Cualquier punto de referencia perceptivo depende de un observador particular; y si la perspectiva es la de un yo personal en contraposición a un mundo circundante lleno de otros yoes personales, ésta es a todas luces particular y no universal, limitada y para nada plena, superficial y no esencial, ilusoria y en ningún caso real, transitoria y no eterna. Por eso mientras le demos valor absoluto al ego nos veremos inmersos en la distorsión de lo particular, limitado, superficial, ilusorio e inestable. En consecuencia, hay que ahondar con consciencia en lo pleno y esencial, en lo amoroso y ecuánime, en la luz que el presente nos ofrece, sin distraernos con las especulaciones futuras o las remembranzas pasadas de ese particularista yo que suponemos ser, para que así la realidad emerja sin impedimento alguno, tal como la luz del día despierta al soñador nocturno de su sopor... Entonces la Infinitud del Ser evidencia la Divina Unicidad de la Vida, y todo aquello que pareció experimentarse con la limitada perspectiva egoica, que tanto sufrimiento parecía ocasionar, se desvanece por completo y para siempre en la nada que es.