Buenos Aires deja poso. No como otros lugares, porque Buenos Aires es nostálgica, es un poema con melodía de Gardel. Es la ilusión de lo que un día fue con aroma de café, a media luz y conversaciones sin fin.
Durante muchos años soñé con conocer esa ciudad de la que tanto oí hablar desde muy pequeña. Cuántos familiares se marcharon en época de hambruna a “hacer las Américas”. Mi madre aún recuerda que ahí siguen sus primas mientras otros regresaron a su lugar de origen.
Cuántas veces he paseado por las calles de mi ciudad admirando los maravillosos edificios modernistas cuyos gastos sufragaron los que ganaron su fortuna trabajando en tierras tan lejanas. Cuántos quisieron demostrar que su aventura había valido la pena invirtiendo sus ganancias en los pueblos que los vieron nacer. Cuántos se fueron para no regresar y cuántos se marcharon sin que nadie nunca supiera más de ellos.
Y Buenos Aires no defrauda con su mezcla de gran capital europea en el continente americano. Esperaba reconocer en sus calles un Madrid a lo grande y me encuentro la mezcla de cafés notables con la monumentalidad de París, con sus grandes avenidas y el imponente Teatro Colón.
En Buenos Aires se va al teatro un domingo por la tarde. Se da una propina al acomodador y se sale a cenar aunque al día siguiente haya que ir a trabajar. No importa que las salas huelan a naftalina o que el terciopelo de las butacas siga raído porque no se han rehabilitado desde su estreno.
“Mientras volvía a mi casa profundamente deprimido, trataba de pensar con claridad. Mi cerebro es un hervidero, pero cuando me pongo nervi