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A lo largo del Nuevo Testamento, la filiación divina ocupa un lugar central en la predicación de la buena nueva cristiana, como realidad bien expresiva del amor de Dios por los hombres: Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios y que lo seamos.
La vida cristiana es imitación de la de Cristo, pues Él se encarnó y os dio ejemplo para que sigáis sus pasos. San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a imitar al Señor con estas palabras: Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Cristo, sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse al bautismo de la misma manera que se sometió a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo israelita, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor.
Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre del Redentor se realizó siempre con naturalidad. En ningún momento de su vida buscó privilegios especiales: “María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.
En la Epifanía (que quiere decir ‘manifestación’) la Iglesia conmemora la primera manifestación del Hijo de Dios hecho Hombre al mundo pagano, que tuvo lugar con la adoración de los Magos.
La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: ‘No temas, María’ (Lc 1, 30). Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas (Mt 1, 20). A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: ‘No tengáis miedo’ (Lc 2, 10).
El Niño que contemplamos estos días en el belén es el Redentor del mundo y de cada hombre. Más tarde, durante sus años de vida pública, poco dice el Señor de la situación política y social de su pueblo, a pesar de la opresión que éste sufre por parte de los romanos.
En el Evangelio de la Misa leemos el relato del sacrificio de los niños de Belén ordenado por Herodes. No hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de los inocentes. El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres.
Sabemos de San Juan que desde que conoció al Señor, no le abandonó jamás. Cuando ya anciano escribe su Evangelio, no deja de anotar la hora en la que se produjo el primer encuentro con Jesús: Era alrededor de la hora décima (Jn 1, 39), las cuatro de la tarde.
San Esteban, protomártir. - Audio 26 de diciembre 2020.
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