Cuando oyó una voz llamándolo de esta manera, se encontraba junto a la puerta de la caseta, con un banderín enrollado sobre un palo corto que tenía en la mano. Se podría pensar, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no podía caberle la menor duda sobre de dónde procedía la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, donde yo me encontraba, en lo alto de un precipicio cortado a pico justo encima de su cabeza, se volvió y miró hacia las vías. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, aunque no sabría definir exactamente qué. Pero sí sé que fue lo bastante extraño como para atraer mi atención, aun tratándose de una figura de espaldas y en la sombra en el fondo del profundo despeñadero, en tanto que yo estaba mucho más arriba, bañado por una brillante puesta de sol que me había obligado a darme sombra en los ojos con la mano antes de poder verlo del todo.
–¡Eh!, ¡ahí abajo!
Después de haber mirado al fondo de las vías se volvió de nuevo y, al alzar los ojos, vio mi figura en lo alto, sobre él.
–¿Hay algún sendero por el que pueda bajar y hablar con usted?
Me miró sin responder, y yo le devolví la mirada sin volver a agobiarle demasiado pronto con una repetición de mi vana pregunta. Justo entonces se inició una pequeña vibración en el aire y en la tierra, que rápidamente se transformó en un violento latido, y una embestida repentina me lanzó hacia atrás con la suficiente fuerza como para haberme hecho pedazos. Cuando la nube de humo que me cubrió hubo pasado y el tren rápido se alejaba rumbo a la llanura, miré hacia abajo una vez más, y le vi enrollar nuevamente el banderín que había mostrado mientras pasaba el tren.