PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM

PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM

By TIM BENIYORKTechnology
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PODCAST DE TIM BENIYORK EN BENIDORM episodes

  • GACELA DE LA MUERTE OSCURA FEDERICO GARCÍA LORCA
    Gacela de la muerte oscura
    Quiero dormir el sueño de las manzanas
    alejarme del tumulto de los cementerios.
    Quiero dormir el sueño de aquel niño
    que quería cortarse el corazón en alta mar.
    No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
    que la boca podrida sigue pidiendo agua.
    No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
    ni de la luna con boca de serpiente
    que trabaja antes del amanecer.
    Quiero dormir un rato,
    un rato, un minuto, un siglo;
    pero que todos sepan que no he muerto;
    que haya un establo de oro en mis labios;
    que soy un pequeño amigo del viento Oeste;
    que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
    Cúbreme por la aurora con un velo,
    porque me arrojará puñados de hormigas,
    y moja con agua dura mis zapatos
    para que resbale la pinza de su alacrán.
    Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
    para aprender un llanto que me limpie de tierra;
    porque quiero vivir con aquel niño oscuro
    que quería cortarse el corazón en alta mar.
    2 min
  • YO VOY SOÑANDO CAMINOS ANTONIO MACHADO
    o voy soñando caminos
    de la tarde. ¡Las colinas
    doradas, los verdes pinos,
    las polvorientas encinas!...
    ¿Adónde el camino irá?
    Yo voy cantando, viajero,
    a lo largo del sendero...
    —La tarde cayendo está—.
    En el corazón tenía
    la espina de una pasión;
    logré arrancármela un día;
    ya no siento el corazón.
    Y todo el campo un momento
    se queda, mudo y sombrío,
    meditando. Suena el viento
    en los álamos del río.
    La tarde más se oscurece;
    y el camino se serpea
    y débilmente blanquea,
    se enturbia y desaparece.
    Mi cantar vuelve a plañir:
    Aguda espina dorada,
    quién te volviera a sentir
    en el corazón clavada.
    2 min
  • QUIERO DEJAR MIS TEMORES
    Quiero dejar mis temores
    abrazado al olvido,
    salir y atrapar los sueños
    escondidos en la mente,
    desatar las pasiones
    atrapadas en mi pecho,
    y acariciar los secretos
    que aguardan mi silencio.
    Inventarme mil historias
    acompañadas de fantasía,
    y despertar cada mañana
    consumando mis anhelos,
    quiero vencer mis miedos
    con cada uno de mis sueños,
    quiero amar tanto,
    cómo nadie más lo ha hecho...
    1 min
  • VICEVERSA MARIO BENEDETTI
    Tengo miedo de verte
    necesidad de verte
    esperanza de verte
    desazones de verte
    tengo ganas de hallarte
    preocupación de hallarte
    certidumbre de hallarte
    pobres dudas de hallarte
    tengo urgencia de oírte
    alegría de oírte
    buena suerte de oírte
    y temores de oírte
    o sea
    resumiendo
    estoy jodido
    y radiante
    quizá más lo primero
    que lo segundo
    y también
    viceversa.
    2 min
  • POEMA DEL RENUNCIAMIENTO
    Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
    Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar,
    fingiré una sonrisa como un dulce contraste
    del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.
    Soñaré con el nácar virginal de tu frente,
    soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar,
    soñaré con tus labios desesperadamente,
    soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.
    Quizás pases con otro que te diga al oído
    esas frases que nadie como yo te dirá;
    y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
    te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás.
    Yo te amaré en silencio... como algo inaccesible,
    como un sueño que nunca lograré realizar;
    y el lejano perfume de mi amor imposible
    rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.
    Y si un día una lágrima denuncia mi tormento,
    ?el tormento infinito que te debo ocultar?,
    te diré sonriente: «No es nada... ha sido el viento».
    Me enjugaré una lágrima... ¡y jamás lo sabrás!
    3 min
  • EL MONTE DE LAS ANIMAS MIGUEL ANGEL JENNER LECTURA
    La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
    Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
    Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
    Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
    I
    -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
    -¡Tan pronto!
    -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
    -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
    -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
    Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
    Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
    -Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
    Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
    Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
    Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
    La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
    II
    Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
    Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
    Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
    Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
    -Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
    Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
    -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?
    -No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
    El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
    -Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
    Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
    Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
    Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
    -Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
    -¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
    -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
    -Sí.
    -Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
    -¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
    -No sé…. en el monte acaso.
    -¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!
    Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
    -Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
    Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
    -¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
    Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
    -Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
    -¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
    A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
    Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
    III
    Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
    -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
    Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
    Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
    -Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
    Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
    Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
    Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
    -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
    Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
    El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
    Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
    Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
    IV
    Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.
    21 min
  • SOLIDARIDAD CON EL CURA VIVEROS
    2/11/2016.
    A principios de este mes de noviembre, el sacerdote de Viveros (un pueblo de Albacete), ha sido noticia por una pancarta que colocó en la puerta de la iglesia. En dicha pancarta podía leerse un listado de pecados que, según decía la pancarta, “son mortales y nos quitan el derecho a comulgar”. Entre esos pecados estaban “darse a la brujería, espiritismo o adivinación (…), abortar (…), emborracharse, drogarse (…) usar anticonceptivos o cualquier otro medio de impedir el embarazo (…) usar de cualquier modo de la sexualidad fuera del matrimonio, ya sea a solas o con otras personas aunque haya consentimiento, mirar elaborar y difundir pornografía, vivir en pareja sin estar casado (…) favorecer o consentir las deshonestidades sexuales de los hijos”, etc.
    La pancarta generó tal polémica que el cura se vio obligado a retirarla. Sin embargo, debo admitir que no entiendo la polémica y es más, que me posiciono totalmente del lado del sacerdote de Viveros: vaya desde aquí mi total solidaridad con él. Me parece un perfecto ejemplo de coherencia y, al revés, lo que me parece escandaloso es justamente lo contrario: que católicos que van a misa a comulgar lo hagan después de haber practicado brujería, abortar, emborracharse o drogarse, usar anticonceptivos, tener sexo prematrimonial, masturbarse o ver pornografía. No quiero decir que ninguna de las acciones mencionadas me parezca mal (bueno, lo de la brujería simplemente me parece una tontería si se trata de amuletos, conjuros u otras chorradas así, no si se trata de sacrificios, claro). Lo que quiero decir es que si alguien es católico y quiere comulgar en esa religión, efectivamente, no puede hacer nada de eso. Y el cura de Viveros lo que ha hecho es, simplemente, recordárselo.
    A mí no me gusta el fútbol ni me interesa (ni siquiera cuando juega la selección nacional). Pero sé lo suficiente de ese espectáculo o deporte (tengo serias dudas sobre cómo calificarlo) como para comprender que si alguien dice ser del Real Madrid (por decir uno) no puede ir a la peña madridista correspondiente vestido de blaugrana ni entonando el Cant del Barça. Y me parecería estúpido de total estupidez que encima pretendiera ser reconocido y aceptado como un madridista o incluso como el más madridista de todos. A nadie se le obliga a ser del Real Madrid ni de ningún otro equipo. Pero si alguien decide ser de uno, debe comprender que hay una reglas para serlo y que debe cumplirlas, por lo menos si quiere que los demás le consideremos como uno de tal equipo.
    Exactamente lo mismo pienso de cualquier religión. A nadie se le obliga a ser de una religión. A nadie se le obliga a ser católico, protestante, musulmán o budista. Pero si alguien quiere serlo, debe entender que eso implica unas normas que debe cumplir, por lo menos si quiere que los demás le reconozcamos como de esa religión y no de otra o de ninguna.
    Las religiones no son como los clubs de fútbol u otras asociaciones. En teoría, no son construcciones humanas sino productos divinos. La divinidad correspondiente de cada una es la que, siempre en teoría, ha establecido sus normas para pertenecer a ellas. Normas que establecen lo que hay que creer y lo que hay que hacer para ser considerado miembro de esa religión. En el caso del catolicismo, es Dios mismo quien instituye la Iglesia y fija sus normas en los textos sagrados y la tradición, designando también al obispo de Roma como máximo intérprete de dichas normas (y, además, infalible desde el Concilio Vaticano I de 1870). Normas que quedan recogidas, por si hubiera dudas, en el Catecismo de la Iglesia Católica, y ampliadas en las Encíclicas papales.
    Pues bien, todos esos pecados mortales señalados por el sacerdote de Viveros en su pancarta no son sino mandatos de la Iglesia Católica recogidos en el Catecismo y en la doctrina católica oficial. El cura de Viveros no se ha inventado nada. Simplemente ha puesto a la vista de todo el mundo lo que la iglesia católica considera pecados mortales que impiden la comunión en esa iglesia. Esas son las normas de la iglesia católica. Podrán gustarnos más o menos, pero son las que son. Y quien quiera ser católico y comulgar en misa debe cumplirlas. Exactamente igual que el testigo de Jehová no puede comer morcilla porque es pecado en su religión, ni el musulmán comer cerdo porque es pecado en la suya.
    A quienes no somos católicos (gracias a Dios) dichas normas nos son totalmente indiferentes en tanto que no nos afectan. Que los católicos no puedan tener sexo prematrimonial, masturbarse o usar anticonceptivos es asunto suyo y no nuestro. Jamás vamos a obligarles a que hagan nada de eso. Es más, si alguien lo intentara me pondría del lado del católico en la defensa de su libertad de conciencia. Por la misma razón, lo que no es admisible de ninguna forma es que los católicos quieran imponernos a quienes no lo somos sus propias normas religiosas. Podemos convivir en completa armonía creyentes y no creyentes simplemente respetando un marco laico para esa convivencia: la religión y la moral de cada cual se queda en su ámbito privado y no se permite imponerlo a los demás en el espacio público.
    No comparto las críticas de algunos increyentes a las normas religiosas que el cura de Viveros ha explicitado. Ni mucho menos moveré ni un solo dedo por cambiarlas. Lo que cada religión haga de puertas hacia dentro de ella misma me es absolutamente indiferente (siempre que a nadie se le obligue contra su voluntad o mediante engaño). Tan indiferente como lo que puedan hacer con su sexualidad una, dos o varias personas libremente en su intimidad. Me da totalmente igual si alguien se flagela o se dedica a lamer suelas de zapatos de una madame. Evidentemente, tengo mis opiniones y mis juicios de valor sobre todo eso, más si lo hacen en público, y si quiero puedo expresarlas. Pero no pienso convencer a uno de dejar de darse con el cilicio ni a otro de que pare de dar lametones. Allá ellos. Igual que reivindico para mí que los católicos no me digan lo que tengo que hacer, tampoco yo voy a sermonearles a ellos en sentido contrario.
    Pero es que es más. Mi respeto a la iglesia católica implica respetarla tal como es. La iglesia católica es lo que es, igual que el sadomaso es lo que es. Si la iglesia católica dejara de condenar la blasfemia, la homosexualidad, el aborto, el sexo prematrimonial, los anticonceptivos, etc., dejaría de ser la iglesia católica, lo mismo que si los sadomasoquistas dejaran de hacerse daño consentido y se hicieran cosquillas dejarían de ser sadomasos.
    Podría admitir que desde dentro de la iglesia católica hubiera quienes quisieran cambiarla. Que católicos incómodos con lo que iglesia católica es quisieran cambiarla para que fuera de otra forma. El problema es que entonces dejaría de ser la iglesia católica y pasaría a ser otra cosa (mejor o peor, no lo sé, seguramente mejor, pero otra cosa). En cualquier caso, deberán ser los católicos quienes, si quieren, hagan lo que tengan que hacer, pero desde luego, yo como ateo no pienso hacer nada, principalmente por respeto y por no meterme donde no me llaman.
    De todas formas, la polémica suscitada por la pancarta de Viveros no ha venido por el descontento de católicos progresistas que claman contra una iglesia anclada en el pasado y más cerca del concilio de Trento que del Concilio Vaticano II. Principalmente ha venido por parte de todos esos católicos que ni saben lo que fue Trento ni lo que fue el Vaticano I ni el II (que les suena algo eso de la Biblia o el Catecismo pero que no los han leído nunca). Esos católicos “de toda la vida” que, de repente, se han dado cuenta de lo que es ser católico según su propia religión. La pancarta ha servido, cuanto menos, para que se den cuenta de que ser católico no es solo ir a misa en los bautizos, bodas y comuniones o ver los pasos de semana santa. Que ser católico es mucho más y que la inmensa mayoría está a años-luz de estar cumpliendo con las normas mínimas. El ejemplo sería como el madridista “de toda la vida” que, un día, descubre que su equipo viste de blanco y que su estadio se llama Santiago Bernabéu cuando de siempre pensaba que era de otra forma. Pues, ¿qué se pensaban esos católicos que era el catolicismo? ¿Acaso pensaban que en el Catecismo se admite la homosexualidad, el sexo sin reproducción, vivir en pareja sin estar casado o cualquiera de esas cosas que prohíbe la pancarta de Viveros?
    De todas formas, el asunto tiene más enjundia, aunque no sea ahora momento de profundizar en ello. Tiene que ver con lo que llamo “bricorreligión” o “religión a lo Ikea”: la religión a la carta. La tendencia a que cada cual se haga su propia religión. En España por lo menos, no hay católicos (mejor dicho, no tantos como se dice) sino que la mayoría de ellos lo que tiene es su religión particular, hecha a su medida, y por supuesto, una que no le exige muchos sacrificios ni renuncias (y que les permite ver pornografía, masturbarse o usar anticonceptivos, por ejemplo: su dios no les prohíbe eso). Si en vez de en España, culturalmente católica, estuviéramos en los Estados Unidos de América, cada uno de ellos ya habría fundado su propia iglesia (con los beneficios fiscales y económicos que ello conlleva). La cultura protestante de ese país implica un mayor pluralismo religioso y una tendencia a que cualquiera funde su propia religión. Así nacieron en el siglo XIX los testigos de Jehová o los mormones de mano de Charles T. Russell y Joseph Smith respectivamente. Aunque uno era presbiteriano y el otro metodista, decidieron romper con sus iglesias y crear las suyas propias. En España, romper con la iglesia católica y fundar religiones no es tan habitual (quitando a los cismáticos del Palmar de Troya y pocos más). Aquí la tendencia es a decirse católico pero practicar la propia religión, aunque tenga poco o nada que ver con el catolicismo. A lo sumo, se sigue yendo a misa muy de cuando en cuando y a ver procesiones, y poco más.
    Lo que pasa es que la propia iglesia católica tampoco hace mucho ante todo esto. De hecho, el celo del sacerdote de Viveros es la excepción y no la norma. Es más, le conviene hacerlo así. A efectos prácticos, la iglesia católica se conforma ante esto porque prefiere “creyentes no practicantes” (oxímoron donde lo haya) a que se reduzca su peso en las estadísticas. La iglesia católica prefiere que el 70% de la población se declare católica en las encuestas del CIS, aunque el 60% de todos ellos reconozca en la misma encuesta que no va nunca o casi nunca a misa, antes de que ese porcentaje diga no ser católico. Miles de millones de euros del dinero público en subvenciones, exenciones fiscales y otros privilegios económicos dependen de toda esta hipocresía. Y encima se paga con el dinero de todos: creyentes y no creyentes. Ahí estaba el quid de la cuestión. La pancarta de Viveros, simplemente, era mala para el negocio. Porque más de uno podría pensar: si ser católico es eso, conmigo que no cuenten. Yo lo pensé hace mucho.
    http://www.filosofiaenlared.com/2016/11/solidaridad-con-el-cura-de-viveros.html
    14 min
  • CUANDO TRIUNFA LO PEOR DEL SER HUMANO
    El día en que Trump prometió construir un muro infranqueable que separara los Estados Unidos de México proliferaron las opiniones de los más diversos analistas conviniendo en que un loco así nunca podría conseguir no ya la presidencia sino la propia nominación republicana. Y ese consenso se afianzó cuando añadió que expulsaría de golpe a los 11 millones de inmigrantes ilegales que residen en Estados Unidos e impediría la entrada en el país de cualquier musulmán, al margen de su ideología, actividad o procedencia.
    Ilustración: Javier Muñoz
    Ilustración: Javier Muñoz
    El día en que Trump se burló de la condición de héroe de guerra de alguien tan querido y respetado entre los republicanos como el último candidato presidencial John McCain, los conocedores de las pulsiones y entresijos del Great Old Party dieron por finiquitada su aventura política. Y otro tanto ocurrió, a una escala mucho más amplia, cuando arremetió contra los padres del capitán Humayun Khan, muerto en Irak en acto de servicio y condecorado como héroe de guerra, sugiriendo connivencias con el fundamentalismo islámico.
    El día en que Trump se cebó en un reportero con una minusvalía física gran parte de los medios norteamericanos e internacionales llegaron a la conclusión de que un desalmado así no pasaría de la siguiente valla en las primarias. Y esa impresión se generalizó cuando ensalzó el uso de la tortura en los interrogatorios policiales o cuando comenzó a pedir la cárcel para Hillary e incluso a hacer equívocas insinuaciones fronterizas con la incitación a su asesinato.
    El día en que Trump quedó en evidencia como el prototipo del “male chauvinist pig” -ese “cerdo machista” que descarnadamente describe Aaron Sorkin-, al trascender sus comentarios sobre las oportunidades que ha tenido de “coger a las mujeres por el coño”, hasta sus más entusiastas seguidores reconocieron que había traspasado una línea roja que hacía prácticamente imposible que llegara a la Casa Blanca. Nadie tan vulgar y zafio podía tener el voto de las norteamericanas.
    Después de haber presentado a los hispanos como violadores potenciales, a los aliados de la OTAN como cobardes tacaños que se niegan a pagar sus gastos de defensa y a las mujeres acosadas como consentidoras a las que más les vale cambiar de trabajo, en su escalada de lo que Russell Baker bautizó como “imbecilidades extravagantes” sólo le faltaba arremeter contra los gordos. Y también lo hizo. Sólo le faltaba obtener el apoyo explícito del Ku Klux Klan. Y también lo obtuvo, a través de su órgano oficial The Crusader.
    Hasta sus más entusiastas seguidores reconocieron que había traspasado una línea roja que hacía prácticamente imposible que llegara a la Casa Blanca
    ¿Quién podía votar ya por este payaso energúmeno destinado a volver a los programas de televisión de los que nunca debió haber salido? Pues he aquí al nuevo presidente de los Estados Unidos. Una vez más fallaron las encuestas y los expertos: la capacidad de prescripción no estaba en sus manos sino desparramada en unas redes sociales en las que nadie se avergüenza de su radicalismo reaccionario y los robots multiplican el impacto de cualquier disparate precocinado.
    Al ver como todo el mapa de la democracia más poderosa de la tierra iba tiñéndose de rojo, durante la madrugada del escrutinio tuve la sensación de que una enfermedad contagiosa, de la que sólo quedaban preservadas Nueva Inglaterra y la Costa Oeste, se extendía de un estado a otro. Se trata de esa epidemia de intolerancia que periódicamente emerge de la América profunda –la middle América de familia, bandera e iglesia- como respuesta primitiva a los problemas de la sociedad abierta.
    De repente me vino a la cabeza una escena que contemplé hace 36 años durante la campaña electoral del 80 cuando un joven negro que representaba a la candidatura de Ted Kennedy, en plena pugna por la nominación demócrata, fue abucheado en un foro de un pueblecito de Alabama llamado Huntsville. Su gran pecado era haber dicho que la política social del senador por Massachussets era “compasiva” hacia los más necesitados. Recuerdo perfectamente la cara de odio con que un blanco de edad madura con rudo aspecto de granjero le espetó: “¿Igual de “compasivo” que lo fue el senador Kennedy cuando dejó morir a Mary Jo Kopechne en el fondo de un río?”.
    Esta simplificación distorsionada del accidente en el que perdió la vida una de las secretarias de Ted y otros chismes similares sobre los Kennedy que circulaban de boca en boca en ese entorno social, aparecen hoy como un genuino antecedente de las campañas de desprestigio contra los Clinton, impulsadas por la cadena Fox. La misma América que odiaba a los Kennedy hace dos, tres y cuatro décadas, odia hoy a los Clinton. Y por los mismos motivos: su internacionalismo, su afinidad con los intelectuales, sus políticas en defensa de las minorías y en favor de la igualdad.
    La misma América que odiaba a los Kennedy hace dos, tres y cuatro décadas, odia hoy a los Clinton
    Es cierto que las secuelas de la globalización en cuanto a pérdida de empleos industriales, el incremento de la inmigración clandestina y el pánico al islamismo han creado un caldo de cultivo que ha hecho aflorar con más virulencia que nunca el resentimiento hacia el stablishment de Washington. La “maquiavélica” Hillary, como Secretaria de Estado y pretendida sucesora del presidente negro al que se le negaba hasta la condición de norteamericano, era el personaje perfecto para focalizar toda esa inquina. Sólo eso explica que un asunto tan menor como su torpeza al utilizar un servidor privado para sus correos oficiales haya alcanzado dimensiones de escándalo con el FBI por medio.
    El secreto de Trump ha sido saber canalizar, con las burdas pero eficientes técnicas comunicacionales del demagogo sin escrúpulos, ese antagonismo. No hay una fuerza más poderosa que el odio y a quien es capaz de catalizarlo la gente ignorante o mal informada le perdona todo. Como alegó Jonathan Freedland cuando comprobó que ninguna de esas “imbecilidades extravagantes” erosionaba su base electoral, “Trump podría plantarse un día con un rifle y comenzar a disparar en plena Quinta Avenida y la gente seguiría votándole”.
    La perplejidad con que una parte muy importante de la humanidad, para la que los Estados Unidos vienen siendo una referencia desde hace más de dos siglos, ha asistido a este traumático desenlace electoral parecería dar la razón al aserto de Francis Underwood, el cínico protagonista de House of Cards, cuando mirando a cámara dice que “la democracia está muy sobrevalorada”. Los grandes villanos de la política norteamericana –Joe McCarthy, George Wallace, incluso Richard Nixon al tener que dimitir- habían servido para legitimar con sus derrotas o caída en desgracia el carácter virtuoso del sistema. Ahora es como si el mundo se hubiera vuelto del revés y Lex Luthor o el Joker hubieran acabado con Superman o Batman. O para ser más exactos, con Superwoman.
    Es muy significativo que los más entusiastas con la victoria de Trump hayan sido Putin, Erdogan, Marine Le Pen y líderes ultranacionalistas como el holandés Geert Wilders o el húngaro Victor Orban. Era como si estuvieran dando la bienvenida al gran gorila rubio que acaba de estrujar a la detestada hija de puta progresista en una especie de nuevo club de “hombres fuertes”, dispuestos a compartimentar el orden mundial desde la perspectiva de sus respectivos egoísmos nacionales. Algo que desgraciadamente recuerda mucho la proliferación de las dictaduras de los años 30.
    Los otrora civilizados y racionalistas británicos han dado la espalda a Europa, Trump ocupará la Casa Blanca, Leonard Cohen ha muerto y Aute sigue dormido. Hemos entrado de nuevo en un “valle oscuro” en la historia de nuestra civilización. Así se bautizó a aquel periodo de entreguerras en el que bajo una apariencia de normalidad se gestaba la tragedia de los totalitarismos. Recordémoslo si no queremos que la catástrofe se repita corregida y aumentada. O la causa de la libertad es capaz de batirse en retirada y organizar con eficacia las bases de su resistencia frente a esta avasalladora crecida populista o un mundo mucho más peligroso y desde luego bastante peor emergerá bajo el nuevo diluvio.
    10 min
  • Nunca más. Charlas de pseudociencia en lugares públicos
    Una de las obligaciones de las entidades locales es promover la cultura en los municipios, cuidar esos tesoros que llamamos bibliotecas, organizar conciertos, exposiciones y conferencias. Los recursos son limitados así que siempre toca elegir y por eso en ocasiones se recibe gustosamente a quien propone una conferencia gratuita, solicita un local público y pide difusión de los actos.
    El problema es que bajo ese paraguas de cooperación, incremento de la oferta y apertura al mundo se cuelan personas e ideas que tienen un efecto nocivo y en algunos casos las instituciones locales no están suficientemente alerta. Si alguien presenta una conferencia promoviendo el maltrato a las mujeres, la discriminación de las minorías o la desatención de los niños, montaríamos en cólera y a ningún responsable se le ocurriría colaborar pero ¿qué pasa cuando alguien dice que el cáncer no existe o es culpa de un conflicto que tuviste con tus padres, que el SIDA no existe y lo han inventado las compañías farmacéuticas, que el autismo se cura con una planta o que las vacunas, en realidad el mejor invento de la humanidad, son la causa de cualquiera de estas enfermedades y trastornos?
    Quiero pensar que muchos alcaldes, concejales y técnicos de cultura rechazan estas ofertas y no nos enteramos del riesgo corrido pero constantemente aparecen anuncios de charlas de curanderos peligrosos como Josep Pamiès, Andreas Kalcker y otros, en ciudades y pueblos de nuestro país. En esos casos, junto con otros científicos, profesores, médicos, farmacéuticos, enfermeros, estudiantes y varias asociaciones comprometidas escribo al ayuntamiento o al alcalde y le ruego que cumpla su obligación, que es proteger a sus vecinos. En la gran mayoría de los casos, preguntan, se informan y se suspende el intento de timo pero hay algunos tristes ejemplos donde mantienen la conferencia y dan respuestas como las siguientes:
    No es cosa nuestra. Señor alcalde, son sus instalaciones, muchas veces aparece el escudo o logo de su ayuntamiento y tampoco es raro que algún responsable, el alcalde o un concejal, presente el programa, intervenga en el acto inaugural o aparezca en una foto con el conferenciante. Si no tiene nada que ver, no consienta nada de esto, ni sus instalaciones, ni sus logos, ni su nombre, ni los responsables políticos deben ir asociados a una actividad peligrosa y fraudulenta.
    No hemos tenido nada que ver. No puede haber dejación de responsabilidades. Hay una serie de personas e instituciones en cada provincia y comunidad autónoma que tienen obligaciones con temas como el fomento de la salud pública o la protección de los consumidores. Hay demasiados casos que parecen una dejación de funciones y es necesario exigir responsabilidades a quien cobra por ejercer esa función y no hace nada al respecto en estos casos donde los consumidores son engañados (los productos que les venden no tienen las propiedades con que los presentan), se incumple la ley (la policía y la guardia civil también deben vigilar esto) y la salud de la población se pone en riesgo con cosas como abandono de tratamientos médicos o consumo de productos tóxicos prohibidos.el-factor-sorpresa1
    Solo dejamos un local. Esto es una forma de colaboración y financiación. Ese local tendrá unos gastos de personal, calefacción, luz, limpieza… Usted los pone al servicio de intereses privados, que venden sus productos, promueven sus falsas terapias y consiguen difusión y clientela gracias a su colaboración.
    Es una forma de incrementar la oferta de charlas. La oferta cultural se debe incrementar en calidad y no admitiendo lo que sea. Hay muchos investigadores, profesores, escritores, artistas que están dispuestos a dar una charla si usted contacta con ellos. ¿Por qué hacerlo con alguien que pone en riesgo la salud de sus vecinos? ¿Su nivel de actividades es tan penoso que acepta lo que sea?
    Es por la libertad de expresión. La libertad de expresión es un derecho constitucional y un aspecto clave de la democracia. Pero todas las constituciones, la nuestra también, aclaran que debe hacerse respetando los derechos de las personas; es decir, la libertad de expresión no es una patente de corso para mentir, engañar y timar. La Declaración de los Derechos Humanos deja muy claro el derecho a la vida y el derecho a la salud. El artículo 42 de la Constitución establece:
    Se reconoce el derecho a la protección de la salud.
    Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto.
    Los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte
    El que colabore con la charla de un farsante donde se difunde información errónea y peligrosa, está incumpliendo en mi opinión los tres apartados del artículo. Si tenemos a un señor con un sobre lleno de estampitas que nos quiere vender ¿eso que hace es libertad de expresión?
    Es un acto libre. También es un acto libre fumar o beber alcohol pero desde el servicio público intentamos implementar políticas que lo eviten, que lo disminuyan. Aunque haya también vergonzosas excepciones, no apoyamos a quien hace apología del consumo de drogas, las prácticas sexuales de riesgo o cualquier otro tema que acorte la vida de nuestros conciudadanos.
    Es gratuito. Muchas veces no es cierto. Se piden «donaciones» a la entrada, ayudas para gastos de viaje, se venden libros, remedios, cursos… ¿Controla el ayuntamiento a dónde van esos fondos que se recaudan en un local suyo? ¿Controla que se hagan las retenciones que indica nuestro ordenamiento jurídico? ¿Colabora su ayuntamiento en el movimiento de dinero negro?
    No es para tanto. Esto es lo que más me indigna. Pau tenía seis años el 27 de junio de 2015 cuando murió en Girona de una infección de difteria. Murió porque sus padres no le habían vacunado, porque creían las cosas que cuentan estos curanderos, porque habría responsables que miraron y miran para otro lado cuando los niños no son vacunados o cuando dicen que las vacunas son más peligrosas que no vacunarse. Cuando murió, todo eran llantos y que qué pena pero ¿qué hacemos para que no vuelva a suceder? ¿qué hace usted para que no vuelva a pasar? Yo haré todo lo que pueda para que nunca más un niño muera por culpa de la ignorancia de unos, la codicia de otros y la complicidad por omisión de unos terceros. Nunca más.
    Intento con esta carta no tener que «empezar» cada día. Pienso mandarla por correo, fax o mail a cualquier ayuntamiento y alcalde que ayude a estos desaprensivos. También la enviaré si no hay respuesta a la oposición de cada sitio porque no todos son iguales y quiero que en cada localidad sepan quién está a favor de la gente y quién a favor de los que se aprovechan de la gente. Agradeceré a cualquiera que me ayude a completarla y mejorarla. Si usted comparte estas ideas es libre de usarla, más aún, por favor úsela. La causa merece la pena.
    9 min
  • NO TE RINDAS MARIO BENEDETTI
    No te rindas, aun estas a tiempo
    de alcanzar y comenzar de nuevo,
    aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
    liberar el lastre, retomar el vuelo.
    No te rindas que la vida es eso,
    continuar el viaje,
    perseguir tus sueños,
    destrabar el tiempo,
    correr los escombros y destapar el cielo.
    No te rindas, por favor no cedas,
    aunque el frio queme,
    aunque el miedo muerda,
    aunque el sol se esconda y se calle el viento,
    aun hay fuego en tu alma,
    aun hay vida en tus sueños,
    porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,
    porque lo has querido y porque te quiero.
    Porque existe el vino y el amor, es cierto,
    porque no hay heridas que no cure el tiempo,
    abrir las puertas quitar los cerrojos,
    abandonar las murallas que te protegieron.
    Vivir la vida y aceptar el reto,
    recuperar la risa, ensayar el canto,
    bajar la guardia y extender las manos,
    desplegar las alas e intentar de nuevo,
    celebrar la vida y retomar los cielos,
    No te rindas por favor no cedas,
    aunque el frio queme,
    aunque el miedo muerda,
    aunque el sol se ponga y se calle el viento,
    aun hay fuego en tu alma,
    aun hay vida en tus sueños,
    porque cada dia es un comienzo,
    porque esta es la hora y el mejor momento,
    porque no estas sola,
    porque yo te quiero.
    3 min

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