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Pero lo que no sabíamos, lo que ha roto por completo los esquemas de los astrofísicos, es que el agua también puede existir en los lugares más extremos, lugares en los que no debería ser posible que sobreviviera ni una fracción de segundo: las regiones próximas a los agujeros negros supermasivos que hay en la mayoría de los centros galácticos. Por ejemplo, en el nuestro.
Un equipo internacional de astrónomos, de hecho, acaba de publicar en Astronomy and Astrophysics algo que lo cambia todo. Utilizando la asombrosa agudeza visual en el infrarrojo del Telescopio Espacial James Webb (concretamente su instrumento MIRI), los investigadores han estado escudriñando la zona más interna de nuestra galaxia. Y allí, a apenas 0,55 años luz de las fauces mismas de negro Sagitario A*, han descubierto que una estrella moribunda está escupiendo moléculas de agua y polvo estelar intacto... y que este material, contra todo pronóstico, logra sobrevivir.
La NASA acaba de seleccionar tres misiones científicas clave a través de su programa PRISM (Cargas Útiles e Investigaciones de Investigación en la Superficie de la Luna, por sus siglas en inglés). Estas misiones son parte del programa CLPS, con el que la NASA contrata a empresas comerciales para transportar experimentos y tecnología.
Uno de esos proyectos (la misión GIMLI) tiene precisamente el objetivo de averiguar si una abertura de la superficie lunar conduce a una gran cueva subterránea. La misión es muy clara: sentar las bases para la supervivencia a largo plazo de las misiones Artemis en la luna.
Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.
¿Cuántas partículas cósmicas creéis que os están atravesando justo ahora? Pensad en un número, el que sea, el que queráis, no acertaréis.
Según Michael Pravica, profesor de física de la Universidad de Nevada en Las Vegas, la friolera de cien billones de neutrinos pasan a través de cada uno de nosotros cada segundo. Pero esperad, porque si toda esta avalancha invisible os parece asombrosa, agarraos fuerte, porque la astrofísica teórica nos tiene reservada una sorpresa aún más inquietante.
Hace ya 20 años, el 24 de agosto de 2006, el octavo planeta dejó de ser, oficialmente, un planeta.
La decisión, impulsada por el hallazgo de Eris y otros cuerpos similares, provocó una fuerte polémica entre el público y numerosos científicos.
Las imágenes de New Horizons revelaron que Plutón es un mundo complejo, activo y con atmósfera, por lo que muchos planetólogos siguen considerándolo un planeta. Sin embargo, devolverle esa categoría podría ampliar la lista a cientos de cuerpos y obligaría a replantear la definición actual.
Hoy, dos décadas después, la ciencia sigue lamiéndose las heridas de aquella controvertida decisión.
Durante décadas, desde los famosos experimentos del inmunólogo Peter Medawar en la década de 1940, la ciencia creyó en que el cerebro gozaba de "privilegio inmunológico". Es decir, se pensaba que el cerebro y el sistema inmunológico del resto del cuerpo no estaban comunicados.
Se creía que el sistema nervioso central tenía su propio sistema de seguridad, y que si las células inmunitarias que actúan en el resto de nuestro cuerpo entraban en el cerebro, causarían estragos, inflamación y enfermedades neurodegenerativas, debido a sus técnicas "temerarias" de combate. Pero la ciencia avanza y han descubierto un nuevo órgano que estaba oculto en nuestro cerebro.
La mayor reserva de agua descubierta hasta ahora no está en un planeta, sino alrededor de un agujero negro supermasivo situado en el cuásar APM 08279+5255. Y este cuásar es un monstruo. Su radiación es abrumadora. Hablamos de una energía que es aproximadamente 65.000 veces más poderosa que la radiación de toda la Vía Láctea, nuestra galaxia, entera.
Pero el dato realmente curioso, el que nos deja sin aliento, es lo que hay alrededor. Porque envolviendo a ese inmenso cuásar, hay una gigantesca nube de vapor. Un "océano" cuyo volumen es 140 billones de veces más grande que el volumen de la totalidad de los océanos de la Tierra. Es una cifra que marea y desafía la imaginación humana. Pero, ¿cómo es esto posible?
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