¡No quiero irme de México lindo! Repito una y otra vez después de nueve maravillosos días en el país que lo tiene todo. Mi marido me mira sonriendo mientras me increpa que digo lo mismo cada vez que regresamos de un viaje. Que me enamoro de todos los lugares que visitamos o de los países en los que hemos vivido. Me recuerda que incluso echo de menos Qatar. Se ríe.
No puedo pegar ojo, ya en mi cama, en la República Dominicana donde sé que me va a costar readaptarme otra vez. Esta vez es diferente, le digo, porque ya hemos vivido en México, no ha sido descubrir un lugar exótico, nuevo, diferente. De hecho hemos continuado nuestra ruta maya que iniciamos tres años atrás en la península de Yucatán.
No puedo dejar de sentirme triste esta mañana, extraña en una casa que hace dos semanas llamaba “mi hogar”. Ni siquiera me apetece dar esos largos paseos por la playa que prometí recorrer todos los días por todos aquellos en los que no tuve la oportunidad y por los días futuros que no tenga la fortuna de vivir tan cerca del mar.