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La Virgen sabía que ya estaba próximo el nacimiento de Jesús, y sin embargo emprendió con alegría el viaje a Belén para empadronarse como lo indicaba el edicto de César Augusto. Su pensamiento estaba puesto en el Hijo que le iba a nacer en el pueblo de David.
De modo muy especial y extraordinario, la vida de la Virgen está centrada en Jesús. Lo está singularmente en esta víspera del nacimiento de su Hijo. Apenas podemos imaginar el recogimiento de su alma.
El nacimiento de Jesús, y toda su vida, es una invitación para que nosotros examinemos en estos días la actitud de nuestro corazón hacia los bienes de la tierra. El Señor nace en una cueva, en una aldea perdida.
En el Magnificat se contiene la razón profunda de toda humildad. María considera que Dios ha puesto sus ojos en la bajeza de su esclava; por eso en Ella ha hecho cosas grandes el Todopoderoso.
La Virgen se da del todo a lo que Dios le pide. Nuestra Señora manifestó una generosidad sin límites a lo largo de toda su existencia aquí en la tierra. La Virgen no piensa en sí misma, sino en los demás.
La mejor manera prepararnos para la Navidad es vivir el Adviento junto a la Virgen. Nuestra vida también es un adviento y hemos de vivirla junto a Nuestra Señora si lo que queremos es encontrar a Cristo en esta vida y después en la eternidad.
Jesús se enfada con los discípulos cuando intentan alejarle a los niños que se arremolinan a su alrededor. Él está a gusto con las criaturas. Nosotros hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par.
La Virginidad de María es un privilegio íntimamente unido al de la Maternidad divina, y armoniosamente relacionado con la Inmaculada Concepción y la Asunción gloriosa. María es la Reina de las vírgenes: “La dignidad virginal comenzó con la Madre de Dios” (San Agustín, Sermón 51).
Era José, como María, de la casa y familia de David (Lc 2, 4), de donde nacería el Mesías, según había sido prometido por Dios. Jesús fue empadronado en la casa real por medio de José, y también será el encargado, según el mandato recibido de Dios: tú le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 21).
Jesús nace en una cueva, oculto a los ojos de los hombres que lo esperan, y unos pastores de alma sencilla serán sus primeros adoradores. La sencillez de aquellos hombres les permitirá ver al Niño que les han anunciado.
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