Nada personal
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Nada personal episodes

  • Capítulo 11-Quién es Martin, el héroe involuntario? Parte2
    Después de siete años de no tener contacto alguno nos encontramos gracias a las redes sociales. Él apareció en Facebook un día y nos hicimos amigos por ahí. En esos tiempos, 2009-2010, yo me estaba recuperando de un burn out que me dejó aislada en casa y del que me fui más o menos rehabilitando de a poco y con mucha paciencia. Un día vi que Martin había posteado algo sobre la dictadura militar y me atreví a preguntarle si él creía ser hijo de desaparecidos también. Le conté sobre mis sospechas  y de que me había acercado a Abuelas de Plaza de Mayo antes de mudarme a Suecia, pero que no me animaba a dejar el ADN. Él, con la seguridad que lo caracteriza, me contestó: “Yo no creo serlo, pero estoy por viajar a Argentina, querés que te averigüe si vos lo sos?” Le respondí que si, sin entender bien cómo podía ser que él pudiese averiguar tal cosa, y al mismo tiempo sin animarme a preguntarle. Martín viajó a Argentina y a las semanas volvió, pero yo no tenía la fuerza para escuchar la respuesta. Recién un año más tarde junté suficiente coraje para hacerlo  y su respuesta fue: “Tenía miedo de que me preguntaras, porque la respuesta es dura. Sí, lo sos. Yo en cambio, no.” Lo hablamos por chat en Skype. Le seguí haciendo preguntas, pero me dijo que era la única información que le habían dado. Le pregunté si podía hablar directamente con ellos, y aún más importante, quiénes eran “ellos”. “Nata, esta es gente pesada. No te metas”, me respondió.
    Recién en el 2018 entendí a lo que se refería. Martín desde que llegó a Suiza trabajó en la parte de seguridad, gracias a su pasado en la policía y militares. Y gracias a que trabajó duro y constantemente logró un muy buen estatus económico y social. Básicamente, Martín, después de sobrevivir Argentina se reinventó y rehizo su vida. Un poco como yo, quitando el éxito económico y estatus social.
    Después de que me contase lo que había averiguado, nuevamente perdimos el contacto. Esto de recibir noticias tan movilizantes me lo tomo siempre con mucha calma, y en ese entonces, yo que recién salía de mi pico de depresión, quería dedicarme más que nada a producir mi música y rehacer mi vida desde un lugar más sano. Tenía 33 años y había lanzado mi primer single producido por mi, “No te doy más” a través de mi compañía discográfica “El Sol y la Luna music”. Todo un logro para alguien que dos años antes apenas se podía levantar de la cama, atender el teléfono o salir de la casa. 
    El camino de rehabilitación de un burn out, o de cualquier tipo de depresión o trauma es largo, complejo y hay que tener mucha paciencia y constancia. En mi caso, en ese momento al menos, consistía en entrenar, ir a mis reuniones de 12 pasos, meditar, alimentarme bien, e ir a las charlas de mi amigo Jeremy Halpin , experto en medicina china, sobre la conexión entre la energía, el cuerpo, las emociones y el alma. Estaba decidida a salir para adelante, y lidiar con la búsqueda de mi origen biológico no era un lujo que me podía dar en ese momento. En teoría, entendía lo esencial que es la identidad biológica de una persona, pero todo el asunto me sobrepasaba tanto que no veía la razón por la cual meterme ahí. Decidí que era el momento en mi vida de construir mi futuro de la forma en que yo lo quería construir. 
    Ya era el 2012 y era tiempo de invertir en mi carrera, tener estabilidad económica, y eventualmente más adelante, si era lo que queríamos con mi pareja, hasta pensar en tener una familia. 
    Siempre puedo contar con mi vida para arruinarme los planes.
     Llegó el 2013 y con ese febrero la muerte de mi mamá, y la búsqueda no pudo esperar más. Estaba escrito en las estrellas. A partir de ese año el ruido dentro mío me aturdiría hasta que le hiciera caso. Lento pero seguro, la puerta se abrió, y yo caí como Alicia en el país de las maravillas cayendo en la madriguera del conejo.Lo que siguió ya la conté. Fue ir a Abuelas de Plaza  de Mayo y eventualmente dejar mi ADN a finales del 2015, para ver si mi familia biológica se encontraba en su banco de datos genéticos.
    Ese mismo año, 2015, me había ganado una beca del Comité sueco para becas de Arte  para trabajar con el artista Kevin Johansen y aproveché para viajar a Argentina y quedarme hasta recibir el resultado, que como ya conté dió negativo.
    Volví a Suecia en abril del 2016 a retomar mi vida sueca con un plan: Me iba a encerrar en mi estudio, deprimirme y trabajar. Ese gran vacío y desesperanza que me había dejado el resultado de ADN me iba a consumir, y yo lo iba a dejar. No me iba a resistir, no iba a tener más esperanzas, no iba a tratar de encontrar el lado positivo de todo esto, ni tratar de entender que aprendizaje me había dejado. Simplemente me iba a hundir en mi dolor y lástima por mi misma.
    Pero Simon, y Juan, mi pareja de ese momento, tenían otros planes. Vinieron los dos juntos un día a mi estudio y me emboscaron diciéndome: “Ya está? Te vas a dar por vencida?”. Me insistieron un buen rato, me dieron todas las razones por las cuáles no me podía dar por vencida, muy seriamente me explicaron que si lo hacía me iba a arrepentir en el futuro y que al final si ya habíamos llegado tan lejos, porque no seguir un poco más, que alguien tenía que saber algo más. De alguna forma debería haber otra forma de seguir la búsqueda, que por que no, contratar a un detective privado? A lo que finalmente  dije: “Bueno, puede ser que haya alguien que me pueda ayudar” 
    Es en esta parte del relato, cuando cuento esta historia, que en mi cabeza aparece un personaje del  programa para niños de la televisión mexicana “Chespirito”. Un super héroe con el que crecí, que llevaba como emblema un corazón enorme en su pecho, el Chapulín colorado. La escena era siempre la misma, alguien estaba en problemas y decía “Y ahora, quién podrá defendernos” y de la nada aparecía él, y todos gritaban “El Chapulín colorado” a lo que él respondía “No contaban con mi astucia” y salvaba el día.Asi que ahi, cuando Simón mencionó al detective privado pensé: “Voy a llamar a mi Chapulin colorado”.. Le mandé un mensaje a Martin ahí nomás y por supuesto él contestó a los minutos. 
    Así retomamos nuevamente las aventuras de Naty y Martin, el Chapulín colorado.
    Le conté todo lo que había pasado. Todo. Toda la vuelta con Abuelas de Plaza de Mayo, el documental, mi tristeza.Y Martín, que es un héroe nato, sin dudarlo un minuto, decidió ayudarme otra vez. 
    Simon, Juan y yo viajamos a Suiza en octubre del 2016. Nos quedamos sólo un par de días, yo le llevé una copia del expediente que Abuelas de Plaza de Mayo tenía sobre mi caso y Martín apenas lo leyó, mandó un mensaje a un contacto en Argentina para que le proveyese  información sobre el doctor que me vendió, Celestino Bartucca y la dirección donde yo supuestamente había nacido. Al la hora nos llegó la respuesta: Había mucha gente que preguntaba sobre esa dirección y ese doctor, sobre todo casos que tuvieran que ver con el robo de bebés en época de la dictadura militar. También nos mandó el link de un video en YouTube de una cámara oculta al doctor Bartucca, donde quedaba en claro que la venta de bebés era común y prácticamente no se penalizaba. Quién había subido el video era Lorena Quiroga, partícipe de ese video. Mujer valiente que también habiendo sido vendida por el doctor, buscaba su verdad. 
    Volvimos de Suiza y a mí me dolía el alma. Me habían vendido como a una mascota. 
    La realidad es mucho más linda cuando una se la imagina que cuando una la confronta. Pero también volví con una fuerza interna gracias a que Martín, que realmente no tenía porque, había movido sus contactos y dedicado su precioso y escaso tiempo a nosotros durante un par de días. 
    Ante esa realidad tan pesada, un héroe se levantaba y cambiaba el curso de mi historia. Un héroe se quitaba el camuflaje y se mostraba por quién realmente era y me levantaba del lodo. 

    Nos volvimos a ver en Paris, cuando con Simon fuimos a encontrarnos con Ignacio Carlotto y Claudia Carlotto, y nuevamente cuando juntos viajamos a Argentina en el 2018 y averiguamos sobre el tráfico de bebés y tratamos de conectar la dictadura militar con el doctor Bartucca. Él último viaje a Argentina lo hicimos Simón y yo solos. Por supuesto que lo extrañe a Martin, pero también comprendo que por la razón que fuera, seguramente tuvo que poner su tiempo y energía en otras cosas. 
    Martín y yo nadamos en el mismo agua y aunque de muchas formas somos muy diferentes, en algún lugar dentro nuestro somos muy parecidos. Cuándo él me mira sé que me vé y cuando yo lo miro creo o espero que él sepa que yo también lo veo. Haber podido hacer parte de este viaje con él fue un lujo, poder habitar en su aura fue fascinante. 
    Hay gente así en el mundo, con tantas capas y facetas y profundidades que son interminables. Martín es uno de ellos. Un héroe que se camufla de muchas otras cosas pero que siempre va a ser quién siempre fue, ese niño que conocí, que jugaba a ser detective en los recreos, el que defendía a los que no se podían defender, el que amaba la justicia desde tan chico. Su alma siempre va a ser su alma. Y yo siempre voy a saber que está ahi. No importa el camino que tome en la vida. Martin siempre va a ser mi héroe involuntario. Mi Chapulín colorado.
    16 min
  • Capítulo 10-Quién es Martin, el héroe involuntario?
    Una de las cosas que no me canso de repetir, es que si hay algo que aprendí con el tiempo, es que las cosas no son blanco y negro, o las personas buenas o malas. La vida no es como una película de Hollywood, donde los personajes carecen de matices y el malo es fácil de detectar desde el principio del relato. La realidad y las personas son mucho más complejas y están llenas de grises, explicaciones e historias, por eso es tan difícil a veces entender que es lo que realmente está pasando. Aunque sea una verdad incómoda y al cerebro en realidad le gustaría simplificar, clasificar, juzgar y descartar, tarde o temprano va tener que aceptar que todo viene de algún lugar y todo va hacia algún lugar. Como peces en la  corriente de agua formada por la historia de la humanidad. Y en esas aguas tratamos de nadar un recorrido único, pero nunca fuera de la corriente que nos tocó vivir. En pocas palabras, hacemos lo que podemos con el destino que nos fue dado.
    Aparentemente Martin y yo nos conocimos apenas nuestras familias nos adoptaron, o más bien dicho adquirieron Su hermana y mi hermano iban juntos al kindergarten de la escuela alemana a la que después también nosotros iríamos. Ahi las dos madres se conocieron, cada una con su respectivo bebé marroncito y me imagino compararon adopciones. Desde ese entonces nos conocemos. Fuimos juntos al kinder también y después estuvimos en la misma clase en la primaria. Martín fue mi primer novio en segundo grado, junto con otro Martin. Sí, aparentemente en ese entonces yo era poliamorosa. 
    Martín le dijo al otro Martín que en realidad él y yo pegábamos mejor dado que el color de nuestra piel era parecido. Éramos los dos marroncitos en una escuela llena de blancos y rubios. De hecho, se podía ver quienes eran adoptados en mi escuela, porque eran en general los marroncitos, con alguna que otra excepción. En los recreos Martin jugaba a ser detective, y siempre jugaba el personaje de héroe justiciero. Era más alto que los otros y se sabía que con Martín no se jodía. Mi mamá me contaba que él ya de chiquito iba con su hermana en colectivo al colegio. A nosotros nos llevaba el micro del colegio. “Que valiente” pensaba yo siempre. Martín nació para ser héroe. Yo al lado de él siempre me sentí blanda e inofensiva.
    Despues de la primaria Martín desapareció de mi radar. Hizo la secundaria en el Liceo militar porque él lo eligió, lo cuál para mi, a esa edad, era impensable. El liceo militar sonaba como un castigo, algo a donde se manda a los niños que necesitan disciplina. Él siguió por ese camino y yo seguí por el mío, en la secundaría del colegio alemán Goethe. 
    Lo veía cada tanto en los campamentos de verano e invierno que organizaba la comunidad alemana. Los campamentos “DAL-Deutsche Argentinische lagergruppe” que mucho más tarde entendí, tenían un resabio de los tiempos oscuros de Alemania y su “Hitler Jugend”. Ahi nos veíamos con Martin. Èl ya había ido desde chico. Yo me uní recién a los 14 años. Por supuesto en ese entonces, ninguno de nosotros lo veía de esa forma. Al menos para mí, era con la alegría que se siente si a una le gusta acampar y estar en contacto con la naturaleza, algo que todavía hoy en día siento.Era dormir en carpa, bañarse en el río, cocinar para todo el grupo, juntar madera para el fuego, hacer caminatas de varios días, dormir bajo las estrellas y cantar por las noches. Ahi aprendí a tocar canciones en la guitarra de Leon Gieco, Seru Giran, Sui Generis, Creedence, Rod Steward, Rolling Stones, Pink Floyd, Cat Stevens  y canciones tradicionales alemanas que se asocian todavía con una época de Alemania que es preferible olvidar. O al menos no repetir nunca jamás. El “DAL” me enseñó a estar cerca de la naturaleza, a amar las noches y las estrellas, a sentir una añoranza por algo más allá de la realidad, me enseñó a soñar. Muchos años más tarde, ya viviendo en Suecia, caí en la cuenta de la historia oscura de la comunidad alemana en Argentina. Como dije antes, nada es blanco o negro, En medio de esa oscuridad, y rodeada de una sociedad que se empeñaba en clasificar a las personas por su color y genética, y Martin y yo que no encajábamos en ella,  yo aprendí a ver las estrellas, y a tocar canciones que todavía hoy toco (en eso no están incluidas las alemanas). Ambas cosas me siguen salvando todavía cuando la realidad me sobrepasa. 
    Después de mis 15 años Martin no vino más a los campamentos. Cada tanto me mandaba cartas, porque de celulares no había ni rastros en esa época, y me contaba cómo le iba la vida en el liceo. Martin parecía vivir una vida llena de aventura, mientras que la mía era una vida aburrida de adolescente sobreprotegida de clase media. Más allá de las peleas y violencia constante en mi familia, no pasaba absolutamente nada en mi vida. 

    Pasaron los años y poco sabía de Martin, más que después del liceo se unió a la Policía Federal de la provincia de Buenos Aires, la cuál al menos en ese entonces, tenía la peor reputación de todas las fuerzas policíacas. Se decía que eran los más corruptos, sanguinarios y desalmados. Que lo mejor siempre era no tener nada que ver con la policía.Y nuestros caminos hubiesen seguido separados, si no hubiese sido que al parecer mi destino tenía que cambiar bruscamente, con la violación que sobreviví el 7 de agosto del 2001. Como el crimen tomó lugar en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires, mi caso fue a parar a San Isidro, que era la comisaría donde trabajaba Martin. Él, que en realidad estaba en la sección de narcóticos, me dijo que ese día en la pila de expedientes que le habían puesto sobre su escritorio, apareció un caso que usualmente no se le asignaría. Un caso de violación. Y cuando miró más de cerca se dio cuenta que era yo. Es realmente creer o reventar.De todas las comisarías, de todos los detectives, de todos los escritorios, a Martín le tocó ser el detective mi caso. 
    Me acuerdo del primer encuentro con él para hablar de lo que había pasado. Yo cargando con la típica vergüenza que caracteriza a todas y todos los sobrevivientes de abuso sexual, eternamente agradecida de que fuera a él a quién le tuviera que contar los detalles. Algo en sus ojos me decía, que para él yo no era un caso más. Algo me decía que él estaba de mi lado, él estaba en mi equipo. Así fue que entramos en contacto otra vez. 
    Cómo conté, al tiempo de la violación, en un viaje de turismo aventura conocí al sueco de 35 años de quién me enamoraría y por el cual me mudaría en junio del 2002 a Estocolmo. Vendí todo y me fui. Necesitaba comenzar una nueva vida, en un nuevo lugar, lejos de quién fui, lejos de mi historia , lejos del personaje que yo interpretaba en la realidad en la que vivía.
    De Martín supe poco durante esos años. Que le habían tendido una cama y que había terminado en la cárcel era una de ellas, y de que después se mudó a Suiza a rehacer su vida fue otra. Como Al Pacino en la película “Serpico”. 
    Recién en el 2010 y gracias a Facebook y a que yo me encontraba mucho tiempo en casa y en las redes sociales gracias a que unos meses antes mi depresión post traumática tuvo un pico y sufrí de un burn out, vi que posteó un día algo sobre los militares y la dictadura y de la nada le pregunté: “Vos crees que también sos hijo de desaparecidos?”, “no lo creo”, me contestó, pero si vos querés saber te averiguo”“Bueno, si, dale” le contesté.Habían pasado aproximadamente siete años desde la última vez que hablamos, pero como siempre, yo sentía que nuestras vidas seguían un trayecto paralelo. Cómo si nuestras almas antes de nacer se hubiesen puesto de acuerdo de encontrarnos cuando estuviésemos de este lado, y acompañarnos, para no perdernos del todo en este mundo tan confuso.
    Así regresó Martín a mi radar, cómo el héroe involuntario que es.No lo sabía en ese  momento, pero unos años más tarde, gracias a él, me volvería la esperanza al cuerpo.Por segunda vez.

    12 min
  • Capítulo 9-No dejes que esto defina tu vida, tratá de vivir en vez (no estés triste)
    Desde la primera vez que me enteré que era adoptada, a los creo 5 o 6 años, cada vez que se toca el tema en cualquier situación posible, lo que sigue directamente después es algún tipo de comentario que trata de dirigir mi percepción de lo que pasó hacia un lugar de insignificancia, de normalización.
    Demás está decir, que el 99% de las personas que han hecho esto, no son adoptados y han crecido con su familia biológica.

    Por ejemplo: “Pero tu origen biológico no importa, lo que importa es tu familia de verdad” o también “pensá que suerte que tuviste, imagínate donde hubieses ido a parar sino”, otro es: “mamá no es la que te parió, sino la que te crió” el clásico “vos buscas excusas para hacerte la víctima y no hacerte cargo de tu vida”, también: “ vos elegís identificarte como adoptada porque es lo que conocés y quién serías sin esa identidad?”, o sino también “todos tenemos problemas, yo a veces también me pregunté si era adoptado/a”. 
    En los últimos tiempos desde que empecé a contar sobre la búsqueda que se empezó a filmar en el 2015, el comentario más frecuente fue: “No dejes que esto defina tu vida, trata de vivir en vez”. Todos estos comentarios, creo yo, nunca fueron hechos para dañarme. 
    Tal como lo percibí después de mi violación, la gente al sentirse impotente ante la injusticia, lo que trata de hacer es controlar el daño que causó la realidad tan incambiable, ya que no hay forma de cambiar la sociedad y realidad en su totalidad. Tal cómo los comentarios después de mi violación que apuntaban a que yo podría haber hecho algo para evitarlo, o que podía hacer algo para evitar el trauma que causó, muchas personas han tratado de controlar el daño de una sociedad cruel de la que son parte, al poner la culpa de mi dolor en mi.
    Para dar un ejemplo más concreto, lo que sucede es esto: 
    Imagínense que por una razón que una no puede controlar, una termina pisando un piso prendido fuego y se quema los pies. Entonces la reacción de la gente sería: “Porque caminaste sobre ese piso?” Y no “Porque estaba ese piso prendido fuego?”Mientras se curan las heridas de la quemadura te empujan a que camines “Ya pasó, está en el pasado, cuánto tiempo más va a durar tu rehabilitación?” Y no: “como están esas heridas?”Mientras te siguen doliendo la planta de los pies y te es difícil caminar: “Yo también me pregunté alguna vez si mis pies se habían quemado, todos tenemos problemas a veces” en vez de: “No me puedo realmente imaginar lo que es ese dolor, pero acá estoy si necesitas hablar”.Mientras buscás distintas formas de desinfectar las heridas para que se curen de una vez por todas: “Es que en realidad a vos te gusta identificarte como la quemada, te gusta hacerte la víctima” en vez de: “Fuerza! Un día por vez ya vas a ir sanando”Y cada vez que la frustración a una la colma y desearía ser otra y no tener que hacer todo ese proceso de rehabilitación: “Es que en realidad a vos te gusta ser la quemada. Quién serías si no fueras esa? Vos sabes que hay gente que se quemó mucho más que vos no?” En vez de simplemente dar un abrazo y un: “Estás avanzando, seguí para adelante, te amamos tal como sos”. En el caso de que la ansiedad provocada por el dolor de la realidad que se está tratando de evitar, haga que una busque formas de huir y de mantenerse entretenida como trabajar por demás, nunca quedarse quieta, buscar relaciones tóxicas, o alimentarse de mala forma: “Deja de huir! Tu problema es que no confrontás tu dolor! ¡No aceptás tu pasado! No dejás ir!” En vez de un simple: “Cómo andás?” Y el último y el más frecuente: “No dejes que esto defina tu vida, trata de vivir en vez”. 
    En este comentario hay tanta información que no sé ni por donde empezar. 
    La frase que se me viene a la mente es: “Lo que dice Juan de Pedro, dice más de Juan que de Pedro”A ver, si lo analizamos un poco, de qué forma pude yo dejar que esto no definiera mi vida? Acaso en el momento que nací? Debí haberme parado ahi nomás y dicho: “No, no quiero que me adopten”. 
    O cuándo repetidamente la sociedad me marcó desde chica que yo era distinta, debí haber respondido: “No, no les permito que me definan como distinta!”. 
    O cuando mi mamá repetidamente me decía que yo tenía genes villeros, debí haberla parado ahi nomás y dicho: “Primero que nada, no creo que ser villera aparezca en el genoma humano, segundo, que tiene de malo ser villera y tercero, en el caso de que hubiese un gen así, según la ciencia en este momento, es el hábitat lo que activa las distintas características en las personas, o sea, si mi gen villero se activó, es gracias a vos.”

    Yo de bebé fui ilegalmente adoptada. No crecí con mi familia biológica. No sé cuál fue la razón pero me tocó ese destino. Eso es un hecho. Yo no dejé que me definiese, porque no tuve opción. El verbo “dejar” en esa oración implica que yo lo elegí. Los bebés no eligen. Existen. Los adultos tienen más opciones. La identidad que recibí de una sociedad como la argentino/alemana es una que me fue dada. Por que razón es justamente esa la identidad que me fue dada tiene que ver con muchas razones muy complejas, que mucho tienen que ver con ignorancia, consciencia y los tiempos que vivimos. No es personal, pero es lo que me tocó. Que me pase gran parte de mi vida adulta tratando de deshacerme de esa identidad y tratando de encontrar una identidad más amplia, abarcativa y acorde con quién realmente soy, es mi elección. Esa es mi voluntad. Por eso es que decidí buscar; para entender, aceptar y eventualmente dejar ir, todo a su debido tiempo. 
    Eso si que lo aprendí de mi violación. 
    Los traumas nos forman, hasta que ya no nos forman más, hasta que nos reconstruimos, hasta que pasamos a ser más que el total de las partes que nos componen. Lo más importante es acompañarse en cada paso, con compasión a esa persona que carga con el dolor. De la misma forma que se acompaña a una mejor amiga. Viendo el coraje, la frustración, la tristeza y la fuerza. 

    Con todo esto no quiero decir tampoco que no es cierto que a veces me siento como una víctima y quiero hacerme una bolita sobre mi sofá y no salir de mi casa nunca más. O que a veces el dolor y lástima por mí misma no me permiten ver lo hermoso que hay en la vida, el amor, la abundancia, la belleza y creatividad. No, eso también me pasa. Pero cuando me dicen que trate de vivir mi vida en vez, me pregunto si se pensarán que yo soy millonaria y no tengo que salir a trabajar y hacer lo necesario para vivir mi vida como cualquier otra persona adulta. No.Nadie me paga las cuentas así que mejor que me cuide y esté sanita.Por suerte y probablemente gracias al programa de 12 pasos, encontré una forma de todavía poder levantarme de mi cama. Si algún día eso cambia, contemplaré otras opciones, como por ejemplo medicación. En el caso de que “tratar de vivir” en realidad se refiera a ”tratar de disfrutar de la vida”, bueno eso es un poco más difícil. Pero creanme, no es por falta de voluntad. A veces las heridas no me dejan en paz. Aparte, eso de disfrutar la vida y sentir agradecimiento por lo que se tiene, no es difícil para todos?Ah, y porque no sano más rápido? No lo sé. Creo que en algún lugar de todo esto hay un plan. El otro día iba pensando, sin realmente merecer tal comparación pero para usar un ejemplo bien claro, que si no hubiese sido por el dolor que sintió Martin Luther King, que hubiese sido de ese cambio social?Talvez haga falta que seamos exactamente quienes somos, y recorrer el camino que estamos recorriendo de la forma en que lo hacemos, porque en nuestra sanción, en cada historia y cada camino,  existe la sanción de todos.No sé.Sólo sé que no voy a dejar de estar triste porque me lo digan. Lo único que va a pasar es que voy a dejar de hablar, de contar, de compartir. Me voy a deprimir convencida de que merezco mi soledad. Convencida de que merezco mi abandono. De que todo es mi culpa.Y después voy a hacerme una bolita sobre mi sofá y querer desaparecer.
    Dejar de vivir mi vida no es una opción. Voy a siempre hacer lo que pueda, con la fuerza y las herramientas que tenga, como todo el mundo.Ahora, en nombre de todos nosotros que estamos en una búsqueda tan fuerte cómo es la de la identidad biológica, les pido gente querida, compasión, comprensión, abrazos y escucha. No se preocupen por el resto, que venimos así desde el comienzo de nuestros tiempos, y ya estamos bastante acostumbrados.Vivir, vamos a vivir.

    14 min
  • Capítulo 8-Las Abuelas de Plaza de Mayo parte 3
    Pasaron los años y cómo ya conté antes, después de la muerte mi mamá en el 2013 y de escuchar que uno de sus últimos deseos era que encontrase mi verdad, siempre pensando que era hija de desaparecidos, finalmente tomé el coraje para hablarle a mi papá. Era importante informarle lo que iba a hacer, por las consecuencias que le iba a traer. Para mi gran sorpresa, su respuesta fue positiva. Yo había esperado trece años para tener esta conversación. Me había preparado de todas las formas posibles, esperando cualquier tipo de reacción suya menos esta. Se vé que lo había pensado. Tan sorprendente fue su reacción que yo, que hablo hasta por los codos, me quedé muda. 
    Era febrero del 2015, me estaba ya por volver a Suecia, pero como desde la Conadi me habían escrito unos meses antes preguntándome si sentía que estaba lista a dejar el ADN, decidí pasar a visitarlos para hacer unas preguntas antes de volverme a Suecia y dejarlo ahí. Quería volver a Suecia, a mi casa, a mis amig@s, a mi psicóloga, a mi trabajo, a mi lugar en el mundo sana y salva de todo, para poder procesarlo mejor.Las preguntas que tenía eran triviales para el resto del mundo, pero importantes para mí. 
    Por ejemplo, si encontrasen una familia en su banco genético, cuánto tiempo tardaría hasta que se cambiase mi apellido? Y se cambia automáticamente mi pasaporte argentino? Y mi DNI? Y que pasaría con mi pasaporte alemán? Y mi permiso de residencia en Suecia? Y mi cuenta de banco? Y mis tarjetas? Y cuánto tardaría todo el proceso?Si iba a perder el control de mi identidad, quería saber al menos a nivel práctico que implicaría. Al fin y al cabo, por dentro llevo una gran parte que es alemana, la que necesita estructura y predictibilidad.Fui a la Conadi con mi amigo Adri, quién me había acompañado la primera vez que me acerqué a Abuelas porque él me insistió, yo en realidad iba a ir sola. Gracias a Dios por esos amigos sabios que la acompañan a una en la vida. Llegamos y nos llevaron a la oficina de la persona, quien estaba a cargo de mi caso. Todo comenzó bien. Él tenía mi expediente abierto sobre su escritorio. No recuerdo cómo comenzó la charla, pero sí que le dije que venía a hacerle unas últimas preguntas. Le dije que iba a dejar el ADN en Suecia, y me dijo que porque no lo dejaba en ese mismo momento. Yo con tranquilidad le traté de explicar porque, pero mis respuestas parecían irritarlo. Yo no entendía que estaba pasando, pero como estaba tan acostumbrada a dar explicaciones en mi vida, con paciencia y sin alterarme, traté de ser clara y mantener la calma. Cuando se lleva tanto trauma por dentro, en un mundo que no parece entender mucho al respecto, una de las soluciones es explicar lo necesario para que la gente que me rodea, a falta de entendimiento, al menos me deje tranquila y yo poder continuar en paz con mis procesos internos.Así que ahí sentadita esa tarde calurosa en la oficina de la Conadi, viendo la irritación de esta persona, tranquila, traté de explicarle porque no iba a dejar el ADN ahí y en ese momento. Pero todo lo que decía parecía irritarlo  más. Hasta el punto que me empezó a amenazar. Y como yo no daba brazo a torcer y no me alteraba con lo que me decía, finalmente concluyó nuestra charla cerrando mi expediente y diciendo: “Si no dejas el ADN ahora, no te puedo garantizar que no te obliguemos a dejarlo” a lo que yo le contesté: “Lo que ustedes decidan o no, yo no lo puedo controlar. Hagan lo que tengan que hacer, que yo voy a hacer lo mismo, que es informarme”. 
    Porque ese es mi deber como persona adulta. Informarme, tomar mi responsabilidad, juntar fuerza, y hacer lo que puedo con mis limitaciones de humana. 
    La situación era tan irreal, que parecía una película. Él, sentado del otro lado del escritorio reclinado en su silla con mi expediente cerrado delante suyo, como en esas escenas donde se interroga a un preso, o criminal, o sospechoso o inclusive a un supuesto terrorista capturado por las autoridades, a punto de ser arrojado al calabozo. Y yo, tratando de demostrar que vine en son de paz, y que no quería problemas. Tratando de mostrar mi inocencia. 
    Esta escena estaba tan fuera de lugar, ocurriendo en el último sitio donde se esperaría que ocurriese.La charla duró casi una hora. Salimos de ahi con mi amigo, también horrorizado, lo más rápido posible del edificio. Juré nunca jamás volver a acercarme a Abuelas o a la Conadi, Pensé: “me vuelvo a Suecia y que me vayan a buscar”. 
    Por supuesto cuando le conté lo que pasó a mis conocidos nadie me creyó.  Sobre todo en Argentina. Y entiendo por que. Después de todo lo que sufrieron las madres cuyos hijos desaparecieron en la última dictadura militar argentina, después de tener que pelear por cada milímetro de justicia, de incansablemente buscar la verdad con la esperanza de recuperar a sus nietos, es imposible concebir que puedan errar de alguna manera. 
    Todos hacemos eso. Ponemos a la gente en pedestales, necesitamos héroes inmaculados. Héroes perfectos, casi con características divinas, porque algo tiene que ser bendito en este mundo. Sobre todo en Argentina. Alguien o algo tiene que poder estar más allá de la realidad corrupta e injusta. Alguien nos tiene que salvar. Pero en el acto de elevar a otros por encima de todo, nos olvidamos que todos somos meros humanos, nadando en la corriente social que nos rodea, errando y aprendiendo todo el tiempo. No somos infalibles, nadie lo es. Todos hacemos lo que podemos con lo que nos fue dado, en la época en la que nos tocó vivir. Creer que un ente como Abuelas de Plaza de Mayo es perfecto e infalible es una locura. Han hecho grandes cosas. En su tenaz búsqueda de la verdad y justicia, han logrado cosas increíbles. Y a ellas les debemos tanto, pero no son de origen divino. Son gente como todos, aprendiendo, errando, tratando.
    Como conté anteriormente, cancillería me contactó en agosto del 2015. El juez me dijo que dejara el ADN porque mi caso se judicializó. Yo entremedio viajé a Argentina porque era el cumple 75 de mi papá y quería asistir a la fiesta de cumpleaños. Ya emprendiendo el viaje de vuelta, en migraciones al ver mi pasaporte se lo llevaron sin darme una explicación y me lo devolvieron al rato, también sin darme una explicación y casi me pierdo el avión de vuelta a Suecia. Inclusive en el 2016, cuando ya había dejado el ADN al llegar a Argentina, me retuvieron en un cuarto de migraciones, hasta que pudieron contactar al juez de mi causa. En el mismo cuarto retenían a otro individuo. Si, asi es, me retuvieron en un cuarto, como a un criminal. A la hora, cuando finalmente pudieron hablar con el juez, me dejaron ir. 
    Fue muy difícil no sentirse como un objeto todos estos años. Objeto portador de evidencia. Un objeto que  robaron en un estado de vulnerabilidad total, un objeto que vendieron a una familia, un objeto que tenía que sólo sentir gratitud por crecer en esa familia. Objeto que tenía que entregar su identidad en nombre de la justicia de un país, para poder encontrar la otra identidad que tanto le hacía falta.
    La noticia de que no habían encontrado un familiar en el banco genético de Abuelas no me la dieron personalmente. Me mandaron un mail el miércoles antes de Pascuas. No me dijeron si si o si no, simplemente que había llegado el resultado. Tuve que esperar hasta el lunes para que me lo dieran. Se pueden imaginar la angustia de esos cuatro días? 
    Cuando el lunes llamé al juez su secretario me contestó: “Ah, que, no te lo mandé? El resultado es negativo” Y me explicó que básicamente dejarían de buscar. Yo le pedí que por favor retiren mi nombre de migraciones, que no tenía ganas de que me retuvieran otra vez al salir del país, y él sorprendido que lo habían hecho, me explicó que lo que deberían haber hecho en vez, era simplemente avisarle al juez cada vez que yo entraba o salía del país, nada más. Me pidió disculpas por eso, y me aseguró que no habría más problemas. 

    Así se terminó el capítulo de Abuelas de Plaza de Mayo. Con un detalle más, lo cuál me parece muy importante mencionar. En el 2016 viajé a Paris con Simon para encontrarme con el pianista y nieto recuperado, Ignacio Montoya Carlotto. Estaba de gira por Europa y Claudio Carlotto, su tía, lo acompañaba. Fue un encuentro increíble, que me llenó de inspiración. Ignacio es una persona inteligentísima, sensible, talentosa, y con un hermoso sentido del humor. Y Claudia, quién me contó que en tiempos de exilio fue a parar a Suecia y lo odió, se mostró cálida y comprensiva. Me dijo que había escuchado lo que pasó con la persona en la Conadi y a cámara me pidió disculpas. Me dijo que él ya no trabajaba en Abuelas y que el encuentro que tuve con él nunca debería haber sucedido. Que lo sentía muchísimo.Así es como se hacen las cosas. Todos erramos. Sólo somos humanos tratando de superarnos. Nada más. Los pedestales nunca sirvieron para nada. 
    En cambio asumir errores, concientizarse y mejorar si. Esa es nuestra verdadera salvación. 
    O mejor dicho, la única salvación.

    14 min
  • Capítulo 7-Las Abuelas de Plaza de Mayo parte 2
    El día que finalmente fui a Abuelas de Plaza de Mayo me temblaban las piernas. Fui con un amigo que me sostuvo los últimos metros hasta la puerta de sus oficinas. Cuando yo hice mi presentación espontánea en Abuelas de Plaza de Mayo-que quiere decir básicamente que me presenté diciendo que tenía sospechas de que era hija de desaparecidos, no éramos muchos los que nos acercábamos. Era, aparentemente inusual. Todo esto cambió con el gobierno Kirchnerista que vino más tarde, y hoy en día es bastante sabido que es lo que hay que hacer si una tiene sospechas de ser hija de desaparecidos y quiere presentarse en Abuelas de Plaza de Mayo.Para mí fue como salir del closet. Me hice visible ante un posible, según mi familia, enemigo. Como conté antes, en ese entonces sólo se escuchaban historias sobre cómo perseguían a la gente y una vez que sospechaban que habían encontrado a un hijo o hija de desaparecidos no paraban hasta sacarles una muestra de ADN y condenar a la familia que los crió. Y claro está, tenían razones para hacer esto.
    En la mayoría de los casos esos bebés eran hijos  de mujeres detenidas-desaparecidas que se encontraban embarazadas y que eran  mantenidas con vida en los centros clandestinos de detención hasta el parto. Inclusive hasta a veces  estas mujeres eran torturadas a pesar de estar embarazadas. La dictadura organizó un reglamento secreto para establecer el procedimiento en estos casos y organizó maternidades clandestinas dentro de los centros clandestinos de detención o en sus cercanías, con médicos y enfermeras bajo mando militar. Una vez producido el parto, se asesinaba a la madre y se confeccionaban documentos falsos para el bebé, borrando su identidad original. Los bebés eran entonces entregados a parejas que, en la mayoría de los casos, eran cómplices o encubridoras del asesinato de los padres biológicos y de la supresión de la identidad de los niños. En algunas oportunidades, los niños fueron inscriptos como propios por los apropiadores y, en otros, mediante adopciones ilegales. (Wikipedia)

    Por alguna razón y lógica que todavía me cuesta entender, tenía sentido matar a las madres, pero no a los bebés recién nacidos. Según lo que entendí, creían que los bebés recién nacidos podían ser salvados de las ideologías de izquierda de sus padres biológicos, si es que eran criados por gente de derecha. 
    No recuerdo si fueron una o dos veces que fui ese año. Si recuerdo conocer a Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas, a Abel Madariaga secretario de Abuelas  y creo que inclusive a Claudio Carlotto, coordinadora de la Conadi.  Me acuerdo poder charlar un poco con Abel y Estela y sentir que estaba en la presencia de almas grandes, de gente con integridad, que por las cosas que habían vivido y visto llevaban coraje en los ojos. Me hablaron sobre la identidad, que era mi derecho y que todos necesitamos saber de dónde venimos. Por primera vez, sentí que alguien sabía lo que me estaba pasando.Me pidieron traer mi partida de nacimiento para poder iniciar una investigación y determinar si de hecho podían haber sospechas de que yo era hija de desaparecidos. De ser así, me pedirían después una la de ADN para compararlo con las muestras de ADN del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) donde se encuentran almacenadas todas las muestras de los familiares que buscan a los niños desaparecidos por el terrorismo de Estado, y de todas las personas que sospechan ser hijas de desaparecidos, y ya dejaron su muestra. 
    Pero en absolutamente ningún momento se habló de coerción. 
    Unos días más tarde le pedí la partida de nacimiento a mi papá y como ya dije antes, no recuerdo mucho de ese día, más que probablemente era domingo porque estaba toda la familia en casa, y que  la reacción de toda mi familia consistió más que nada en de gritos, nervios, caos y amenazas. Yo, que nunca fui rebelde, ni de presencia imponente, ni de esas a las que no les importa el conflicto, no dí brazo a torcer. Dejé mi partida de nacimiento en Abuelas de Plaza de Mayo y al poco tiempo me mudé a Suecia, siguiendo a ese sueco vikingo del que me enamoré. Ese que parecía tan valiente y seguro de sí mismo. Ese que a diferencia del mundo que me rodeaba, abogaba por los derechos humanos.Llegué a Estocolmo el 9 de junio del 2002, cuatro días antes de ver a Argentina perder en el mundial contra Suecia, lo cuál agregó más aún a esa sensación bizarra de haberme mudado al otro lado del planeta.  Al tiempito de haberme instalado, me llegó un mensaje de mi amigo Dario que era mi contacto con la Conadi. Había sido contactado por ellos, diciéndole que tenían noticias importantes y que si los podía llamar. Para los que no saben que és la Conadi, es la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, que impulsa la búsqueda de hijos e hijas de desaparecidos y de personas nacidas durante el cautiverio de sus madres, durante la última dictadura cívico-militar Argentina, a fin de determinar su paradero y restituir su identidad. Básicamente son los detectives de Abuelas, los que hacen la parte de investigación.Tomé coraje y llamé, como quién quiere saber pero no quiere saber en realidad. Me dijeron que el médico que firmó mi partida de nacimiento, el doctor Bartucca, ya estaba siendo procesado-me acuerdo justamente de esa palabra “procesado” por otros casos. Dado que esto era una fuerte indicación de que fuera muy posible que yo era hija de desaparecidos, me pidieron de dejar el ADN cuando esté preparada a dejarlo. 
    Nuevamente, nada de coerción. Me acuerdo de estar sentada en el living de ese departamento enorme en Kungsholmen, la zona de Estocolmo donde vivíamos, en estado de  shock, sin saber que hacer de mi misma. Apenas mi novio sueco  llegó del trabajo le conté lo que había pasado, pero él no pareció entender para nada lo que implicaba el llamado que había tenido. Al parecer  había grandes posibilidades de que encontrase una familia biológica. O sea, si dejaba el ADN se cambiaba mi identidad y empezaría un proceso para determinar que rol jugaron  mi papá y mamá en mi apropiación. “Hasta acá llegó mi amor por la justicia” pensé “Algún día, si las leyes cambian, si me puedo asegurar que no le pasa nada a mis padres, dejaré ese ADN”.Así fueron pasando los años, yo convencida de que si dejaba el ADN iba a encontrar una familia y al mismo tiempo  con terror de que me obligasen y perder tanto.En los años que siguieron, el gobierno argentino cambió y la concientización de lo que pasó en la última dictadura militar creció. También la concientización de los derechos a las mujeres y la desigualdad social. No digo esto porque simpatice con algún partido político. La razón por la que noté un cambio, es que mi mamá empezó a hablarme de esos temas cuando me llamaba por teléfono. Mi mamá que no leía un libro a menos que fuera de recetas de cocina, que en algún momento cuestionó si la Tierra realmente era redonda y que tenía como referencia cultural personajes de televisión como  Mirta Legrand y Susana Giménez, que si no saben quienes son, bueno sin querer ser cruel, puedo decir, no han sido estandartes de la cultura elevada y sofisticación del país, un día empezó a hablar de las Abuelas y del feminismo. Si esta información y cambio de actitud le había llegado hasta a mi madre, entonces realmente había habido un cambio en la sociedad Argentina!Yo, sin contarle a nadie, cada tanto mandaba un mail a la Conadi, preguntando si habían cambiado las leyes. Era lo único que me preocupaba. Había alguna forma en la que yo pudiese restituir mi pasado biológico sin tener que destruir mi presente? Para mi, y tal vez para muchos otros en la misma situación que yo, el precio a pagar por obtener la verdad del pasado a veces resulta muy alto. Perder mi identidad para imponer otra dos veces en la vida, suena bastante innecesario. No era que yo era una niña, cuando esto comenzó yo ya tenía 23 años, una mujer hecha y derecha. Con toda la herencia cultural de mi familia adoptiva. Una cruza rara de híbrido alemana por mi papá, austríaca por mi mamá y argentina por el país donde crecí. Llevando un apellido imposible de pronunciar para la mayoría de los hispanoparlantes y un extraño amor  a lo noreuropeo. Yo, a mi familia siempre los adoré. Así de disfuncional como era todo, a pesar de la violencia y la negligencia de mis padres, los adoraba. Cuando mi mamá falleció de cáncer en el 2013, estuve a su lado hasta su última respiración. Y cuando lo abracé a mi papá antes de irme al aeropuerto el treinta de junio del 2022, sabiendo que sería la última vez que lo abrazaría, por dentro sentí que me moría.Entregar mi apellido, mi historia, mi herencia, mi familia, porque en algún momento de mi nacimiento el mundo caótico que me rodeaba tomó decisiones acordes a una ideología de ese momento y de esa forma determinó para siempre el curso de mi vida, es mucho pedir.Yo no estaba preparada a perder tanto. Y eso sin tener en cuenta las consecuencias a mi familia. No me podía imaginarlos presentarse a un juez a declarar y ser maltratados como seguramente lo iban a ser, simplemente porque “buscaron” a la bebé equivocada. Que como me dijo mi papá: “Si hubiese sabido que venías de ahí nunca te hubiese adoptado. Yo no estoy de acuerdo con esa ideología”.Así que me tomé mi tiempo. El deseo de saber mi identidad biológica se vio interferido por mi miedo a todo lo que perdería de encontrar mi origen. El derecho a mi identidad venía con un costo enorme. Aparte, la vida en Suecia me tenía bastante ocupada, tratando de sobrevivir como artista y músico. Y con todo ese trauma encima que me mantenía despierta por las noches y debilitada durante los días. Tratando de vivir mi vida más allá de las heridas y los dolores. Tratando de soñar y encontrar la alegría en lo cotidiano. Que con semejante dolor en el alma, les puedo asegurar, requiere mucha energía. Todavía hoy tratar de ser feliz y sentir agradecimiento por esta vida, para mi es un trabajo de tiempo completo. Así que eso de andar tomando grandes decisiones, lo dejé para mucho más adelante.

    15 min
  • Capítulo 6-Las Abuelas de Plaza de Mayo parte 1
    Yo crecí en una familia alemana de clase media en la zona de Martinez, San Isidro, Buenos Aires. Los que son de Buenos Aires saben perfectamente que es lo que eso representa, pero para los que no son de Buenos Aires, acá viene un resumen.San Isidro, que está ubicado en la zona Norte de la cuidad de Buenos Aires, es conocido por ser una zona de gente rica, con apellidos europeos, ingleses, alemanes y franceses y por ser muy de derecha. Lo cual no es raro. Los ricos generalmente son de derecha porque les conviene un sistema que mantenga sus privilegios y aumente su estatus social y financiero. Ojo, esta es una gran generalización, pero para resumir algo muy complejo por ahora digamos que es así. Yo crecí entonces rodeada de gente de derecha. Y para hacer las cosas un poco más extremas, crecí en la época menemista. Para los que no saben que significa esto, básicamente Argentina tuvo un presidente desde 1989 a 1999 que no sólo privatizó todo el país, sino que también indultó a muchísima gente que había sido condenada por el gobierno anterior, como por ejemplo a los ex-miembros de las juntas de comandantes condenados en el Juicio a las Juntas de 1985. Menem fue el presidente del olvido, y la sociedad en la que yo crecí estaba feliz de olvidar con el dólar uno a uno con el peso argentino.  Lo poco que se hablaba en las reuniones familiares sobre los desaparecidos, se culminaba con un “algo habrán hecho, si no estabas metido en esa no te pasaba nada”. A Abuelas de Plaza de Mayo se les temía fuertemente. Se las veía como ogros, sedientas de venganza que lo único que querían era que corriese más sangre. Y la representante de esto según ellos era Hebe de Bonafini, una de las madres fundadoras de la organización, quien según decían, en su activismo abogaba por el enfrentamiento armado con el gobierno. Lo cuál era una imagen distorsionada sobre el resto de la organización, cuyo activismo pasaba por totalmente otro lado.No había ningún tipo de comprensión, ni compasión, ni empatía hacia su búsqueda. Eran unas señoras locas que buscaban a sus hijos e hijas que por terroristas habían desaparecido como solución al desastre que habían causado. De los hijos de los desaparecidos ni se hablaba. Jamás se los mencionó. Nuevamente el “algo habrán hecho” justificaba absolutamente todo. Básicamente, según el mensaje que recibí en mi casa, con las Abuelas no había que meterse. Son jodidas y no buscan justicia, sólo querían sangre y venganza, lo mejor que se puede hacer es mantener la cabeza gacha y pasar desapercibida. Será por eso que de chica mi mamá me decía “si en el colegio te preguntan a quién te pareces, decí que a tu mamá que es argentina”. Mi mamá, a todo esto era  hija de austríacos y a su vez se parecía a uno de los niños Von Trapp de la película “La novicia rebelde” (The sound of music), o sea menos argentina imposible. Así que yo crecí como esas nenas privilegiadas de clase media de Zona Norte, sin importarme mucho nada de todo esto. Era algo lejano. Recuerdo que mi amiga del colegio, también adoptada, solía leer libros sobre la dictadura, y hasta identificarse fuertemente con eso, sin decirlo, pero probablemente creyendo que ella era uno de esos niños hijos de desaparecidos. A mi me aburría todo eso, y en el fondo sentía que ella quería ser especial, y por eso quería creer que era una de esas niñas. Porque como dije antes, inconscientemente la sociedad donde crecí nos informaba que esos bebés eran especiales, no como el resto que eran hijos de pobres nomás. A mi me parecía ridículo andar hablando de algo de lo cuál no sabíamos nada, y como se decía alrededor mio, mejor mirar para adelante. Hasta ese día en que todo cambió y entendí que lo único que quedaba era presentarme a Abuelas de Plaza de Mayo. No fue fácil, con quién me iba a encontrar en Abuelas de Plaza de Mayo? Acaso eran los ogros vengativos de los que todos alrededor mio hablaban o eran las heroínas que como Don Quijote peleaban contra los molinos de viento de una sociedad que las ridiculizaba y quería olvidar?
    Argentina es un país con tantos grises, que casi es imposible confiar en alguna institución. Es difícil ir contra un sistema que  obliga a las personas a sólo pensar en la propia supervivencia. Cuando la realidad de un país es tan disfuncional, obliga a sus habitantes a estar un constante estado de alerta y estrés enloquecedor. Por supuesto que dentro de ese sistema hay gente que intenta cambiar el estado de la realidad que los rodea, y desde ya les mando mis saludos y elogios más grandes. La admiración que les tengo es interminable. Ahora, porque me decidí hacerlo, tiene que ver no sólo por la violación que sobreviví el 7 de agosto del 2001, sino también con el sueco que conocí en el viaje que hice de turismo aventura a Mendoza con mi prima.Voy a rebobinar un poco  aver si me siguen en esta historiaEse 7 de agosto del 2001 era un día soleado de invierno en Buenos Aires. Era un hermoso día seco, lo cual podía sentir en mi pelo que no era el típico desastre que genera la humedad porteña en mis rulos. Como ya conté un poco en el capítulo anterior, salía de mi clase de instructorado de yoga y cuando estaba distraída mirando como el sol se reflejaba en los pétalos rojos  de las flores del jardín de la casa que justo estaba pasando, un chico se me acercó por atrás y me amenazó que tenía que hacer lo que él dijera o me iba a matar. Primero me quiso robar, pero yo no tenía un peso encima. Después me obligó a caminar con él. Caminamos y caminamos, yo muerta de miedo no traté de huir, ni gritar. Eventualmente encontró un lugar aislado, y yo sabía lo que venía. La violación fue rápida, y como muchas otras sobrevivientes, negocié para que no me pegara, bien consciente de lo frececuentes de los femicidios en Argentina. Nada nos acerca más a la vida como la presencia de la muerte. En ese momento de claridad total surgieron los dos pensamientos que me seguirían toda la vida, el primero del cuál ya hable: “Esto es todo? Toda mi vida tratando de hacer todo lo que todos quieren de mi y ahora voy a morir?” Y el segundo que inconscientemente tenía que ver con las sospechas de ser hija de desaparecidos: “Si muero ahora nunca van a saber que pasó, nunca me van a encontrar”. 
    Pero sobreviví y un par de meses más tarde mi psicóloga me dijo que la naturaleza sana y que irme de viaje a Mendoza con mi prima Lily era una muy buena idea. Como es esta vida y el destino, en el hostel donde nos quedábamos conocí un sueco. Parecía un ser de otro planeta. Alto, grandote, con una cascada de pelo lacio largo color cobre. Como la mayoría de los suecos, al menos de palabra, muy consciente de los derechos humanos y la injusticia de la sociedad. Cuando le conté lo de mi adopción me dijo: “Por supuesto que tenés que buscar. Todos tenemos derecho a nuestra identidad”. Yo le creí. Era la primera vez que escuchaba esas palabras: “La identidad es un derecho”. Nunca antes había considerado ese concepto. Mi origen siempre había sido una nebulosa de especulaciones sobre de dónde vienen mis genes. Especulaciones que me aseguraban que era mejor no saber nada, que me decían que me conformara con simplemente haber sido adoptada por una familia. A mí me había tocado eso, y era todo lo que había. Si había algo que se me permitía sentir, algo que cada tanto alguien me recordaba, era sentir agradecimiento:  “Mirá que suerte que tuviste, andá a saber a dónde estarías ahora si tu mamá y tu papá no te hubiesen ido a buscar”. El derecho a la identidad se me había revocado de entrada, y yo tenía que conformarme con eso. Conformarme y ser feliz. Pero mi alma, que recién había sobrevivido un episodio donde una persona se tomó la libertad de sacarme el derecho a mi integridad física, reduciéndome a la nada misma, escuchó las palabras del sueco  que las dijo con tanta certeza y seguridad y se recordó a sí misma que esta vida le pertenece a ella, que esta vida se puede terminar en cualquier momento así que es hora de vivirla. Esa claridad, esa fuerza, hicieron que yo fuese en contra de toda mi familia, de las creencias con las que crecí y tomase la decisión de acercarme a Abuelas de Plaza de Mayo. La vida me descarriló totalmente del camino que venía transitando, y ahora que había perdido mi rumbo inicial, porque no enfrentar mis miedos más profundos y salir del anonimato de mi adopción y arriesgarme a que me vieran? Al fin y al cabo, la victoria siempre perteneció a los valientes.

    13 min
  • Capítulo 5-Cómo es la relación con tu familia?
    La relación con mi familia en general siempre fue difícil. La relación con mi familia durante  esta búsqueda fue difícil y un poquito más.A mi edad ya entendí que todos hacemos lo que podemos con lo que nos fue dado en esta vida y es imposible dar lo que nunca se recibió por ende fue imposible para mis padres dar más de lo que recibieron. Hace un par de años le pregunté a mi papá si recordaba cuando fue que mi mamá empezó a ser esa persona amarga y agresiva con quién yo crecí. Las peleas en casa siempre fueron fuertes. Mi mamá las empezaba siempre, y mi papá soportaba la agresión hasta que explotaba. Las peleas entonces se convertían en maratones de agresión física, psíquica y emocional de parte de ambos, que duraba durante días. Y en ese torbellino imparable en que se convertían crecimos mi hermano y yo. La violencia y maltrato a los niños eran muy comunes y hasta diría normales en esa época. Cosas que en aquel entonces se tomaban como parte cotidiana  de la educación de los niños, hoy harían reaccionar a la mayoría. Pero todo realmente escaló cuando yo tenía 11 años, después de la muerte de mi abuela. Y nunca entendí porque mi papá soportaba a una mujer tan agresiva y cruel como mi mamá. Siempre creí que algo debía haberle pasado en el camino que la transformó en ese monstruo. La única respuesta que conseguí de mi papá fue que ella realmente soñaba con tener hijos y después de intentar durante 10 años la frustración y tristeza la cambiaron. Finalmente nos adoptaron y así se cumplió el sueño de los dos hijos, la casa, el auto y el marido proveedor. Pero así y todo, había un dolor en su alma que no la dejaba en paz. Y mi papá que lo único que quería era jugar al tenis, tener dos hijos, una casa, un auto y una hermosa mujer ama de casa, tampoco tenía paz. Su paz siempre dependió de la paz de ella. Mi hermano, el primero en ser adoptado tres años antes de mí, siempre fue el orgullo de la familia, algo que era obvio para todos los que nos conocían. Él, no sólo  sufrió la típica sensación de los primerizos  de ser desplazado  cuando yo llegué, sino que también fue quién recibía mucha más violencia física que yo. Talvéz por ser el hijo varón, aprendió a confrontarlos y por eso recibía castigos mucho más duros. Yo veía eso, y aprendí a no quejarme, o contestar, o tomar espacio, o estar triste. Aprendí a evitar el golpe. Ninguno de los dos tuvimos paz. Él aprendió a defenderse, yo aprendí a desaparecer, poner cara de poker y hacer de cuenta que “acá no pasa nada” Hace un par de años caí en la cuenta de que no es normal que una niña de 6 años le rezase a Dios por las noches para que  se la llevase con él porque todo lo que hace está mal y es sólo una molestia en este mundo. En mi egocentrismo de niña, pensando que yo era la causa de todo esto, pensé que era mi tarea traer esa paz que no existía.Que era mi tarea salvarlos, protegerlos, de hacerlos reír, de explicarles y mostrarles cuánto los amaba, de pedirles e implorarles que dejasen de pelear, tratando arduamente de entender qué era lo que les dolía tanto y buscar la solución, un alivio para que por fin tuviesen paz por dentro y me viesen a mí. Para que hubiese amor en mi familia, el amor que seguí esperando durante tantos años. Hice, como los niños hacen, todo lo que pude para hacer que me amen como yo quería que se me amasen, pero no lo logré nunca. Por eso preguntar sobre mi adopción estaba totalmente fuera de mis posibilidades. 
    El fantasma más grande, según lo que yo entendí, de los padres adoptivos, es que sus hijos adoptados un día vengan y les digan que se terminó. Que no los aman y que van a buscar su verdadera familia. Esa ansiedad de perder a esos hijos tan deseados los vuelven medio locos. Y es comprensible. Debe de ser aterrador. Yo sentía eso todo el tiempo. “Madre es la que te cría. Hasta una yegua puede parir”, solía decir mi mamá para que me quedase en claro que no valía la pena buscar a mi mamá biológica. Los hijos sienten con sus padres. Los hijos entienden más allá de sus palabras. Así que yo nunca mencioné ningún deseo de ir a buscar a mi mamá biológica. No tenía a dónde ir. La sensación que tenía era de que mi mamá biológica ni se molestó en hacer las cosas legalmente. Se deshizo de mí y punto  “como una yegua”.
    En ese entonces empezamos a escuchar sobre Abuelas de Plaza de Mayo y su búsqueda de los bebés robados por la dictadura. Pero nunca jamás a nadie se le ocurrió que yo fuera una de esas. Como ya mencioné antes, acorde a las normas sociales de la época, Yo era hija de villera/yegua, también conocida como persona pobre sin moral que me dejó sin mirar atrás. Pero por suerte esta familia me quiso adoptar y darme la comodidad de una vida de clase media. Tal como todo el mundo me venía diciendo: “No hay que mirar para atrás. El pasado no sirve de nada”.Lo bueno o malo, según cómo se vea, es que la vida tiene sus planes propios.
     Mis sospechas de ser hija de desaparecidos comenzaron en algún momento del 2001, pero fue gracias a la violación que sobreviví el 7 de agosto de ese mismo año que cambió el rumbo de muchas cosas en mi vida. Ese día salía de la clase del instructorado  de yoga y en vez de tomar la calle más transitada para caminar las 6 cuadras a mi casa, tomé la paralela. Ahí me interceptó un chico que me amenazó con matarme, me secuestró y eventualmente violó. Ese día, como suele todavía suceder en Argentina, pensé que iba a morir. Todavía sigue siendo bastante fácil violar y después matar a las mujeres y en el 2001 era más fácil aún. Pensé que había llegado mi momento, justo después de la violación miré alrededor mío a ver si alguien me iba a salvar pero no había nadie. Este era mi destino y pensé: “Yo siempre hice todo lo que todos querían que hiciera, siempre me porté bien, siempre traté de no molestar, de no rebelarme, esperando a tener el permiso de ser y ahora voy a morir. Que desperdicio de vida. Al final todo te pasa igual”. Al final de ese día logré convencer a mi captor de que me dejase ir, y fue así que comenzó la recomposición de mi ser. Con la fuerza del dolor y probablemente la adrenalina de haber sobrevivido, poco tiempo más tarde le pedí la partida de nacimiento a mi papá para acercarme a Abuelas de Plaza  de Mayo y comenzar con la búsqueda. No recuerdo bien que pasó, es más, si no fuera por mi amigo Adri no me acordaría de absolutamente nada. Al parecer él presenció la escena en que mi papá me entregaba la partida de nacimiento a los gritos de que: ”Nos vas a mandar a todos en cana”, y de mi mamá gritando que si no hubiese sido por ellos yo estaría muerta. Mi familia me trató de convencer de que el pasado no significa nada y de que sólo estaba buscando excusas para hacerme la víctima. 
    Todos estaban en contra de que buscase. Y no sólo en contra, estaban violentamente en contra. Muertos de miedo por lo que se leía en los diarios sobre Abuelas de Plaza de Mayo, muertos de miedo porque los dejase, muertos de miedo de que la historia fuera cierta: Habían comprado un bebé que fue robado por los militares. Esa fue la última vez que hablé del tema con ellos. Fui a Abuelas, hice lo que tuve que hacer, me mudé al tiempo a Suecia y nunca más mencioné el tema. Mi mamá cada tanto trataba de sacarme información diciendo que había ido a una bruja y que esta le había dicho que yo seguía buscando en silencio pero que iba a esperar a que ella muriese para buscar libremente. La bruja tenía razón, pero yo lo negaba todo. Mi mamá no podía manejar la angustia de mi búsqueda, y menos mi papá. Así que para qué generar más ansiedad que después tengo que andar calmando y manejando? No, mejor me llamé al silencio. 
    En enero del 2013 le diagnosticaron cáncer de pulmón e hígado a mi mamá en fase 4. Yo no llegué a verla consciente, pero mi tía Mary me dijo que una de las cosas que ella venía diciendo últimamente es que quería que yo encontrase a mi mamá biológica. Mi mamá solía decir que miraba ese programa en la tele que se llamaba “Gente que busca gente” a ver si llegaba a aparecer alguna madre que buscaba a su hija que se pareciese a mí. Y cuando me lo  decía eso yo le respondía: “Yo ya tengo una mamá”. A mis ojos, mi mamá era una nena con gran incapacidad de regular sus emociones. Toda mi vida la protegí de mí, y no iba a parar hasta el día que dejase esta dimensión. 
    Una vez que ella murió, tuve que tomar coraje y hablar con mi papá. En el 2015, cuando volví a Argentina, le dije que nos fuéramos a tomar un café. Durante 13 años preparé lo que iba a decir: “Pá, las abuelas ya están grandes, no puedo esperar más.“ Así que fue exactamente eso lo que le dije ese día en ese café de la Plaza de Martinez y para mi gran sorpresa, mi papá coincidía conmigo en un 100 por ciento. De mis familia, él siempre fue el más razonable. Su respuesta fue positiva, a él también le parecía que ya era hora y aparte concluyó esa conversación diciendo: ”Yo no estoy de acuerdo con esa ideología”, refiriéndose a la forma en que la junta militar decidió resolver el tema de qué hacer con los bebés que nacían de los gente que capturaban, torturaban y asesinaban. No era la reacción que me estaba esperando de mi papá. Al parecer en esos 13 años de silencio mi mamá y mi papá tuvieron tiempo para pensar. Me imagino que  fue probablemente porque los gobiernos que asumieron la presidencia desde que me fui a Suecia visibilizaron la labor de Abuelas de forma positiva y pusieron a luz las atrocidades de la Junta militar del ´76, que  hizo que la consciencia les pesase fuertemente. Así que con el permiso de mi papá, me acerqué al año siguiente a Abuelas de PLaza de Mayo y dejé el ADN, que dio negativo. Lo primero que hice al recibir la noticia fue llamarlo a mi papá y contarle: “Pa, dio negativo el resultado de ADN de Abuelas de Plaza de Mayo”. Era importante que supiese que ya no tenía por qué temer, nadie lo iba a ir a buscar y hacer de su vida un infierno. Su respuesta fue bien típica suya: “ Para eso me llamás? Que pizza querés comer hoy por la noche?”. Lo hermoso de esto es que Simón filmó ese momento, que como muchos otros momentos con mi familia, superó la ficción. Después de eso, mi papá nunca entendió porque seguí buscando: “Si le hace mal”, decía cuando se le preguntaba. “Para mi ella tiene que dejar todo eso atrás”. Gracias a que seguimos buscando, supe cada vez más y más sobre como fue mi compra, y cómo se dan las cosas en el mercado de la compra de niños. Mi papá siempre dijo que no se acordaba de nada. “Eso pasó hace 40 años, no es importante para mí” fue siempre su respuesta. Y cuando le conté todo lo que había averiguado me lo confirmaba. Pero nunca me ayudó. Calculo que la culpa da amnesia. La última vez que viajé a Argentina para finalizar la búsqueda, le pregunté si sabía porque había ido, y me dijo que sí. Y después de visitar la última madre me preguntó: “Y? Encontraste algo?”,”no” le respondí con un tono despreocupado, casi como que ni me importaba. Cuando Simon le preguntó que le parecía mi búsqueda, mi papá de la misma forma despreocupada le respondió: “Por mí que haga lo que quiera, mientras que no le haga mal”. Nunca jamás le podía mostrar el  dolor a mi papá. Nunca jamás expresaría mis ganas de realmente saber la verdad sobre mi origen. Con respecto al documental, era su opinión que estamos perdiendo el tiempo: “Quién va a querer ver eso?”, siempre nos dijo a Simon y a mí. 
    Nunca quise realmente hablar del tema con ninguno de ellos. La falta de armonía y espacio para tener conversaciones en calma, hizo imposible que pudiese sincerarme y contarles lo que me estaba pasando. Si ya de por sí todo era tan difícil entre nosotros, menos iba a andar tratando de hablarles de un tema tan volátil como es la búsqueda de mi identidad biológica. 
    Mejor no decir nada y actuar en silencio. Mejor protegerlos y protegerme de mi verdad.
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  • Capítulo 4-La soledad y la adicción
    Siempre sentí una soledad enorme. Existencial. La sensación de que mi vida fue un error y de que no debería haber nacido me siguió desde chica. Me acuerdo de a veces rezarle a Dios por las noches pidiéndole que me llevase. Al mismo tiempo, no dejar que mis familia supiera esto, para que no se enojasen. Recién a los 17 años le pedí a mis padres de ir a la psicóloga y básicamente desde entonces que voy a algún tipo de terapia. Ser paciente ha sido parte de mi identidad, diría uno de mis mejores amigos. Sí, es verdad. Que sería de mí, si yo no fuese esta? Eternamente rota, eternamente reparándome, eternamente buscando ser otra. El problema fue siempre el mismo: mi autoestima. Y cómo llegamos acá? Qué me pasó que me dejó así? O será que lo elegí esto de ser la víctima eterna? Porque más allá de  que todos estamos un poquito abollados en algún lugar, consecuencia de vivir en el planeta Tierra, lo que siempre más me molestó de mi, es tener esas voces interiores que se encargan de debilitarme todos los días y me hacen tomar decisiones que continúan manteniéndome en un lugar de abuso. Y por supuesto al mismo tiempo saber que está en mí correrme del mismo abuso, y no poder. Ojo, a esta altura estoy mucho mejor que antes, un día por vez voy sanando. Pero así y todo, cada tanto me irrita y me genera aún más odio hacía mi misma el no ver lo bueno en mí y en el constantemente meterme en relaciones y situaciones que confirmen que yo no valgo la pena. Es frustrante. Pero cuando esto llegó a su cúspide fue en el 2008. Había caído víctima de una obsesión con una persona que se dio cuenta cuanto lo admiraba y aprovechó la ocasión para sacarme todo el juego de autoamor que tenía. Sentí que él me veía y esa parte de mi escondida salió a la intemperie para recibir amor. Por supuesto todo tenía que ver con la música. Ese lugar de mi prohibido que había sido criticado sistemáticamente por mi familia, y que me había salvado la vida tantas veces. La música, mi salvación. El único lugar que durante años me había llevado lejos de donde estaba, hasta el día que finalmente me fui lejos de hecho, a Suecia, a comenzar mi nueva vida. Pero en el 2008 y ya con tantos años de terapia encima, más el libro “Las mujeres que aman demasiado” me quedaba en claro que yo no tenía capacidad de elegir alejarme de donde estaba, que yo era mi peor enemiga y que no tenía ningún tipo de poder sobre mi tendencia. Así fue que en agosto del 2008 entré a un programa de 12 pasos. Muy, pero muy de a poco, empecé a desenrollar esta maraña de pensamientos, sentimientos y culpas que llevaba por dentro. Y eso que recordemos, yo ya venía haciendo terapia hace rato. Muy de a poco fui rompiendo la negación y viendo lo que realmente había por debajo. Pero muy de a poco. Porque lo que hay por debajo de las adicciones son monstruos con dientes filosos y garras afiladas, acompañadas de la voz asesina de la culpa. En las palabras de Gabor Maté “no te preguntes porqué la adicción, preguntate porqué el dolor”.  Es realmente irritante verse reaccionar como codependiente. Es como si otra entidad de repente tomase el control del cuerpo de una y antes de poder frenarlo, ya está diciendo palabras que una no quería decir y moviendo el cuerpo para donde una no lo quiere mover. Cuando estoy en lo que en los 12 pasos se llama “en carrera”, es muy difícil conectarme con mi verdad, saber lo que me pasa, tomar decisiones, poner límites o removerme de situaciones abusivas.  El miedo a perder a la gente que me rodea me genera pánico y me transforma en la perfecta víctima. “Yo sólo quiero que me quieran, y que se queden a mi lado”, dice mi niña interior, preparada a pagar el precio que sea. La peor parte es que siempre encuentra gente que le haga recordar la familia con la que creció para ver si ahora finalmente gana ese amor que no pudo recibir de chica. Y siempre, pero SIEMPRE pierde. Porque el pasado ya pasó. Lo único que se puede hacer es aceptarlo. Aceptar la realidad, el dolor y  llorar. Esta soledad existencial no es sólo de los adoptados. Todos la llevan por dentro. Nacimos y morimos solos. Y somos nosotros los que tenemos que vernos a nosotros mismos, sentir compasión por esa historia, darnos el tiempo de procesarla, frenar todos los días un ratito y preguntarnos como andamos, para curar esa soledad. La meditación por ejemplo ayuda muchísimo. El participar de grupos con gente que tuvo o tiene las mismas experiencias de vida también. Hay que romper el silencio. Romper con la vergüenza de lo que sentimos y pensamos para que no nos carcoma por dentro. Al fin y al cabo, todos queremos ser vistos y amados por quiénes realmente somos. Eso es universal.Y ahi vamos los adoptados. Como nadie sabe realmente de que estamos hechos y que significa la identidad, es decir hay muchas teorías pero nadie sabe realmente, sobre todo nadie sabía  en la época donde yo fui adoptada, se presumió que era simplemente recibir una nena y criarla en un contexto y la nena como tabula rasa que era crecería para ser idéntica a su familia adoptiva. Talvez el primer problema comenzó cuando me fueron a buscar a lo de el médico que me vendió. El doctor Celestino Bartucca. Según lo que me dijo mi mamá, les habían prometido una nena rubia, y cuando llegaron era yo. Me lo contaba siempre marcando la decepción. Lo fea que era. Inclusive años más tarde me enteré que al día siguiente de haberme adquirido, me llevó a lo de la vecina y preguntó si no le parecía que yo era “muy negrita”. La vecina se horrorizó y se lo contó a mi otra vecina, quién ha sido como mi tía, que me contó esta historia en el 2010. Y gracias a Dios por eso, porque a veces pienso que todo esto me lo inventé. Yo era una tabula rasa, con el pequeño detalle de mis genes. Genes que una y otra vez me repitieron eran de “negrita villera”. Y esto claro, según los valores racistas de la sociedad, vendrían a ser los peores genes del acervo genético. Demás está decirlo, que realmente no ayudó el haberme criado en la sociedad alemana post Segunda Guerra Mundial de Buenos Aires.El pasado hay que aceptarlo. Y yo viajé a Buenos Aires en junio del 2022  a tocarle las puertas a mis posibles madres biológicas para hacer eso. A ver si podía aceptar mi realidad. A ver si podía dejar de culparme, a ver si podía entender que me estuvo pasando todo este tiempo y porque esa soledad interminable que me hace caer de rodillas frente a mi codependencia. Fui a Buenos Aires a ver si podía reparar ese pedazo de mí que no podía abrazar, porque seguía sintiendo que era mi culpa el que me hubiesen entregado a otra familia. Que yo era un error, una molestia. Que nunca debería haber nacido. Que aparecí en este mundo y desde entonces estoy tratando de ser alguien que valga la pena ser querida. Tratando de explicar que no vine a sacarle el lugar a nadie. Que soy buena, y sobre todo leal. Yo no abandono. Nunca. Me quedo hasta el final aunque me destruya. El Titanic se hunde y yo voy a estar en la banda tocando. Y vale la pena quedarse a mi lado porque...
    “Por favor quédate a mi lado. Por favor no me sueltes mamá, que este mundo me da miedo. Por favor mamá que lo que viene va a ser muy duro. Yo prometo ser la mejor hija si me dejas que me quede a tu lado.”
    Y acá podría terminar este capítulo sobre mi codependencia.Pero pensándolo mejor, le voy a dar unos minutitos más. Hace no tanto leí un artículo, sobre la relación entre los adoptados y la adicción, la depresión, los suicidios o intentos de suicidio, los divorcios, la incapacidad de mantener relaciones afectivas funcionales y ciertas enfermedades.Nuestras tendencias autodestructivas son evidentes. Hay un ruido por dentro que no estamos pudiendo calmar. Como si tuviésemos un llanto por dentro que es inconsolable. Pero como es tan difícil identificarlo, aceptarlo, hablarlo, ese ruido se convierto en un vacío pesado y estático. Por supuesto que no somos todos iguales. No todos sentimos o vivenciamos lo mismo. Mucho va a depender de la nueva familia que nos adopte. Pero las estadísticas hablan por si mismas.El dolor es inevitable. En esta vida todos vamos a sentir dolor en algún momento. Pero el sufrimiento no es necesario. Yo el alivio lo encontré en el programa de doce pasos de codependientes anónimos. Y a pesar de que mi codependencia todavía domina mis días, voy encontrando el amor a mi misma, entendiendo a esa niña que tanto añora que la amen y que hace cualquier cosa por que se queden a su lado. Algún día talvez sea libre.Mientras tanto rezo la oración de serenidadDios concédeme la serenidad 
    para aceptar lo que no puedo cambiar Valor para cambiar aquello que puedoY la sabiduría para reconocer la diferencia
    Gracias


    13 min
  • Capítulo 3-Encontraste algo?

    Para encontrar algo, primero hay que entender qué es lo que se está buscando. Y yo no creo haber entendido que era lo que estaba buscando hasta que toqué las puertas de las mujeres que potencialmente podían ser mis madres biológicas.La identidad no es una cosa permanente. Hay componentes de la identidad que se modifican constantemente. Hay otros que no tanto. La identidad biológica, por ejemplo, es una de esas que no cambia muchísimo. Es decir, a menos que se hagan tratamientos o intervenciones importantes al cuerpo, lo más probable es que nos parezcamos a algún familiar biológico. Y que heredemos la genética de nuestra ascendencia  biológica.Si simplificamos la pregunta: Encontraste tu ascendencia  biológica? Entonces  la respuesta es fácil. Es un si o un no.Pero cada vez que me hacen esta pregunta, la respuesta no es simple, porque yo escucho otra pregunta. Lo que yo escucho es: “Ahora entendés mejor quién sos y que fue lo que pasó en el momento de tu nacimiento, y porqué te abandonaron?Por eso es difícil encontrar una respuesta simple, porque no es tan simple. Ahora, si fuese ser que encuentro a alguien que biológicamente está relacionado a mi, bueno, sería maravilloso. Porque es algo que nunca tuve y me hace falta. Pero como dije, esa es una respuesta mucho más simple.En lo que iba de la búsqueda, no me quedaba  en claro qué era lo que realmente estaba buscando. Es decir, tenia un presentimiento, pero no entendía bien. Gracias a las conversaciones con Mercedes Yañez pude ir encauzando un poco que era lo que estaba pasándome. Esa gran pregunta fue el verdadero  viaje. Qué es lo que estoy buscando sanar? Qué pedazo de mi me falta? Y porqué es tan importante?Si tomo en cuenta que mi búsqueda empezó el día que empecé a sospechar que era hija de desaparecidos, entonces puedo decir que lo que estuve buscando todo este tiempo era aceptar lo que pasó. Y cómo pasó. Y lo difícil es tener que reconstruir la verdad cuando una no la tiene. Las expectativas, el vacío, los sueños y las fantasías que conlleva ese vacío son fuertísimas. Como si mis pies nunca tocasen el suelo. Porque hay una verdad que no entendía. No era tanto eso de encontrar quién soy, ya que a mi edad ya soy quien soy, sino encontrar porqué soy. Entonces tocarle la puerta a las mujeres que potencialmente podrían ser mis madres biológicas le puso nombre y apellido a esa fantasía. Aunque ninguna fuera mi madre, todas eran mis madres. Y en sus relatos pude ver y entender algo que sin sus relatos valientes nunca hubiese entendido ni encontrado, y se llama contexto. Estas madres nunca olvidaron a sus hijas. No importaba la razón del embarazo, esa niña que nació no fue simplemente un error que había que corregirlo al entregárselo a otras personas. Esa niña siempre quedó en la memoria de estas madres. Nunca las dejó. La repuesta que yo estaba buscando, se respondió en un gran por ciento. “Como me pudiste dejar ir? Como me pudiste entregar a extraños que sabe Dios que harían de mí? Tan poco valía yo? Tan poco te valía?” No me dejaron ir. No había otras opciones. Y la familia que me adoptó no fue elegida. Simplemente estaba ahi, en el momento indicado. Nada más. No fue personal. Yo no lo causé, ni lo controlé. Todo fue. La vida es una ruleta, y te toca lo que te toca. No es justa, no hay reglas. O si las hay son muy difíciles de entender y no está a mi alcance intelectual hacerlo.Entonces mi repuesta es, si, encontré mucho. Y entendí que al menos en mi experiencia, las madres no se olvidan de sus hijos. Nunca.Y todo esto no fue personal. No tiene nada que ver conmigo.Pero eso sí, me pasó a mi.

    7 min
  • Capítulo 2-Porqué un documental?

    Es necesario comenzar explicando que fue lo que pasó allá en el 2015.

    Después de recibir la llamada de la embajada argentina, sobre que cancillería me estaba buscando, entré en pánico.

    A tal punto que hice algo que no había hecho nunca en mi vida. Llamé a mi pareja y llorando le dije: ”Me encontraron, me encontraron. Por favor ven a casa”.

    No soy ese tipo de persona. No ando llamando a la gente pidiéndole que me vengan a rescatar, pero ese día me dio un ataque de pánico tan fuerte que pedí ayuda.

    Esta reacción en realidad tenía que ver con algo que pasó unos meses antes, cuando casi al finalizar mi viaje anual a Buenos Aires, decidí ir a Abuelas de Plaza de Mayo para hacerles las últimas preguntas sobre qué pasaría si de hecho yo dejase el ADN y se encontrase una familia.

    Yo entiendo que para la mayoría de la gente, viéndolo desde afuera, parecería bastante irrelevante. Es decir, al lado de resolver un crimen de lesa humanidad y recuperar mi identidad biológica cualquier cosa parece irrelevante.

    Pero para nosotros, que estamos de este lado, no lo es. Así que en mi opinión, todo aquel que tenga algo que decir al respecto, si no se encuentra en la misma situación en la que nos encontramos nosotros que tenemos que afrontar tal decisión, que se llame al silencio.

    Para mi al menos, era algo en lo que pensé durante 13 años, antes de poder tomar el gran paso. Y de hecho me había decidido que lo iba a hacer. En ese mismo viaje, me senté por primera vez con mi papá y le informé que ya era hora. Que las abuelas estaban grandes y que ya no podía esperar más. Él, para mi sorpresa, me contestó “ que me parece muy bien” y que “si alguna vez hubiese sospechado que vos venías de una de esas familias, nunca lo hubiese aceptado”. Mi papá me dio permiso. Esto también estaba sucediendo porque dos años antes, mi mamá antes de entrar en ese coma inducido por la morfina cuando ya el cáncer avanzó y no hay vuelta atrás, le confesó a mi tía que “ espero que Natalie encuentre a su madre biológica”.

    Todos sospechábamos que yo era hija de desaparecidos.

    Según lo que yo había entendido hasta el momento es que dos cosas sucederían si mi ADN coincidía con algún ADN del banco genético de Abuelas:

    1. Por ley, se cambiaría mi identidad y pasaría a tener el apellido de mi familia biológica

    2. Se iniciaría un proceso legal y una investigación para determinar si mi papá tuvo algo que ver con el robo de bebés sistemático de la dictadura militar.

    Esto para mi significaba sobre todo dos cosas: Mi pasaporte alemán pasaría a no ser válido (lo cuál es realmente molesto si una vive en un país europeo desde hace 13 años, ya que como todos sabemos, no es fácil conseguir una visa como argentina para quedarse en Europa) y segundo y aún más importante, talvéz lo más importante, mi papá la iba a pasar muy mal.

    No fue una decisión fácil, pero ya la había tomado. Así es que me presenté en Abuelas en marzo del 2015 a hacer las últimas preguntas para después volver a Suecia y dejar el ADN ahí, en la embajada argentina. Con la mala suerte que me atendió un sujeto nefasto que durante una hora me trató de convencer de dejar el ADN ahi en ese momento y finalmente, cuando vio que yo no daba brazo a torcer, me amenazó con que me iban a obligar.a dejarlo. Un psicópata en el lugar donde supuestamente estaban trabajando para reparar los daños de las psicosis de la junta militar del ´76. Si estos son los buenos y me tratan así, imagínense los malos. “Argentina realmente es el reino del revés” pensé y juré nunca jamás acercarme a Abuelas.

    La peor parte, como siempre, fue que nadie me creía. Cómo podía ser que en Abuelas hubiera alguien así trabajando? No habrá tenido que ver con mi actitud? No lo abre imaginado? Yo que soy tan sensible? Y al fin y al cabo, si yo igual pensaba dejar el ADN, no me daba lo mismo dejarlo ahí mismo?

    No, no me daba lo mismo. Dejar el ADN como decisión propia, dentro de un contexto donde lo estoy dejando porque soy parte de un hecho histórico donde yo no tuve poder en absoluto y fui víctima junto a mi madre de la decisión de un grupo de personas, y después fui a parar a una familia que nada tenía que ver conmigo, no me da lo mismo. Estaba entregando la identidad que se construyó durante 38 años y el amor de mi papá a cambio de la verdad. Si ese es el precio a pagar que al menos que sea una decisión propia.

     Me volví a Suecia y cerré esa puerta. Pero me encontraron. Así que me presenté a la embajada y hablé con el juez que estaba a cargo de mi causa. Básicamente me dijo que querían mi ADN, que el caso se había judicializado y que si no lo dejaba voluntariamente, iban a tener que allanar mi casa.

    Le dije que me diera un mes para pensarlo.

    Un mes necesitaba, porque viajaba a Argentina para el cumple 75 de mi papá. Necesitaba entrar y salir del país sin que me molestaran. Me dijo que sí.

    Pero a la semana me llamaron de la embajada diciendo que ya tenían los papeles y que me acercara a dejar el ADN.

    Me dijeron que el juez les había dicho que accedí.

    Ahí fue cuando me cansé. Y entendí que si no hay una cámara para filmar todo, nadie me creería. También entendí que en esta época donde todo está en las redes sociales, la gente tiende a comportarse cuando está en frente de una cámara.

    Así fue que contacté a Simon, un amigo de mi pareja. Simón estaba estudiando guión en ese momento, y ya filmando documentales. Le pareció muy interesante mi historia así que me preguntó si podía hacer un documental de mi búsqueda. Le dije que sí. Mientras que filme todos estos procedimientos y hacía me podía proteger al menos un poco de todos los abusos. De ser así, accedía a ser parte de su documental.

    Así fue que Simon y yo empezamos a filmar. Porque sin testigos, no hay verdad.


    9 min

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Hola, me llamo Natalie y hoy estoy acá contándoles la historia sobre la búsqueda de mi identidad. Cuando la gente que me rodea, cercana o lejana se entera de que soy adoptada y del documental que se…