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Tras el Big Bang, solo había hidrógeno, helio y un poco de litio. El oxígeno, necesario para hacer agua (H2O), tuvo que "cocinarse" en el interior de las primeras estrellas y ser expulsado al espacio después, cuando éstas murieron. Esto convierte a este descubrimiento en la reserva más grande y, sobre todo, la más antigua de agua que se conoce hasta la fecha. El agua, por lo tanto, no es una rareza moderna; es una parte intrínseca de la historia antigua del cosmos.
El agua que han detectado no es líquida, como la de nuestros mares, sino una niebla "espesa" y "caliente" (en términos cósmicos) que envuelve por completo al agujero negro. En el cuásar APM 08279+5255, el agua no puede congelarse. La energía del agujero negro la mantiene en estado gaseoso, excitada, emitiendo señales de radio que han viajado por el universo durante 12.000 millones de años hasta llegar al espectrómetro Z-Spec en el Observatorio Submilimétrico de Caltech, en Hawái, y al interferómetro de Plateau de Bure en los Alpes franceses. Es gracias a estos instrumentos que hemos podido "leer" la firma química del agua a través del abismo del tiempo.
Una nueva investigación publicada en Nature acaba de aclarar la naturaleza de las placas tectónicas. No consiste sólo en "tener placas" o "no tenerlas", sino que hay estados intermedios. De hecho, han identificado hasta seis estados tectónicos distintos. Y lo más increíble: sugieren que Venus, nuestro vecino infernal, podría estar ahora mismo pasando por el mismo tipo de adolescencia que la Tierra vivió hace 4.000 millones de años. Hasta ahora, pensábamos en esto de forma binaria: o tenías Tectónica de Placas, o tenías una Tapa Estancada , como Marte. Pero la realidad, como suele pasar en ciencia, es mucho más compleja y rica en matices.
Los investigadores han utilizado superordenadores para simular la evolución térmica de los planetas rocosos, procesando miles de variables en modelos 2D. Y lo que han encontrado es que hay todo un abanico de posibilidades, una "zona gris" entre estar quieto y moverse frenéticamente, que incluye seis fases distintas de la corteza.
Hace apenas tres años, en 2022, teníamos catalogados unos 30.000. En 2016, solo 15.000. Y a principios de siglo, apenas conocíamos un millar. Fijaos en la curva: es exponencial. Luca Conversi, que dirige el Centro de Coordinación de Objetos Cercanos a la Tierra de la Agencia Espacial Europea (ESA), lo ha dicho claramente: esto no va a parar. Al contrario, va a acelerar.
De esos 40.000 objetos, los expertos de la Oficina de Defensa Planetaria de la ESA han calculado las órbitas hacia el futuro. Utilizan sistemas de software muy avanzados que proyectan el camino de la roca con años, décadas, e incluso siglos de antelación. Ninguno de los 40.000 asteroides conocidos supone una amenaza para la Tierra en el futuro previsible. Sin embargo, los asteroides de más de un kilómetro de diámetro si pueden suponer un peligro. Esos son los «asesinos de planetas», los que podrían acabar con la civilización tal como la conocemos, al estilo de lo que les pasó a los dinosaurios. De esos, hemos encontrado casi el 95% y ninguno viene hacia aquí.
La palabra 'extinción' no describe lo que les pasó a nuestros primos. No hubo un genocidio, ni tampoco una aniquilación masiva. Lo que sí hubo fue amor. O, por lo menos, mucho sexo, un mestizaje constante y prolongado que, como una gota de tinta en un vaso de agua, acabó por diluir la identidad genética neandertal en nuestro propio genoma, hasta hacerla prácticamente indistinguible.
Imaginemos el siguiente escenario. Por un lado, tenemos al neandertal, una población pequeña, dispersa y con movimientos migratorios limitados. Por el otro, tenemos a Homo sapiens saliendo de África, con una población muchísimo más numerosa, un reservorio genético inagotable. Así, y a medida que que oleadas constantes de Homo sapiens iban llegando a las 'islas' de territorio neandertal, tanto el contacto como el cruce se producían inevitablemente. La descendencia de esas uniones se integraba, en su mayoría, en la población más grande, la del Homo sapiens, que era la que ofrecía mayores probabilidades de supervivencia y reproducción continua.
Este nuevo mundo es un exoplaneta que está a solo 20 años luz de la Tierra. Los datos obtenidos por los científicos de la Universidad de Penn State sugieren que GJ 251 c. es casi cuatro veces más masivo que la Tierra y que muy probablemente sea un planeta rocoso. También es sorprendente su ubicación, ya que se encuentra en lo que los astrónomos llaman la Zona Ricitos de Oro. Por eso, los autores del estudio recién publicado en The Astronomical Journal, creen que es su «mejor oportunidad de encontrar vida en otros lugares».
El equipo partió de datos base recopilados a lo largo de más de 20 años y los combinaron con la nueva precisión del Habitable-Zone Planet Finder (HPF). Primero, mejoraron la medición de un planeta interior ya conocido, el GJ 251 b. Pero la combinación de datos reveló una segunda señal, mucho más fuerte, que se repite cada 54 días. Este fue el indicador inequívoco de la presencia del masivo GJ 251 c!
Las firmas magnéticas fosilizadas en las rocas del Periodo Ediacárico muestran unas fluctuaciones tan salvajes y caóticas que parecían indicar que sucedió algo increíblemente inusual. Un equipo internacional de investigadores, liderado por el geólogo David Evans de la Universidad de Yale, ha propuesto una explicación audaz que no solo resuelve la anomalía, sino que abre una nueva ventana a la historia profunda de la Tierra. Sus hallazgos han sido publicados en la revista Science Advances.
La investigación concluyó que el problema no eran los continentes, sino el propio campo magnético terrestre. Además, desarrollaron un marco matemático innovador que a partir de ahora permitirá a los investigadores analizar los datos paleomagnéticos caóticos del Ediacárico y, en lugar de promediarlos simplemente, encontrar el orden que hay oculto dentro de ese desorden.
La noticia llegó hace apenas unos días desde el Instituto de Ciencias Naturales de Islandia: la presencia de mosquitos ha sido confirmada en territorio islandés por primera vez en la historia de esa nación nórdica. Fue de la siguiente forma. Un aficionado a los insectos, un tal Björn Hjaltason, estaba en una granja en Kjós, al norte de Reikiavik, observando sus trampas para mariposas, que consisten en una cinta impregnada en vino tinto para atraerlas. Y allí, en esa inusual trampa de vino, a la caída de la tarde del 16 de octubre, nuestro amigo vio algo raro. Una "mosca extraña", dijo él. La capturó de inmediato, sospechando la verdad. Aquel insecto, y los dos que atrapó después, resultaron ser, tras el análisis del instituto, tres ejemplares de la especie Culiseta annulata: dos hembras y un macho.
El entomólogo Matthías Alfreðsson, del Instituto de Ciencias Naturales islandés, lo ha dejado claro: los ejemplares encontrados son de la especie Culiseta annulata, un mosquito grande, extendido por Europa y resistente al frío. De hecho, está adaptado a hibernar como adulto en lugares protegidos, como sótanos o graneros. Pueden sobrevivir a inviernos largos y crudos. Y esto nos lleva directamente a los culpables de este asalto biológico, que son dos: el cambio climático y el transporte internacional.
Sin perder un solo minuto y desde el momento mismo en que fue detectado por el sistema ATLAS (de ahí su nombre) en julio de este mismo año, los amantes de la conspiración se pusieron en marcha: que si no es un cometa, que si es una sonda alienígena camuflada, que si su silencio esconde una tecnología hostil. Incluso el célebre astrofísico de Harvard Avi Loeb, siempre dispuesto a poner el cascabel al gato, se convirtió en una de las voces que apuntaba a un posible origen artificial del objeto. Lo cual ha avivado, sin duda, las llamas en un Internet siempre dispuesto a incendiarse a la más mínima insinuación.
Para entender la importancia de este hallazgo, hace falta darle un repaso a un concepto fundamental en la astrofísica: la metalicidad. Y aquí es donde entra en escena nuestra protagonista: SDSS J0715-7334. Porque esta estrella ha pulverizado todos los récords conocidos de pureza. De hecho, es aproximadamente 20.000 veces más pobre en metales que nuestro Sol. Los datos preliminares de su espectro, presentados en el servidor arXiv a la espera de revisión por pares, sugieren que su metalicidad total es tan baja que supera incluso a las galaxias más distantes y supuestamente "vírgenes" que hemos podido observar con el telescopio espacial James Webb en el borde mismo del Universo observable. Para hacernos una idea, nuestra estrella protagonista es diez veces más pura que esas remotísimas galaxias. Es, en esencia, la estrella más cercana a lo que llamamos una estrella prístina, o libre de metales, que hemos encontrado hasta ahora.
Para entender por qué una parte del mundo se acostó un 4 de octubre de 1582 y se despertó un día 15, debemos remontarnos muchos siglos en el tiempo. De hecho, más de 1.600 años atrás. Estamos en el 45 AC y Julio César acaba de instaurar en gran parte de Europa un calendario que lleva su nombre, el calendario Juliano. Era un avance notable para su época, pues fijaba el año en 365 días y medio, y añadía un día extra cada cuatro años, el famoso año bisiesto.
Pero, como bien sabe cualquiera que dependa de los ciclos de la Naturaleza, en los cálculos astronómicos la perfección no existe. Y el problema, en este caso, radicaba en un pequeño 'desfase' del calendario juliano.
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