Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Les jeux sont faits (Olga Orozco, en voces de Estela Pastore y Carmen Cornejo)

    ¡Tanto esplendor en este día!

    ¡Tanto esplendor inútil, vacío, traicionado!
    ¿Y quién te dijo acaso que vendrían por ti días dorados
                                                (en años venideros?
    Días que dicen sí, como luces que zumban, como lluvias sagradas.
    ¿Acaso bajó el ángel a prometerte un venturoso exilio?
    Tal vez hasta pensaste que las aguas lavaban los guijarros
    para que murmuraran tu nombre por las playas,
    que a tu paso florecerían porque sí las retamas
    y las frases ardientes velarían insomnes en tu honor.
    Nada me trae el día.
    No hay nada que me aguarde más allá del final de la alameda.
    El tiempo se hizo muro y no puedo volver.
    Aunque ahora supiera dónde perdí las llaves y confundí las puertas
    o si fue solamente que me distrajo el vuelo de algún pájaro,
    por un instante, apenas, y tal vez ni siquiera,
    no puedo reclamar entre los muertos.
    Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de la memoria de otra boca;
    se alojó en nuestro abrazo la ceniza, se nos precipitó la lejanía,
    y soy como la sobreviviente pompeyana
    separada por siglos del amante sepultado en la piedra.
    Y de pronto este día que fulgura
    como un negro telón partido por un tajo, desde ayer, desde nunca.
    ¡Tanto esplendor y tanto desamparo!
    Sé que la luz delata los territorios de la sombra y vigila en suspenso,
    y que la oscuridad exalta el fuego y se arrodilla en los rincones.
    Pero, ¿cuál de las dos labra el legítimo derecho de la trama?
    Ah, no se trata de triunfo, de aceptación ni de sometimiento.
    Yo me pregunto, entonces:
    más tarde o más temprano, mirado desde arriba,
    ¿cuál es en el recuento final, el verdadero, intocable destino?
    ¿El que quise y no fue?, ¿el que no quise y fue?

    Madre, madre,
    vuelve a erigir la casa y bordemos la historia.
    Vuelve a contar mi vida.

    7 min
  • Para hacer un talismán (Olga Orozco, en la voz de Stella Onetto)

    Se necesita sólo tu corazón

    hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
    Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
    Nada más que un indefenso corazón enamorado.
                                                                   Déjalo a la intemperie,
    donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
    donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
    sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
    donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
    Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
    Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
    y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
    Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
    que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
    que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
    Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
    antes que se convierta en momia deslumbrante,
    abre de par en par y una por una todas sus heridas:
    que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
    que plaña su delirio en el desierto,
    hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
    un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

    Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
    he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
    Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
    Pero vela con él.
    Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
    ¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

    3 min
  • Cantos a Berenice, VII (Olga Orozco, en la voz de Melina Wajsbort)

    Aún conservas intacta, memoriosa,

    La marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:
    tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,
    la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron

    [tu linaje sagrado
    y que llevas, sin duda, de peregrinación en peregrinación.
    ¿Para quién la consigna?
    ¿Qué te dejaste aquí? ¿qué posesiones?
    ¿O qué error milenario volviste a corregir?
    Ahora llegas caminando hacia atrás como aquellos que vieron.
    Llegas retrocediendo hacia las puertas que se alejan con alas vagabundas.
    Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte
    o te espante este calco vacío de otra mano que creíste encontrar.
    Vuelcas el plato y permaneces muda como aquellos que vuelven,
    como aquellos que saben que la vida es ausencia amordazada,
    y el silencio,
    una boca cosida que simula el olvido.

    2 min
  • Ésa es tu pena (Olga Orozco, en la voz de Rocío Carrica)

    Ésa es tu pena. Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras

    y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no
    vuelven.
    Colócala a la altura de tus ojos
    y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
    o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
    o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
    Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
    Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
    un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del
    reverso del cielo.
    Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
    y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
    No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
    sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de
    olvido.
    Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
    No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
    aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
    No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre, no la gastes con nadie.
    Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
    sepúltala en tu pecho hasta el final,
    hasta la empuñadura.

    2 min

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