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La ciencia acaba de lograr una hazaña asombrosa: capturar el momento exacto en que dos corrientes eléctricas chocan entre sí para formar un relámpago. Este hito no solo nos acerca a comprender uno de los fenómenos naturales más espectaculares, sino que, por primera vez, revela el papel crucial que este proceso juega en la generación de poderosos rayos gamma, los más energéticos del Universo, aquí mismo en la Tierra.
Si hay un logro tecnológico que ha demostrado ser capaz de desafiar el tiempo, las distancias astronómicas e incluso la lógica de la ingeniería, ese es, sin duda, el de las Voyager 1 y la Voyager 2, las míticas sondas que la NASA lanzó en 1977 para explorar los confines del Sistema Solar y que hoy, 48 años después, siguen funcionando y enviando datos a la Tierra.
En un rincón cercano de nuestra vasta galaxia, apenas a unos 80 años luz de nuestro Sistema Solar, desde donde la luz tarda ocho décadas en viajar hasta nosotros, un equipo de astrónomos ha descubierto, gracias una vez más al polifacético Telescopio Espacial James Webb, un planeta como ningún otro que hubiéramos visto antes.
Este mundo, bautizado con el nombre técnico y algo enigmático de WD 1856+534 b, ya había sido detectado en 2020.
Durante siglos, la Tierra ha sido conocida como el "planeta azul", una imagen definida en gran medida por los vastos océanos que cubren tres cuartas partes de su superficie. Pero, ¿y si este no siempre fue el caso? ¿Y si nuestros océanos fueron alguna vez de otro color, digamos que verdes? ¿Y si vuelven a cambiar de color en el futuro? Esas son las posibilidades que explora un nuevo estudio recién publicado en Nature Ecology & Evolution.
Durante décadas, un inexplicable misterio cósmico ha mantenido en vilo a los astrónomos de todo el mundo: ¿dónde demonios está la mitad de la materia visible del universo? Y ojo, que no estamos hablando de materia oscura, cinco veces más abundante pero invisible a nuestros ojos porque no emite radiación que pueda ser detectada por nuestros instrumentos, sino se la materia 'ordinaria', la que sí podemos ver con los telescopios y de la que están hechas todas las estrellas y galaxias del Universo
Ahora, y tras un nuevo y minucioso análisis del firmamento, un equipo internacional de científicos ha logrado resolver el enigma. Y como a menudo sucede en ciencia, la respuesta estaba justo delante de nuestras narices.
A pocos km bajo nuestros pies existe un vasto océano de roca fundida y maleable. Un océano de más de 3.000 km de profundidad y sobre cuya superficie, como placas de hielo que se agrietan sobre el agua, flotan los continentes, aferrados a enormes losas de roca sólida llamadas placas tectónicas.
Australia ostenta un título peculiar: es la masa terrestre que se mueve más deprisa sobre la faz de la Tierra. Viaja a una velocidad sorprendente: aproximadamente 7 centímetros al año, una cifra que, aunque pueda parecer insignificante, supera con creces el promedio de movimiento de las demás masas continentales, que se sitúa en torno a los 1,5 centímetros anuales. Para hacernos una idea, esta deriva australiana es similar a la velocidad a la que crecen nuestras uñas y nuestro cabello.
Lo sabemos desde hace mucho: en el corazón de nuestra galaxia, la Vía Láctea, reside un monstruo cósmico: un agujero negro supermasivo conocido como Sagitario A que tiene 4 millones de veces la masa del Sol. Pero este gigante no está solo.
A su alrededor, en efecto, hay un denso velo de gas y polvo interestelar, una densa, opaca e impenetrable cortina que oculta a nuestros ojos un auténtico hervidero de actividad cósmica.
La densidad de la materia en este entorno es tan alta que ha desafiado nuestras teorías sobre la formación estelar. Los modelos tradicionales, de hecho, sugieren que podría haber unos 300 agujeros negros de masa estelar en la región más cercana a Sagitario A, pero un nuevo estudio publicado en Astronomy & Astrophysics ha barrido estas estimaciones, proponiendo una cifra mucho más elevada: ¡millones, incluso miles de millones!
En la frontera franco-suiza, en el corazón del laboratorio europeo CERN, se libra una intensa batalla por el futuro de la física de partículas. El CERN, hogar del famoso Gran Colisionador de Hadrones (LHC), aspira a construir la máquina más grande jamás creada por la humanidad: un colosal acelerador de partículas que iniciaría operaciones en 2070 y empequeñecería al LHC.
Imaginemos un viaje en el tiempo, uno hace miles de millones de años. Imaginemos una luna mucho más joven de lo que la conocemos hoy, hace más de 4000 millones de años. En esa época el sistema solar era un lugar caótico, un autentico campo de tiro cósmico donde los asteroides y otros cuerpos celestes chocaban casi continuamente. Y la Luna, aún en su infancia, no era una excepción ante esto.
Desde su lanzamiento, el Telescopio Espacial James Webb (JWST) ha cambiado radicalmente nuestra comprensión del universo temprano. Pero sus últimos descubrimientos podrían llevarnos a replantearnos las bases mismas de la cosmología, Y es que puede que todo lo que conocemos esté contenido dentro de un gigantesco agujero negro.
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