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“Ellos mismos cuentan de nosotros cómo nos recibisteis y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:9, 10).
El propósito de la vida es servir a Dios y esperar el regreso de Cristo. El apóstol pone un énfasis constante en el magno segundo advenimiento de nuestro Señor. Esa espera no es ociosa. Es una espera combinada con la acción. Por eso, el apóstol presenta a Cristo como el Hijo de Dios y su resurrección es una prueba de ello.
Aldo cuenta que el viento helado golpeaba su rostro. El 8 de febrero de 2005 quedó solo en Plaza de Mulas, el campamento base de Aconcagua, la montaña más alta de América. Su compañero de expedición tuvo que regresar a casa por una molesta lesión en su rodilla. En esos momentos, vino a su mente una vieja receta que usaba desde los doce años, superexitosa, la que siempre lo ayudaba: orar buscando la ayuda de Dios.
En su mochila estaba la sección de la Biblia con los Salmos, Proverbios y Eclesiastés. Sentado en la roca, comenzó a leer, renovando fuerzas para retomar la expedición: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y porque te turbas? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal. 42:11).
Los que estaban a su alrededor eran extraños. Nadie sube con desconocidos. Tres escaladores decidieron seguir juntos y ayudarse mutuamente. Aldo subió solo. Esto era muy peligroso, no solo por los accidentes, sino también por la salud. Tanto el edema de cerebro, como el de pulmón, pueden provocar la muerte si no son tratados inmediatamente. Finalmente, Aldo llegó a la cumbre. ¡Se terminaron las piedras y el piso se hizo plano! Alguien lo abrazó y le dijo: “¡Llegaste! ¡Y llegaste solo!”
Aldo solía contar que subió el Aconcagua solo, pero que, en realidad, él está seguro de que no lo estaba. Sabe que Dios lo acompañó en cada paso, cuidó su camino, lo guio a la cumbre y lo trajo sano de regreso a casa.
Nosotros también estamos escalando los últimos tramos de la escarpada historia de este mundo. Tenemos que hacer cumbre en el Monte Sion. No estamos solos. No podemos quedarnos en la base del campamento. Tenemos que invitar a otros e ir juntos; esperamos su venida, marchando de manera constante.
“Su don nunca podrá ser sobrepasado [...]. El Calvario representa su obra cumbre” (Elena de White, Nuestra elevada vocación, p. 15). En la cumbre del Calvario, Jesús hizo su obra cumbre, para que pronto hagamos cumbre en su Reino y para siempre.
“Vosotros vinisteis a ser imitadores nuestros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con el gozo que da el Espíritu Santo” (1 Tesalonicenses 1:6).
Los tesalonicenses recibieron de buena voluntad el mensaje de salvación, le dieron la bienvenida y lo abrazaron con todas sus fuerzas. Ellos se habían hecho cristianos en medio de una gran oposición. Aceptar la fe era comprometerse con Cristo, con valor y sacrificio. El precio por pagar era muy alto; muchas veces, la vida misma. Pero, esa gran tribulación era ampliamente superada por el gozo de la entrega. La persecución era una bendición, ya que refinaba y fortalecía los vínculos de comunión con el Señor y entre los hermanos.
En nuestros días tampoco es fácil ser un cristiano cabal. Vivimos y convivimos en una sociedad de pecado, egoísmo y maldad, que suele traernos tribulaciones. Las preguntas más comunes que nos hacemos son: “¿Por qué Dios permitió que me pasara esto?” o “¿Por qué a los buenos les pasan cosas malas?”
El reino mineral tiene muchos misterios. Uno de ellos es la comparación de dos rocas que están compuestas únicamente por carbono y, sin embargo, son totalmente distintas en apariencia y dureza.
El grafito está clasificado con una dureza, en la Escala de Mohs, de entre 1 y 2, y es uno de los minerales más blandos. Por su parte, el diamante está clasificado con dureza 10, la más alta que existe en la naturaleza. Pero, ambos son solamente carbono. ¿Qué los hace diferentes?
El grafito es blando, quebradizo, gris y semiopaco. Es muy útil, lo usamos para nuestros lápices; sin embargo, debe mezclarse con arcilla para que pueda utilizarse como mina de un lápiz. Se formó a temperaturas no muy elevadas y con baja presión, lo que hace que los lazos entre los átomos de carbono sean débiles.
El diamante es la roca más preciada, tiene el brillo más hermoso y ningún otro mineral pueda rayarla. No nació en un lecho de rosas, se formó en las profundidades de la tierra, a altísimas temperaturas y bajo una gran presión. Esto hace que sus átomos de carbono se entrelacen de forma tal que le dan esa dureza, brillo y transparencia.
Nosotros somos aquel carbono derivado en un gris opaco y quebradizo grafito. Pero, la gracia de Dios y las tribulaciones que enfrentamos por causa de nuestra fe transforman nuestro carbono en diamante. Así, somos hechos fuertes, resistentes y agradables.
El Señor nos representa en el cielo para que nosotros seamos sus fieles y gozosos representantes suyos en la Tierra.
“Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 1:1).
Tesalónica fue la capital de Macedonia. Estaba situada en la península del golfo de Salónica. La vía Egnacia, que unía el Oriente y Roma, pasaba por Tesalónica. La ubicación favorable y el excelente puerto la convirtieron en un centro comercial y turístico de gran importancia. Por esa razón, tenía gran concentración de judíos y una sinagoga.
En el capítulo 1, Pablo demuestra preocupación por los tesalonicenses por medio de acción de gracias y oración, y manifiesta certeza acerca de la sinceridad de fe y conversión de los creyentes tesalonicenses.
Pablo menciona a Silvano, que es el mismo Silas, su compañero de misión y prisión; y a Timoteo, que era un amigo y joven evangelista.
El apóstol es cariñoso con los hermanos, y destaca su fe activa, su dedicación y firmeza en la esperanza en Cristo. Un aspecto importante es que los tesalonicenses se han vuelto imitadores de Pablo, hasta el punto de recibir la Palabra con buena disposición, incluso ante sufrimientos. Y, a causa de esta postura confiada y alegre, los tesalonicenses se convirtieron en ejemplos con referencia a la firmeza con que aceptaron el cristianismo y al celo con el que recibían las enseñanzas.
Así, se constituyeron en ejemplo para los demás después de la conversión, lo que destaca la alta calidad de su testimonio cristiano. Ellos abandonaron una vida de idolatría, y se convirtieron a Dios de verdad, poniendo toda su esperanza en Cristo.
La verdadera conversión es aquella que nos lleva a abandonar todo mal camino, toda enseñanza equivocada, y nos conduce hacia una vida de convicción centralizada en la Palabra de Dios. Los cristianos convertidos son tan impactantes que su buen ejemplo influye en otras personas.
Puede ocurrir que algunos no puedan indicar el momento y el lugar exactos de su conversión, ni explicar las circunstancias por la que fueron llevados a ese momento, pero su testimonio se verá claramente.
“Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y las ocupaciones. El contraste entre lo que eran antes y lo que son ahora será muy claro e inequívoco. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecuten, sino por la tendencia de las palabras y de los actos habituales en la vida diaria” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 57).
Por eso, hoy, “antes de que se ponga el sol, piensa en un acto que lleve a la conversión de otra persona y ejecútalo con todas tus fuerzas” (Spurgeon).
“Esta salutación es de mi propia mano, de Pablo. Acordaos de mis prisiones. La gracia sea con vosotros. Amén” (Colosenses 4:18).
Desde el versículo 7 hasta el 18 de Coloseses 4, el apóstol menciona a diez personas de su equipo:
1-Tíquico: Lo trata de consiervo y lo pone en su mismo nivel. Era el portador de la carta y de un mensaje personal del apóstol.
2-Onésimo: Era un esclavo fugitivo de Colosas, convertido en Roma, pero Pablo lo considera amado y fiel hermano.
3-Aristarco: Siempre al lado de Pablo en sus momentos más difíciles. Colaborador y esclavo por voluntad propia.
4-Marcos: Fue secretario de Pablo y Bernabé en el primer viaje misionero, pero los abandonó a mitad de camino, cuando más lo necesitaban. Pablo lo perdonó, lo incluyó nuevamente en la misión y lo recomendó. Pablo hizo con Marcos lo mismo que Dios hace con nosotros.
5-Jesús, llamado Justo: Es la única mención de él en la Biblia. ¿Qué dirían de nosotros si nos tienen que resumir en tres palabras?
6-Epafras: Era uno que nunca se olvidó de los Colosenses. Era el dirigente de un distrito, que oraba y trabajaba por las iglesias.
7-Lucas: Era el médico amado, el autor del Evangelio que lleva su nombre y del libro de Hechos. Había dejado su carrera lucrativa para asistir, consolar, cuidar y fortalecer a Pablo con el fin de que pudiera cumplir la misión.
8-Demas: Era un hermano que no permaneció fiel, abandonó al apóstol y al Señor por amar al mundo.
9-Ninfas: Una hermana fiel, dedicada y misionera, se ofreció a si misma a la causa del evangelio; ella y sus recursos. En su casa se plantó la pequeña iglesia de Laodicea.
10-Arquipo: Filemón y Ninfas habían abierto sus casas para establecer la iglesia, y Arquipo era conductor de la iglesia que funcionaba en la casa de Filemón. En sus comienzos, el hogar y la iglesia eran la misma cosa y debería seguir siendo así. La familia es la primera iglesia.
Como vemos, Pablo tenía un equipo de diferentes personas. Había allí desde un fugitivo esclavo hasta un médico escritor. Un lugar para cada uno y cada uno en su lugar.
Como gran discipulador, Pablo integró y formó a todos para la misión con la visión de un profeta, la mente de un erudito, el corazón de un evangelista, la disciplina de un soldado, la fidelidad de un amigo y el amor de un padre.
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6).
Más allá de que el abuso del consumo de sal puede resultar perjudicial para la salud, no podemos negar sus beneficios. La sal marina tiene numerosas virtudes para nuestra salud ya que aporta minerales, suministra el magnesio necesario, regula los niveles de azúcar en sangre y fija el agua a nuestro organismo.
El cloruro de sodio es fundamental para producir algunos ácidos que nos permiten digerir proteínas y enzimas, regula el funcionamiento equilibrado del cerebro, aumenta y mejora el sistema inmunológico y, por tanto, la resistencia frente a infecciones. Los baños en agua con sal marina mejoran la circulación, favorecen la curación de enfermedades cutáneas e hidratan la piel.
¿Por qué Pablo dijo que nuestras palabras tienen que tener gracia, ser sazonadas y convenientes? Está claro que hay formas y formas de decir las cosas, que podemos invalidar o convalidar un contenido veraz por la forma en que lo expresamos.
Por otro lado, el mismo Jesús nos mostró que la sal (que da sabor agradable a los alimentos) es el símbolo de los hijos de Dios, cuya vida y testimonio deben ser llenos de sabor y atractivo. El creyente es la sal de la Tierra. No hay nada más llano, insípido y mortífero que los cristianos sin influencia, cuya vida es sin relieve y llena de palabras vacías de sentido.
Así como la sal detiene la corrupción y al mismo tiempo produce necesidad de agua, el creyente es un freno a la corrupción y produce sed, lo que lleva a las personas a recurrir a Jesús, la Fuente de agua viva.
Pablo animó a que la forma de hablar de los cristianos fuera “sazonada con sal”, metáfora que significaba una actitud saludable y atrayente. Cuando el cristiano abre la boca, deben fluir palabras agradables, provechosas y edificantes. Tal fue la importancia de la sal que durante muchos siglos llegó a servir como moneda de cambio.
Elena de White nos deja este desafío: “Al pronunciar palabras vacías y necias, alentamos a otros para permitirse la misma clase de conversación [...]. Nuestros labios deberían pronunciar únicamente palabras puras y sanas. Nadie puede imaginar cuánto pecado proviene de las palabras descuidadas, necias y sin sentido [...]. Cada palabra que habláis es una semilla que germinará y producirá frutos buenos o malos de acuerdo con su carácter” (La fe por la cual vivo, p. 238).
Solo de una vida sazonada por la permanente presencia de Cristo pueden salir consejos y palabras sazonadas.
“Andad sabiamente para con los de afuera, aprovechando bien el tiempo” (Colosenses 4:5).
En 1987, la empresa American Airlines tomó una medida particular: puso una aceituna menos en las ensaladas que servía a bordo en cada uno de sus vuelos. Con eso, logró un ahorro de cuarenta mil dólares anuales.
En todos los ámbitos de la vida, se crea, se busca y se aprovecha cada oportunidad para sacar partido y hacer más sustentable el negocio. Entonces, cuánto más relevante es hacerlo en los planos misioneros, donde en juego están ambas vidas, tanto de quien necesita recibir como de aquel que tiene que compartir.
El término “aprovechar” viene del campo de la administración y las finanzas. Significa “utilizar, usufructuar, aplicar, dedicar, lograr, conseguir, producir, fructificar, redituar y beneficiar”.
Estos significados han dado lugar a expresiones tales como “llevar agua para su molino”. Estos artefactos sirven para moler granos, y pueden ser movidos gracias a la acción del agua, entre otros factores. Ese tipo de molino precisa que se oriente un curso de agua hacia él para lograr que funcione.
Por su parte, cuando una persona realiza un buen negocio, se dice que “ha hecho su agosto”. El origen de esta popular expresión es muy antiguo y surgió con toda seguridad en el medio rural. Parece ser que el dicho “hacer el agosto” alude a la recolección de cereales, aceitunas, uvas y otros frutos del campo durante la época más fructífera y, por extensión, a los beneficios que se obtienen de la venta de una buena cosecha.
Para Pablo, andar sabiamente significa vivir de tal manera que nada dificulte la proclamación del evangelio. Para él, aprovechar bien el tiempo es aprovechar las oportunidades para predicar.
Elena de White dice que tenemos que estar atentos a las oportunidades de presentar el mensaje para este tiempo, y enfatiza: “Sean rápidos en aprovechar las circunstancias para hablar a la gente. Acompañados del poder del Espíritu Santo, presenten al público el mensaje de Juan el Bautista: ‘Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado’. La palabra de Dios ha de ser presentada con claridad y poder, con el fin de que los que tengan oídos para oír puedan escuchar la verdad. Así, el evangelio de la verdad presente será colocado en el camino de los que no lo conocen, y será aceptado por no pocos, y llevado por ellos a sus propios hogares en todas partes de la Tierra” (El colportor evangélico, p. 42).
¡Aprovechemos este tiempo de oportunidades para hacer lo que tenemos que hacer!
“Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Colosenses 4:2).
El Pr. Walter Weiss fue quien me llamó al ministerio cuando terminé la carrera de Teología; fue mi primer presidente, y guardaré siempre una inmensa gratitud y compromiso con él. No solo por el llamado sino por inspirarnos a un fiel y abnegado ministerio. Fue él quien escribió la historia de los orígenes del Instituto Adventista Balcarce, en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, Argentina. En su libro Un gran desafío hecho realidad, cuenta los años de esfuerzos, luchas y perseverancia en oración.
Después de una búsqueda minuciosa y oración ferviente, se dio con lo que parecía ser la mejor opción. Para eso, había que entrevistar al ingeniero agrónomo Carlos Alberto Del Tortto. El cartel de entrada a la estancia decía “Piedra alta”.
El ingeniero quedó sorprendido por la idea de establecer un colegio adventista con internado. Él escuchó la palabra “adventista” por primera vez en su vida. Al final, tasó la propiedad en trescientos cincuenta mil dólares. Al otro día tenía que viajar a las islas del Pacifico Sur, así que pactaron la operación de venta para dentro de tres semanas.
Esos días fueron de intensa oración. Al reencontrarse, el dueño del terreno relató con asombro que en su viaje a las islas del Pacífico había conocido el Colegio Adventista del Fulton, en las islas Fiyi, y que vio allí a un coro, una orquesta y una banda de estudiantes interpretar muy buena música. Por esto, ofreció un descuento de cincuenta mil dólares.
La propiedad fue comprada, y se construyó allí el Instituto Adventista Balcarce, un colegio que sigue formando jóvenes para cumplir la misión. El pastor Heriberto Müller fue nombrado promotor y director del proyecto. Y fue este amigo, que hoy descansa en las promesas del Señor, quien perseverando en la oración, brindando un fiel y abnegado servicio y amando a la juventud, llegó a ser el primer director de la institución.
Pablo dice que debemos velar en oración. Es decir, persistir, continuar firmemente, atender continuamente y perseverar.
Elena de White nos dice que en algunos casos las respuestas a nuestras oraciones vienen de inmediato. Pero otras veces tenemos que esperar pacientemente y continuar rogando por las cosas que necesitamos. “Debemos perseverar en nuestras peticiones, aunque no obtengamos respuesta inmediata a nuestras oraciones” (Consejos sobre la salud, p. 377).
Dios quiere elevarnos y llevarnos a una “piedra alta”, porque el propósito de la oración perseverante no es que la voluntad del hombre se haga en el cielo, sino que la voluntad de Dios se haga en la Tierra.
“Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros esclavos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos” (Colosenses 4:1).
En el capítulo 3 de Colosenses, Pablo tenía un consejo para los siervos, pero en el capítulo 4 hay un consejo para los amos: Traten a sus siervos con justicia, con igualdad. Y sepan que darán cuenta a Dios.
Pablo también dice que debemos orar, manifestar acción de gracias y ser sabios en el modo de actuar con quien no conoce a Dios. Una manera de influir en las personas es usar bien las palabras, de tal forma que sean agradables.
Pablo termina la carta enviando saludos y recomendando a muchas personas. Esto muestra que el gran teólogo y pastor era una persona que valoraba las relaciones, que dependía de las personas y que daba valor a todos individualmente, nombre por nombre.
Pablo sabía que todo buen trabajo nunca se hace solo. Todo trabajo exitoso depende de la participación de personas. Por eso, necesitamos aprender a valorar, respetar y promover a las personas. Al final, el Reino de Dios será formado por gente, y por eso necesitamos construir buenas relaciones.
Tenemos dos maneras de mirar la vida: antropocéntricamente (colocando al hombre en el centro) o cristocéntricamente (colocando a Cristo en el centro). Un enfoque es material, egocéntrico y temporal; el otro es espiritual, altruista y con destino eterno.
Las últimas palabras registradas por el gran comentarista de la Biblia Matthew Henry, ya en su lecho de despedida, fueron las siguientes: “Una vida consumida en la comunión con Dios y consumada en el servicio al Señor es la vida más feliz y mejor vivida”. Esta experiencia fue también la de Pablo y debe ser la de cada uno de nosotros.
La plenitud del Espíritu y la plenitud de la Palabra son indispensables. Si todos somos controlados por el Espíritu de Dios y la Palabra de Dios, no habrá dificultad en llevarse bien con los demás.
“El hombre necesita un poder exterior a sí mismo para ser restaurado a la semejanza de Dios y ser habilitado para hacer la obra de Dios; pero esto no hace que no sea esencial el agente humano. La humanidad hace suyo el poder divino. Cristo mora en el corazón por la fe; y mediante la cooperación con lo divino el poder del hombre se hace eficiente para el bien” (Elena de White, El colportor evangélico, p. 107).
¡Vamos a consumirnos y consumarnos en la comunión y en la misión del Señor!
“La palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros” (Colosenses 3:16).
De pronto, oficiales del Ministerio de Salud me estaban buscando. Algo había sucedido en mi último vuelo, y era indispensable que entrara en contacto. Pocos días antes, había volado entre dos capitales de Sudamérica. En tal vuelo había una persona infectada de sarampión y necesitaban cumplir un protocolo de advertencia.
Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), el sarampión es una infección causada por un virus. En una época fue una enfermedad muy frecuente. Aunque las tasas de mortalidad se han reducido en todo el mundo, la enfermedad aún se cobra cien mil vidas cada año, la mayoría menores de cinco años. Por eso, el CDC recomienda que todos reciban la vacuna, pues es la única forma de prevención.
El término “vacuna” fue propuesto por Luis Pasteur en 1881, en homenaje a Edward Jenner. Él, en 1796, inventó la vacuna contra la viruela, una enfermedad erradicada en la actualidad. Jenner observó que las ordeñadoras de vacas afectadas de viruela vacuna no se contagiaban de la viruela humana.
De esta manera, inoculó una leve dosis de una lesión de una ordeñadora a un niño sano de ocho años. En un primer momento, el niño desarrolló la enfermedad de forma leve. Al ser infectado por la viruela humana más tarde, no desarrolló ningún síntoma. La inmunización se había producido.
Pablo dice que la Palabra de Dios debe habitar abundantemente en nosotros. Los judíos tenían unas diez mil palabras en su vocabulario. Para ellos, la palabra era algo más que un sonido. Era algo vivo. Era una unidad de energía cargada de poder. Así lo registra el salmista: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca [...] porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Sal. 33:6, 9).
Los griegos tenían unas doscientas mil palabras. Para ellos, la palabra era el logos; es decir, la razón, la sabiduría, el orden, la perfección y el poder. La Palabra ya existía, no fue creada. Era Dios, estaba con Dios y todo fue creado por él.
Somos infectados por el sarampión del pecado e inmunizados, no por dosis pequeñas de pecado, sino por dosis abundantes de la única fuente de prevención.
Para estar inmunes, se recomienda una dosis diaria, en ayunas, de la abundante y poderosa Palabra del Señor.
“Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros” (Colosenses 3:14, 15).
El amor es la gracia que corona todo, es una rica vestidura que cubre y da brillo y valor a todas las demás virtudes. Para los hebreos, es un ligamento, o vínculo, que indica algo que une, liga y cohesiona.
“Sin el cinturón del amor, todas las demás virtudes son inútiles; es decir, penden del cuerpo, peligrosamente aflojadas, a punto de caerse”, dijo E. F. Scott. “El amor es el poder motivador de la fe, es la suprema gracia cristiana; por eso, el amor no le hace al prójimo sino solo aquello que es bueno”, sostuvo F. F. Bruce. Es este amor lo que une, liga, realza, valoriza todas las virtudes en una sola persona; el mismo amor que nos liga con las otras personas, en un mismo cuerpo de creyentes.
En las cartas de Filipenses y Corintios, Pablo se refiere a la paz como un custodio, una protección. Cuando el amor y la amargura contienden por la supremacía, la paz es el árbitro para definir la lucha y resolver la contienda; tanto en los conflictos interiores como en los exteriores, o en el individuo consigo mismo o en su relación con los demás.
Estar en paz con uno mismo es el fruto de la relación de comunión con Dios, de vivir en Dios y con Dios. Estar en paz con los demás es el fruto de la relación horizontal. Gobernados por la paz, para vivir y convivir.
Como cristianos, vivimos en paz y agradecidos. Filón de Alejandría, el filósofo judío contemporáneo de Jesús y los apóstoles, escribiendo acerca de los primeros cristianos, dice que a menudo pasaban toda la noche cantando himnos y salmos de gratitud. Plinio el joven, escritor romano del siglo I d.C., al enviar un informe de los primeros cristianos al emperador Trajano, le escribió: “Se reúnen al alba para cantar himnos a Cristo como Dios”. ¡Qué bueno que nos conozcan e identifiquen como personas agradecidas! La gratitud nace en el reconocimiento de quién soy yo y quién es el otro.
Elena de White nos dice: “Comience por agradecer al Señor por su hogar, por el agradable ambiente que la rodea y por las muchas bendiciones temporales que le concede. Al corresponder con gratitud al Señor por su bondad, puede hacer algo por aquel que lo hizo todo por usted. Considere la profundidad de la compasión que el Salvador manifestó hacia usted. Por usted dio su vida y sufrió cruel muerte de cruz. ¿No puede alabar a Dios por esto?” (Cada día con Dios, p. 43).
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