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Termina hoy el Octavario por la unidad de los cristianos conmemorando la conversión del Pablo, el Apóstol de las gentes. La gracia de Dios lo convierte de perseguidor de los cristianos en mensajero de Cristo; puesto que, como gran defensor de la Ley de Moisés, consideraba a los cristianos como el mayor peligro para el judaísmo; por eso, dedicaba todas sus energías al exterminio de la naciente Iglesia.
El Evangelio de la Misa nos narra la llamada de Cristo a cuatro de sus discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores y se encuentran trabajando, echando las redes o arreglándolas, cuando Jesús pasa y les llama.
Vemos en el Evangelio de la Misa a tanta gente necesitada que acude a Cristo. Y les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso. Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces.
El Evangelio nos habla del hombre que tenía una mano seca (Mc 3, 1-6), a quien Jesús cura; solamente le dijo: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada. Todo es posible con Jesús. La fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables, resolver viejos problemas personales o de una tarea apostólica que parecían insolubles, echar fuera defectos que estaban arraigados.
La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, continúa la acción santificadora de Jesús, principalmente a través de sus sacramentos. Su doctrina ilumina nuestra inteligencia, nos da a conocer al Señor, nos permite tratarlo y amarlo.
Pasadas las fiestas de Navidad, en las que hemos considerado principalmente los misterios de la vida oculta del Señor, vamos a contemplar en este tiempo, su vida pública. El Evangelio nos señala cómo el Señor se hace encontradizo con aquellos tres primeros discípulos, que serían más tarde, fundamento de su iglesia: Pedro, Juan y Santiago.
Los fariseos se sorprenden al ver a Jesús sentarse a comer con toda clase de personas: ¿Por qué come con publicanos y pecadores?. Jesús se siente bien con todo el mundo, porque ha venido a salvar a todos.
El Evangelio de la Misa nos da muchas enseñanzas sobre las virtudes humanas que debemos tener en el apostolado. Jesús se admiró de la fe y de la audacia de los hombres que hicieron un agujero en el techo en donde Él se encontraba, para descolgar por ahí, la camilla del amigo paralítico para ponerlo delante del Señor.
El mismo Cristo nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Continúan siendo actuales aquellas palabras de San Agustín al comienzo de sus Confesiones: “Nos has creado, Señor, para Ti y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti” (Confesiones) El corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios.
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