Vivir en la República Dominicana despierta toda clase de envidias. Como si residir en este lugar paradisíaco fuera sinónimo de vivir en unas eternas vacaciones. Obviamente no es así, pero yo tampoco sabía lo que significaba antes de llegar aquí. No obstante, dos años después, sigo sin poder explicar qué tiene el Caribe para que me atrape y me enamore. Así que ante la posibilidad hipotética de que este sueño se acerque a su final, hago un repaso de las cosas que no quiero olvidar.
Cada vez que lo pienso, en un posible final, me encuentro haciendo listas mentales de todo lo que me quedaba por hacer en este país. La cantidad de cosas que voy a extrañar, la calidad de vida que me daba vivir en este lugar. Las playas, el sol, las palmeras, la gente, el clima. La belleza de una isla que no acabo de conocer. Ni de entender. No, espera, no podemos irnos todavía.