Narciso Ibáñez Serrador había hecho un gran esfuerzo la noche del 1 de febrero para estar con nosotros. Hacía tiempo que su delicada salud le había mantenido apartado del mundial ruido en su confortable guarida. Quién sabe si escudriñando futuros proyectos, creando mundos nuevos con esa fuerza, con esa irradiación inmortal, que solo poseen los maestros.
Maestro, si señor. Y gigante. Y coloso. Así reconozco a Chicho. Con él me ocurrió como con Félix Rodríguez de la Fuente. De niño me impresionó, quedó grabado su discurso, su lección, en lo profundo de la mente. Pero seguro que sin comprenderla en su sentido más importante. Con el pasar de los años, con ese ir conociendo poco a poco algo de este extraño oficio, volví a verlos, volví a disfrutarlos, volví a sentirlos en su hondísima dimensión- a veces no percibida por críticos necios y por quienes han tapiado definitivamente su capacidad de emocionarse- de genios sin parangón.
También reconozco que tuve que contener mis lágrimas al escuchar lo que Ibáñez Serrador dijo de Cuarto Milenio. Lo dijo con esfuerzo, y con corazón. Rotundo, reiterándolo, como quien sabe que da un mensaje importante.