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Tú eres mi hijo: yo te he e zngendrado hoy (Salmo II), leemos en la Antífona de la Primera Misa de Navidad. “El adverbio hoy habla de la eternidad, el hoy de la Santísima e inefable Trinidad” (Juan Pablo II, Audiencia general).
La Navidad es una llamada a la pureza interior. Todo el que mire hacia Belén podrá contemplar a Jesús Niño, acompañado de María y de José; todo el que mire con corazón puro, porque Dios sólo se manifiesta a los limpios de corazón (Mt 5, 8).
En la liturgia de la Misa del ciclo C, San Pablo nos da la razón fundamental para tener profunda alegría: el Señor está cerca (Flp 4, 4). El Apóstol también nos da la clave para entender el origen de nuestras tristezas: nuestro alejamiento de Dios, por nuestros pecados o por la tibieza.
En el Evangelio, san Mateo recoge unas palabras que el Señor dirige a los fariseos por su hipocresía: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la hierbabuena y del eneldo y del comino, y habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley: la justicia, la misericordia y la buena fe.
Nuestra vida no tiene sentido si no es junto al Señor. ‘¿A dónde iremos, Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna’ (Jn 6, 68).
El Reino de Dios padece violencia, y quienes se esfuerzan lo conquistan (Mt 11, 12). Padece violencia la Iglesia por parte de los poderes del mal, y padece violencia el alma de cada hombre, inclinada al mal como consecuencia del pecado original.
La liturgia del Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.
Todo cuanto hermoso y bello se puede decir de una criatura, se lo cantamos hoy a nuestra Madre del Cielo. María, desde el primer instante de su ser natural, quedó asociada a su Hijo en la Redención de la humanidad.
En la larga espera del Antiguo Testamento, los Profetas anunciaron, con siglos de antelación, la llegada del Buen Pastor, el Mesías, que guiaría y cuidaría amorosamente su rebaño. Sería un pastor único, que buscaría a la oveja perdida, vendaría la herida u curaría a la enferma
El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días de Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad. Todos los días nos encontramos amigos, colegas y parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia.
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