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Imaginad por un momento nuestro sistema inmunitario. Siempre hemos dado por hecho que al arsenal defensivo celular habitual —ya sabéis, los macrófagos que devoran bacterias, los linfocitos T que dirigen la respuesta, o los neutrófilos— era más que suficiente para mantenernos a salvo frente a las invasiones diarias. Pero a toda esta artillería microscópica se suman ahora otra esas células bomba que nadie esperaba, que estallan y destruyen en segundos todo lo que tienen alrededor.
El hallazgo se hizo en unos animales diminutos que viven en el agua: las planarias. Seguro que habéis oído hablar de ellas. Son unos gusanos planos famosos por su casi milagrosa capacidad de regeneración. ¿Pueden estos gusanos distinguir sus propios tejidos de los de otro individuo?
Un equipo de investigadores, liderado por el astrofísico Kirill Batrakov en la Universidad de Durham, ha utilizado unas simulaciones informáticas increíblemente bellas y complejas, las llamadas simulaciones cosmológicas Auriga. Descubrieron algo fascinante: que aquel impacto frontal fue tan poderoso que, literalmente, volteó el disco entero de la Vía Láctea.
Este choque, este accidente a escala galáctica, no fue algo rápido. No duró unos segundos ni unos días. Duró entre ciento cincuenta y mil millones de años. Una colisión lenta, constante, majestuosa y, al mismo tiempo, aplastante. No deberíamos imaginar estos eventos como cataclismos de película, sino como una interacción extremadamente lenta que solo parece dramática si pasamos la cinta a cámara rápida.
La historia de la humanidad se parece mucho a uno de esos combates de lucha libre en los que decenas de contendientes entran al ring y se van eliminando unos a otros hasta que solo queda uno. A lo largo de millones de años, diferentes homínidos han subido a la lona. Y como resulta que somos los últimos que quedamos en pie, a los Homo sapiens nos encanta mirarnos al espejo y decirnos a nosotros mismos que somos los ganadores absolutos.
Pero la verdad, la dura verdad que nos revelan los fósiles, es que uno de nuestros ancestros prehistóricos fue el verdadero y absoluto campeón de los pesos pesados. Al menos si juzgamos por el tiempo que pasó caminando por este mundo.
¿Y quién fue el campeón?
Un reciente informe del Green Mars Workshop 2025, un taller científico coordinado por la doctora Erika DeBenedictis, directora ejecutiva de Pioneer Labs, concluye que terraformar Marte ya no viola las leyes de la física y que, aunque sigue siendo un desafío tecnológico enorme, no está fuera del alcance de nuestra capacidad tecnológica a medio y largo plazo.
Las propuestas más prometedoras para lograrlo van desde calentar el planeta con nanopartículas hasta utilizar microorganismos modificados genéticamente para producir oxígeno. También analizamos los grandes interrogantes que plantea este proyecto, como cuánto tiempo llevaría transformar Marte, cómo vivirían allí los primeros colonos y, sobre todo, si tenemos derecho a alterar otro mundo que podría albergar vida propia.
Un estudio presentado en la Conferencia de Ciencias Lunares y Planetarias de 2026, liderado por investigadores de la Universidad Johns Hopkins y los Laboratorios Sandia, plantea que la Tierra podría llevar miles de millones de años enviando vida microbiana a Venus a través de meteoritos. La teoría se apoya en el fenómeno de la panspermia, la idea de que la vida puede viajar entre planetas a bordo de rocas espaciales.
Pese a las condiciones infernales de la superficie venusiana, existe una franja en sus nubes con temperaturas similares a las terrestres, donde microbios primigenios podrían sobrevivir aplicando “el modelo tortita”, en el que las rocas se desintegran en la atmósfera sin llegar a calcinarse por completo. Los cálculos sugieren que miles de millones de microorganismos podrían haber alcanzado esas nubes a lo largo de la historia de nuestro sistema solar. Esto supone una maravilla intelectual como DAVINCI, para que puedan detectar rasgos de vida en Venus.
La NASA ha lanzado un «ultimátum» tecnológico a la industria privada estadounidense: necesita soluciones para sobrevivir en la Luna, en plena carrera contrarreloj frente a China. A través del programa NextSTEP-3, la agencia ha identificado cinco pilares tecnológicos urgentes para poder instalarse en el polo sur lunar, donde el sol apenas aparece en el horizonte, las noches duran dos semanas y las temperaturas caen hasta los -220°C en el fondo de los cráteres.
Los cinco pilares tecnológicos van desde paneles solares verticales y generadores nucleares en miniatura hasta la extracción de oxígeno del propio suelo lunar, la impresión 3D de herramientas en el espacio y nuevos nanomateriales resistentes a la radiación.
La NASA apuesta por que la Luna se autoabastezca en lugar de depender de envíos desde la Tierra, un viaje que hoy cuesta más de un millón de dólares por kilo.
El interior de nuestras células esconde algo sorprendente: pequeñas gotas líquidas, y no sólidas, que los científicos denominan coacervados o condensados biomoleculares. A diferencia de las células, protegidas por una membrana, estas gotitas carecen de ella: sus moléculas permanecen enredadas entre sí, uniéndose y separándose de forma similar a como ocurre en una lámpara de lava.
La idea no es nueva. Hace un siglo, en la década de 1920, el bioquímico soviético Alexander Oparin y el biólogo John B. S. Haldane ya apuntaron a estas gotas como posible clave del origen de la vida. Sin embargo, con el auge de la genética a partir de los años 50, la teoría cayó en el olvido.
Un estudio de 2009 responde la pregunta que formuló Oparin hace cien años.
Durante más de medio siglo, Terzan 5 fue considerado un cúmulo globular más de la Vía Láctea. Sin embargo, nuevas observaciones publicadas en Astronomy & Astrophysics, cambia la forma en que los astrónomos interpretan uno de los objetos más estudiados del centro galáctico. Las nuevas observaciones realizadas con telescopios espaciales llamados James Webb y Hubble, han revelado que no se trata de un cúmulo estelar convencional, sino de un "fragmento fósil" del bulbo galáctico: un vestigio casi intacto de las primeras etapas de formación de nuestra galaxia.
La investigación ha identificado cuatro generaciones distintas de estrellas, formadas a lo largo de unos 10.000 millones de años, algo incompatible con la naturaleza de un cúmulo globular clásico. Este descubrimiento convierte a Terzan 5 en una pieza clave para reconstruir cómo se creó la Vía Láctea y abre la puerta a que otros objetos sean fósiles cósmicos que han permanecido ocultos en el Universo.
Un equipo de investigadores, liderado por Giovanni Barontini, crearon un "universo de bolsillo". Cogieron unos 20.000 átomos de rubidio y, utilizando un complejo sistema de láseres y campos electromagnéticos, los enfriaron hasta rozar el Cero Absoluto. Barontini dividió a sus átomos en dos grupos de su mini-universo. A uno lo llamó el sector "brillante" y al otro el sector "oscuro". En ese estado inicial, el sistema estaba congelado. Era un universo sin tiempo.
Los investigadores usaron sus láseres para obligar a esos dos sectores de átomos a intercambiar partículas. A «hablar» entre ellos, logrando que los átomos brillantes y oscuros empiecen a entrelazarse, e interactuar. Barontini y su equipo lograron cambiar la entropía de este mini-universo, abriendo un nuevo debate entre científicos sugiriendo que el tiempo no es un reloj universal, sino que es algo que emerge.
Investigadores de la Universidad de California en Riverside, calcularon que una conversación estándar con inteligencia artificial, de 20 a 30 preguntas de ida y vuelta, consume medio litro de agua potable. Este problema es confirmado por un informe reciente de las Naciones Unidas, donde estima que para el final de esta década, se requerirán más de nueve billones y medio de litros de agua para enfriar máquinas, más de lo que beben todos los seres humanos en un año.
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