado a despertarse? Y más importante aún: ¿cuánto tiempo más podrá seguir viviendo así? Una década. Quizás dos. Quizás cien años más. Hasta que alguien encuentre su cuerpo putrefacto, cuando este lugar esté a punto de ser demolido. Su olor nauseabundo. Eso es lo único que se recordará de él. Eso y nada más.
Ahora el encierro es doble: a la vez físico y mental. ¿Existe alguna otra posibilidad? ¿Hay otra alternativa? Quisiera imaginar otros futuros. Quisiera fugar hacia el pasado. Quisiera ubicarme otra vez, como hace tiempo, en espacios abiertos. Imaginarme emplazado en eso que alguna vez llamé “naturaleza”: los Esteros del Iberá, un sol que raja la tierra, sin nubes a la vista, a la hora de la siesta. Los yacarés se deslizan sobre el pantano, igual que los carpinchos. Sus antiguas presas. Ahora conviven como si nada sucediera. Pero en vez de revivir esa escena, pienso que ya no hay compañeros. Nunca la prisión fue tan cómoda. Nunca, tan definitiva. Sálvese quien pueda. Cada uno por su cuenta. Si ahora mismo cayera muerto, no tendría la menor importancia. Nunca la tuvo. Solo que ahora se hizo evidente. Es el deseo soberano y popular. Es la constitución. Es la democracia representativa, moderna, tripartitamente burguesa y capitalista. Son los santos evangelios. Es la voluntad de la masa. Son los compatriotas, que vinieron de los puertos, hace tantos años ya, que nadie lo recuerda. El deseo colectivo se ha expresado. Ha emitido su voto ferviente. Único. En un solo movimiento. Perdimos. Nos destruyeron. Todo terminó en derrota, en esta época de mitos astillados. Un espacio mental en mi cerebro. Ahora mismo. Para correr sin parar. Y escapar, latido tras latido. Una caída al abismo. Un gran alivio. El único consuelo: los perros vivos y muertos. Y un agujero en mi cerebro. Un agujero y nada más.
Entrevista realizada para este programa radial, conducido por Esteban Busso
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