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La razón parece haberse apoderado de nuestras vidas. No la razón ilustrada de los primeros pensadores de la Modernidad, no la razón frente al instinto, no lo razonable opuesto a la superstición, sino la necesidad implacable de tener razón, toda la razón. Dejar un poco de razón para los otros es impensable, y hasta ofensivo. Los argumentos propios son razonables, basados en causas reales, hechos concretos, demostrables, medibles y asistidos por la razón histórica, biográfica o moral...