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En la acción de gracias de la Comunión, mientras que tenemos en nuestro corazón al Señor del Cielo y tierra, nos unimos a todo el universo en su pregón de agradecimiento al Creador.
las propias fragilidades servirán para afianzar nuestra perseverancia, pues nos volverán más humildes y aumentarán nuestra confianza en la misericordia divina.
A Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Qué nos pide Jesús ahora?
. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.
Hoy le pedimos a Ella, nuestra madre, que nos ayude a hacer realidad cada día esa entrega del corazón que Dios nos pide, según nuestra peculiar vocación recibida de Dios.
Nuestro respeto y devoción deben ser profundos y delicados, puesto que en nuestras iglesias se celebra el sacrificio eucarístico, y Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario.
¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros! No dejemos de tratar a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.
Crece la santidad de Dios en el mundo cuando cada uno luchamos por ser fieles a nuestros deberes, a los compromisos que, como ciudadanos, como cristianos, hemos contraído.
El Señor nos hace experimentar el mismo gozo cuando, por ser fieles a la fe y a la propia vocación, padecemos alguna contrariedad.
Dirigirnos al Señor, siempre cercano para que tenga misericordia de nosotros, y como Bartimeo decirle: ¡Que vea, Señor!
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