Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras.
Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer.
—Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir D. Mateo. ¡Desdichada mujer!
—¡Qué horror! Ya me lo he figurado también —contestó su consorte—. ¿De tales cafres qué se podía esperar?
—Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:
—Sí señor; hubo envenenamiento, Me consta.
—¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía? —dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.
—Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fue indigestión.
—Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?
—Lo sé, lo sé —repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.
—Luego, usted irá a declarar al juzgado; porque ya está formado la sumaria.
—Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a declarar, sí señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo.
—Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a los autores del crimen. Yo declararé: fue envenenada con una taza de té, lo mismo que el joven.
—Oye, Petronila —dijo a su esposa el de las antiparras— con una taza de té.
—Sí, estoy asombrada —contestó la señora—. ¡Cuidado con lo que fueron a inventar esos malditos!