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¿Jesús cura y el jefe de la sinagoga se indigna porque lo hacía en sábado? ¿Cómo somos tu y yo al ver que otros no cumplen lo que está en la ley? ¿Hacemos lo correcto porque está en la ley o porque lo hacemos por amor? Jesús curo a la mujer por amor, por la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana del alma y del cuerpo.
El Señor nos ha creado para la alegría. Sin embargo es imposible conseguirla si no buscamos a Dios. ¿Qué es lo que necesitamos para conseguir la felicidad?
Si tuviéramos que presentarnos ahora delante de Dios, ¿nos encontraríamos alegres, con las manos llenas de frutos para ofrecer a nuestro Padre?
¿Sabes discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para conocer que ha llegado el Mesías? El Señor sigue pasando cerca de tu vida, con suficientes referencias, y cabe el peligro de que en alguna ocasión no lo reconozcas. ¿Desaparecería la rutina, el malhumor, las penas y las tristezas si viviríamos más confiados de la Providencia divina?
Fuego ha venido a traer a la tierra, y ¿Qué quiere Él sino que arda? Quienes han creído en Él han ardido, porque recibieron la llama de la caridad. Ese es el fuego que debe arder en nosotros también, fuego de amor y de paz que encienda a otros en el amor a Dios y purifique sus corazones.
Todos los hombres tienen una misión en la tierra, y será al final de la vida que responderemos por los frutos que hayamos dado. Porque a todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá. ¿Cuánto nos han encomendado a nosotros? ¿Cuántos dependen de mi correspondencia personal a las gracias que recibo?
¿Cómo es nuestra actitud de cristiano? Quizá es somnolienta, descuidada o por el contrario es con una actitud atenta, alegre. Si amamos realmente a Dios debemos estar vigilantes a su llegada, ¡Jesús nos está pidiendo ese amor!
Muchas veces podemos tender a reducir nuestro horizonte a administra la abundancia, en comer y beber. Pero la vida en la tierra dura muy poco y es insegura. ¿Estamos listos si en este momento se presenta Dios?
Jesús nos recuerda, el día de hoy, que hay que ser justos con las cosas que tenemos. Dar a cada quien lo que le corresponde; Dar al César, lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Como ciudadanos tenemos el deber de aportar en la vida pública.
Todo pecado, por grande que sea, puede ser perdonado, porque la misericordia de Dios es infinita. Juan Pablo II nos advierte de esta deformación de la conciencia. Pidámosle al Señor la humildad para reconocer nuestros pecados, y que nunca nos acostumbremos a ellos.
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