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Or


¿Cuándo nos presentemos ante el Señor traeremos las manos llenas y podremos decirle: Mira, Señor, he procurado gastar la vida en tu hacienda. No he tenido otro fin que tu gloria?
Si a veces tarda en dar, encarece sus dones, no los niega... Pide, busca, insiste. Dios te reserva lo que no te quiere dar de inmediato, para que aprendas a desear vivamente las cosas grandes. Por tanto, conviene orar y no desfallecer.
Y el Señor nos dice por medio del Apóstol: en esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros
Cristo nos da ejemplo de esas cualidades que debe vivir a todo hombre: ¡todo lo hizo bien! Lo mismo se ha de poder afirmar de cada uno de nosotros, que queremos seguirle en medio del mundo.
Si somos humildes –“andar en verdad” es ser conscientes de que somos siervos inútiles– nos sentiremos impulsados a pedir la gracia necesaria para cada obra que realicemos.
¿Somos siempre conscientes de que Jesús está aquí en los templos y que necesita de nuestras atenciones? Por esto, al entrar en una iglesia, hemos de dirigirnos a saludar a Jesús en el Sagrario, comportarnos como corresponde a un lugar donde Dios habita de una manera particular.
Para nosotros lo primero en la vida, lo verdaderamente importante, es entrar en el banquete de bodas que Dios mismo nos ha preparado. Todo lo demás es relativo y secundario: el éxito, la fama, la pobreza o la riqueza, la salud o la enfermedad.
Seguir a Cristo significa encaminar a Él todos nuestros actos. No tenemos un tiempo para Dios y otro para el estudio, para el trabajo, para los negocios: todo es de Dios y a Él debe ser orientado.
En la Santa Misa hay un lugar fijo para recomendar a Dios nuestros difuntos. Examinemos hoy cómo es nuestra oración por los difuntos: es una gran obra de misericordia, muy grata al Señor.
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