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Bajo la dirección de la doctora Nadine Lavan, los investigadores han puesto el dedo en la llaga de una realidad que avanza a una velocidad que supera nuestra capacidad de asimilación, tanto ética como legal. Lavan y su equipo partieron de una premisa simple: ¿Sigue sonando a «falso» el habla generada por IA? ¿Podemos, como oyentes promedio, diferenciar sin dificultad una voz humana de una artificial?
La respuesta es un rotundo y escalofriante no.
Un planeta joven, solitario y voraz, capaz de engullir materia como una estrella recién nacida, obliga a replantear las fronteras del cosmos: ¿dónde termina un mundo y comienza una estrella?
Cha 1107-7626, que está a unos 620 años luz de la Tierra, en la constelación de Camaleón, es especial incluso entre sus congéneres. Tiene una masa considerable, entre cinco y diez veces la masa de nuestro Júpiter. Y a pesar de ser solo un "bebé" cósmico, con apenas uno o dos millones de años de edad, todavía está creciendo. Cosa que hace absorbiendo gas y polvo de un disco de materia que aún lo rodea. Durante uno de los episodios de observación, este joven mundo errante aceleró su crecimiento de forma dramática, multiplicando por ocho la velocidad a la que venía "alimentándose". ¿La cifra? Escuchad bien: seis mil millones de toneladas de gas y polvo por segundo. Es, con diferencia, la tasa de acreción más alta jamás registrada para un objeto de masa planetaria. Un auténtico atracón cósmico que no tiene precedentes.
Loeb saltó a la fama mundial hace unos años por sus controvertidas teorías sobre 'Oumuamua', el primer objeto interestelar jamás detectado, en 2017, del que sugirió que podría ser una "vela de luz" de origen alienígena, una especie de nave propulsada por la luz de una estrella. Y ahora, con 3I/ATLAS, ha vuelto a la carga. Y sus nuevas ideas son aún más inquietantes. Loeb, con su inconfundible estilo que mezcla la rigurosidad académica con la audacia de la ciencia ficción, ha planteado la hipótesis de que 3I/ATLAS no es un simple cometa, sino una sonda extraterrestre, una nave que podría haber sido enviada con un propósito deliberado.
Hace apenas un par de semanas un estudio publicado en Journal of Neuroscience ha echado un jarro de luz sobre esta delicada y difícil cuestión. Y es que un equipo de neurocientíficos alemanes, dirigidos por investigadores de la Universidad de Tubinga, se propuso averiguar si la forma en que nuestro cerebro procesa los colores es similar entre personas distintas. Para lo cual reclutaron a un grupo de 15 voluntarios y los sometieron a un experimento tan elegante como revelador.
Un estudio reciente, publicado en la prestigiosa revista Physical Review D por el equipo de investigadores de la Universidad de California en Riverside, nos propone una idea revolucionaria: utilizar estos exoplanetas como si fueran gigantescas sondas de materia oscura. La premisa es fascinante.
Los investigadores se centraron en un modelo particular de materia oscura: el de la materia oscura superpesada no aniquilante. ¿Qué significa esto? Pues, de forma sencilla, que las partículas de materia oscura serían extremadamente masivas, mucho más que cualquier partícula conocida, y que además, a diferencia de la materia y la antimateria, no se aniquilan al entrar en contacto. Este detalle es crucial, porque si estas partículas se toparan unas con otras, en lugar de desintegrarse, simplemente se quedarían ahí, acumulándose.
Un grupo de científicos ha desenterrado unas huellas fosilizadas que adelantan en al menos 10 millones de años la primera migración de peces fuera del agua, reescribiendo el guión de cómo y cuándo los vertebrados empezaron a conquistar la superficie terrestre.
La noticia, publicada en la revista Scientific Reports, es de esas que obligan a los paleontólogos a frotarse los ojos dos veces. Christian Klug, un reputado paleontólogo de la Universidad de Zúrich, lo confiesa sin tapujos: "Al principio, no quería creerlo". Pero tras analizar los nuevos datos y visitar personalmente el yacimiento, se rindió a la evidencia: Un pez, incluso sin patas, se atrevió a dar el primer paso fuera del agua.
Punctum es un objeto astronómico recién descubierto en la galaxia NGC 4945, a 11 millones de años luz. A diferencia de otros fenómenos, solo se detecta en ondas de radio milimétricas, lo que ya lo hace singular. Su luminosidad es descomunal: miles de veces mayor que la de un magnetar y más intensa que casi todas las supernovas conocidas, aunque compacto y con un campo magnético sorprendentemente ordenado. Los científicos barajan que sea un magnetar extremo o una supernova interactuando con su entorno, pero ninguna hipótesis encaja del todo. Es el primer objeto de este tipo identificado y se descubrió casi por azar durante observaciones con el ALMA. Próximos estudios buscarán desvelar su verdadera naturaleza.
Durante mucho tiempo, los científicos se han centrado en los genes, las "frases" que codifican proteínas, las piezas fundamentales que construyen nuestros cuerpos. Pero, ¿qué hay de los espacios en blanco? Es decir, de aquellos que no parecen tener función alguna? No sin algún desprecio, nos hemos referido a ellos como 'ADN basura', pero la investigación de las últimas décadas nos ha enseñado que ese material "silencioso" está muy lejos de ser inútil. De hecho, es la orquesta que dirige y organiza a los genes.
Una nueva investigación, publicada en la prestigiosa revista mensual de noticias de la Royal Astronomical Society, ha desvelado un secreto que se escondía en el corazón de esa galaxia. Y vaya secreto: un agujero negro con una masa de 36 mil millones de veces la de nuestro Sol. Es casi diez mil veces más pesado que Sagitario A*, el agujero negro supermasivo que habita en el centro de nuestra Vía Láctea y cuya masa equivale 'solo' a cuatro millones de soles.
Desde hace décadas, los cosmólogos han tenido claro que esta telaraña cósmica, la infraestructura, el andamio sobre el que se construye todo lo que vemos realmente existía. Las simulaciones por ordenador, modelos matemáticos que intentan replicar la evolución del universo, nos la mostraban con una claridad asombrosa. Un entramado de filamentos que se cruzan y unen, formando los cimientos de nuestra realidad.
Pues bien, ahora la cosa ha cambiado. Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Milán-Bicocca y con la participación del Instituto Max Planck de Astrofísica, ha conseguido un hito histórico. Han logrado una imagen, la más nítida hasta la fecha, de uno de estos filamentos cósmicos.
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