Palabra de Expat
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Palabra de Expat episodes

  • Mis queridos dominicanos
    He decidido que voy a regalar ejemplares de Queridos mallorquines a mis amigas dominicanas. Este libro empieza así: «Llevo muchos años viviendo en Mallorca y he de reconocer que todavía me cuesta entender algunas de las reacciones de sus habitantes.» Y es que algo así siento yo después de tres años viviendo en la República […]
    13 min
  • Dominicana deja poso
    Habla James Rodhes que en 18 meses que lleva viviendo en España ha experimentado por primera vez en su vida la sensación agradable de pertenecer a una comunidad (Artículo Rhodes). Y es que como seres sociales que somos necesitamos sentir que pertenecemos a un grupo. Ya desde pequeños, en la escuela, sentimos la necesidad de […]
    6 min
  • Entrevista a Leonel, un cubano es candela
    Vivir en diferentes países y viajar te abre la visión del mundo y también la mente. Leonel dice haber madurado mucho en estos ocho años porque se ha tenido que enfrentar a todo solo, ha tenido que crecer.
    Lo que antes le parecía que podía ser malo o bueno ahora ya no lo es tanto. Ni blanco ni negro, ha logrado ver los grises. Muchas veces las cosas malas que te pasan te hacen ser más fuerte y ver el mundo desde otra perspectiva. Todo forma parte de madurar.
    “Somos ciudadanos del mundo”, dice, no le preocupa el desarraigo. Su hija recién nacida tiene que aprender a bailar salsa, bachata y merengue. La madre de Leonel le enseñó a bailar y a marcar sus primeros pasos de salsa. Porque el baile es la mejor arma contra la timidez: “se ligaba más fácil cuando sabías bailar en las fiestecitas. Si sabes bailar es más fácil que te vean”.
    Tiene claro que hoy por hoy no volverá a Cuba porque hay muchas limitaciones a nivel laboral y cree que a Cuba le hace falta abrir un poco la mente: bajo la situación actual no regresaría. Todavía hay mucho por crecer profesionalmente fuera de Cuba, dice.
    “Muchos de los que estamos fuera, cuando cambie Cuba, podremos ejercer sin ser cuestionados en muchos sentidos. Hay mucha gente fuera, cubanos y cubanas que podrán aportar mucho. A largo plazo hay que ver cómo está el mundo”.
    El cubano es muy curioso, “nos gusta innovar, nos creemos que lo sabemos todo. Pero cuando te limitan la visión del mundo quieres salir adelante y el cubano es el vivo ejemplo de un pueblo que le gusta sobresalir”.
    ¡Quien no conoce Cuba no ha viajado!
    56 min
  • Desconectar para reconectar contigo misma
    Si eres de los que me sigues fielmente cada jueves, puede que te hayas preguntado si me he cansado de escribir, o de hacer entrevistas para mi canal de PodCast Palabra de Expat. Hace tiempo que no publico nada nuevo por aquí ¿acaso estoy pensando en abandonar definitivamente este blog que empecé hace cinco años? te preguntarás, ¿piensas que voy a abandonarte?
    Déjame que te cuente algo muy personal hoy. Porque es cierto, he tenido muchas ganas de abandonar este barco, me he sentido muy cansada últimamente. Este último año ha sido muy intenso a muy diferentes niveles, tanto a nivel personal como profesional. Algunos problemas de salud que han minado mi energía en algunos momentos, y el último esfuerzo para terminar los estudios han ocupado gran parte de mi tiempo. Proyectos nuevos que ilusionan, otros que se van cayendo por el camino, alegrías inesperadas y tropiezos también que te pillan con el pie cambiado.
    La verdad es que soy tan apasionada con todo lo que hago que todo lo vivo intensamente, por eso estas últimas semanas he necesitado parar y tomarme un respiro. No porque haya perdido la ilusión, sino porque siento que he perdido el foco, no sé si me explico. Se avecinan curvas y voy a tener que estar al cien por cien para disfrutar el camino que tengo por delante.
    Es mejor estar equivocado que ser impreciso (Freeman Dyson)
    No soy una persona que me bloquee fácilmente, pero me he dado cuenta de que cuando se pierde el foco sobre lo que de verdad importa una se siente perdida, como si estuviera vagando por la vida sin rumbo fijo. Y esa sensación a mí me mata.
    Es por eso que ha habido momentos en los que he querido tirarlo todo por la borda, cerrar todas mis redes sociales, dar por amortizado el blog y meterme debajo de las sábanas y olvidarme de que el mundo existe ahí fuera. Hasta que me di cuenta de que lo que necesitaba era tomarme un café conmigo misma, como me enseñó una buena amiga.
    Cómo seguir trabajando y cómo seguir creando si no eres capaz de ver todo lo que tienes delante. Por eso, antes de que te llegue el agua al cuello, lo mejor es pararse, o como dice el refrán popular “vísteme despacio, que tengo prisa”. Y eso he estado haciendo estas semanas. Bajar el ritmo y dedicarme ese tiempo que me faltaba para mí, sólo para mí y para todo aquello que me hace sentir bien. He soltado lastre de algunas cosas que me rondaban la cabeza y he dejado de lado todo aquello que ya no me ilusiona o que realmente no me importa.
    El bloqueo del flujo socava la capacidad para estar presente, fresco y creativo (David Allen)
    No me he estado dando permiso para reconocer que estaba entrando en una dinámica tóxica. Pero no por las personas que me rodean, sino por mi exigencia en querer hacerlo todo para ya y hacerlo bien. Me he agotado, y mi cuerpo me ha dado ya varios avisos.
    Así que me he dado permiso para no publicar nada nuevo (si es que en realidad no lo he hecho) en no preocuparme por no respetar los timings de me había propuesto, incluso darme permiso para aburrirme. Ha sido un tiempo para preguntarme cómo me siento y si hay algo que desee cambiar antes de dar otro paso más. Quizás el momento más gratificante de este parón para pensar fue hace unos días, sentada en la playa junto a mi marido, cerveza en mano antes de comer.
    Tuve una especie de revelación que me hizo sentir bien cuando la verbalicé. Supe reconocer que muchos de los proyectos que quiero llevar a cabo no van a materializarse, y tengo que aceptarlo. El precio de llevar una vida nómada dando vueltas por el mundo, tal y como siempre había soñado, tiene un precio: no te puedes comprometer a (casi)nada para siempre. He aprendido que tengo que aceptar que hay trenes que voy a tener que dejar pasar.
    Porque un día tomé la decisión de salir de mi zona de confort  y emprender esta loca aventura sin mirar atrás. Y las condiciones de este pacto incluyen renunciar a algunas cosas. No lo digo con resentimiento, todo lo contrario. Sie
    11 min
  • “Esto es lo que he estado haciendo, imbécil”
    Parece un título propio de Arturo Pérez-Reverte, pero soy yo (siempre quise escribir un título así de descarado). Si preguntara ¿alguien sabe a qué me he dedicado estos últimos cinco años de mi vida? La mayoría respondería: “A vivir del cuento en unas eternas vacaciones”. Los más honestos dirían que “ni idea”, y muy poquitos sabrían de qué les hablo. Claro que el mundo no gira en torno a mí, de ahí la paradoja de lo que hace tiempo me viene sucediendo. Porque juzgar a los demás es gratis (y el derecho al pataleo también).
    Hoy que escribo esta líneas, 19 de junio de 2019, he realizado mi último examen de los 31 que forman parte de mi expediente académico antes de graduarme como Humanista. Han sido cinco años de estudio constante desde que empecé, aquel septiembre del año 2014, a estudiar por el placer de aprender.
    Desde entonces, todo ese esfuerzo puede medirse en horas de lectura y de estudio, 154 trabajos entregados para demostrar la comprensión de las materias, 39 asignaturas evaluadas. Créditos que iban llenando el casillero, de cero hasta 228, una cifra a la que crees que nunca llegarás cuando empiezas.
    Pero más allá que a los 44 años que voy a cumplir vaya a graduarme, todo este proceso tiene una carga emocional muy fuerte. No es simplemente que haya disfrutado estudiando algo que he elegido por placer y curiosidad y que, además, me ha cambiado mi manera de ver y entender el mundo.
    Cerrar esta etapa universitaria es cerrar un círculo de mi vida en los últimos 5 años que trasciende a un plano vital. Es querer gritar al mundo, a ese mundo de la superficialidad y de la sin sustancia “esto es lo que he estado haciendo, imbécil”.
    Puede que te preguntes cómo una futura humanista en ciernes y Coach profesional se atreve a hablar así en público. Cuando uno quiere superar ciertos miedos, nunca hay que darles la espalda, sino enfrentarse a ellos, hablarles cara a cara.
    Si eres inteligente, es probable que sientas que todo te es indiferente (Marta Gárgoles)
    Necesitaba escribir este post como quienes estáis esperando que lleguen vuestras vacaciones de verano. Voy a dejarme de remilgos. Hoy no seré esa persona comedida, mediadora que busca el “peace and love”. Hoy quiero desahogarme y confesar que soy una persona rencorosa.
    El rencor me quita el sueño a veces. Es esa rabia ante el desconocimiento, el insulto gratuito, el juicio del desconocido, y el que más duele, el juicio de quien dice conocerte pero jamás te ha preguntado.
    En el fondo, este post es una confesión de mi propia debilidad: “los defectos que menos perdonamos en los demás son precisamente aquellos que tenemos nosotros”. Y es que ese rencor es en realidad hacia mí misma, por no acabar de creerme que he tomado siempre las mejores decisiones en cada momento, caiga quien caiga. Que a pesar de sentir que llevo una vida mejor de lo que jamás hubiera soñado, aún sigo justificándome porque un día dejé mi trabajo, mi casa, y busco excusas para pedir perdón por ser feliz, como si todo lo que tengo me hubiera caído del cielo.
    Sabes que hace
    seis años mi vida dio un vuelco. Mejor dicho, le di un vuelco a mi vida junto a
    mi marido. Ambos con 38 años decidimos mudarnos al extranjero. Desde entonces,
    yo no he vuelto a ser la que era. Mi decisión por volver a estudiar estuvo
    motivada por varios factores.
    Si quieres vivir feliz, no te importe que te crean tonto (Séneca)
    El primer factor fue darme un tiempo para aclarar mis ideas. No estaba dispuesta a tirar por la borda 20 años de experiencia laboral para ponerme a trabajar de cualquier cosa y a cualquier precio.
    El segundo motivo, fue cumplir ese deseo que me rondaba la cabeza hacía años de estudiar por placer. Y no nos vamos a engañar, a los 18 años y en la universidad, las hormonas mandan.
    Así que decidí,
    con el apoyo y casi por obstinación de mi marido, matricularme a distancia y
    así poder estudiar fuera cual fuera mi destino. Y lo que empezó como una
    15 min

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