EL SUTIL MUNDO DE LOS OLORES
Hace mil años el mundo era muy diferente al actual, también para nuestra percepción sensorial.
Un paisaje sin aviones, coches y sin industria.
Bill Hansson es el director del Instituto Max Planck de ecología química.
En su obra, trata de explicar cómo perciben el entorno el resto del reino animal y vegetal.
La contaminación del Antropoceno ha cambiado las dinámicas químicas entre los ecosistemas animales y vegetales.
El olor es algo multidimensional.
Cuando pensamos en ver o escuchar se emplea el mismo tipo de onda.
En cambio, para el olor, cada molécula es diferente y única.
Tenemos cerca de 400 receptores en la nariz para oler.
Pero se pueden combinar de millones de maneras.
La neurociencia todavía sigue estudiando este complicado proceso.
Sabemos que el epitelio olfativo es un lugar donde el sistema nervioso se conecta directamente con el entorno.
Sus millones de células receptoras de la mucosa, captan la información en forma de señal química.
Luego, se vuelve eléctrica y viaja a través de los nervios olfativos hasta el cerebro.
Después llega al siguiente nivel, el sistema límbico, donde está el hipocampo.
Una parte que es esencial para evocar recuerdos.
También se cruza con la amígdala, una estructura implicada en las emociones.
Como resultado, se crea un vínculo profundo entre el olor y los sentimientos.
El olfato es un sentido muy antiguo, posiblemente fue el primero que tuvimos.
Por lo que está conectado a muchas funciones.
Sin embargo, el olor es primordial en la mayoría de las especies.
Existen animales con un sentido del olor mil veces más sensible que el nuestro, por eso lo interpretan de una manera diferente.
Por ejemplo, imagina que paseas con un perro por un parque.
Puede que, para nosotros, el recorrido resulte aburrido.
En cambio, para el perro es una paleta de matices.
Con su nariz desarrollada puede detectar a otros animales y captar muchos olores distintos.
Nuestro cerebro no alcanza a entender su percepción sensorial.
Por eso, hay especies que huelen algo sumergido a 20 metros bajo el agua.
Incluso, una polilla puede detectar concentraciones diminutas de un azucarillo diluido en una jarra.
Los pájaros y los peces utilizan el olor como referencia para desplazarse.
Esto se llama convergencia, en términos evolutivos.
Seguramente, esta habilidad procede de diferentes puntos de partida en las especies pero su función se ha vuelto similar.
Al fin y al cabo, es captar moléculas rápidamente para interpretarlas en el cerebro y reaccionar ante el estímulo.
Los olores nos facilitan acceder a partes de la memoria donde almacenamos los recuerdos olvidados.
Es más, los olores nos pueden trasladar a otros lugares sin movernos.
A la hora de describir una fragancia solemos usar comparaciones.
Huele a plátano o parecido a la vainilla, por ejemplo.
Sin embargo, hay tribus nativas, como las de Malasia, que tienen palabras específicas para ciertos tipos de olores importantes para ellos.
Por ejemplo, para avisar de la presencia de tigres a través de su orina.
No tienen tiempo a decir: huele a tigre.
Por eso, emplean un vocabulario específico para los olores, para saber que tienen que huir de allí.
Durante la pandemia de covid 19 se empezó a hablar de la anosmia, la pérdida total del olfato.
Significa mucho para la calidad de vida, ya que, al alterarse, también perdemos sabor.
El olfato es primordial para los placeres y las interacciones humanas.
Cuando se convive con otras personas, el olor se funde en un aroma común.
Ese vínculo químico nos hace sentirnos seguros y queridos.
Las enfermedades neurodegenerativas afectan a este sentido y pueden hacer que lo perdamos.
Es una señal que se utiliza como un diagnóstico precoz del alzhéimer o el párkinson.
Ya que hay una relación entre los nervios olfativos sensoriales y el líquido cefalorraquídeo.
El olfato es un indicador de peligro.
Nos ayuda a saber si un alimento está podrido, a detectar humo o un escape de gas.
La industria del perfume se afana en seducirnos con sus fragancias.
Es una tradición milenaria en lugares como la India, Egipto o Mesopotamia.
Llegó a su apogeo en el siglo 18 de la mano del rey francés Luis 15 y Madame Pompadour.
Los nobles intentaron diferenciarse de la gente del pueblo, empleando fragancias caras.
Fue el origen de la industria del perfume.
Con todo, el ser humano es complejo.
Hay vendedores que intentan engañarnos, ofreciéndonos feromonas artificiales por internet para atraer a las personas que nos interesan.
La realidad es que se necesita mucho más que un olor agradable para lograr eso.
El sector de los videojuegos y de la realidad aumentada ya planea incluir el sentido del olfato en sus productos.
El olor de un coche, un libro o una panadería nueva, son parte del marketing sensorial.
Una experiencia inmersiva completa mediante realidad virtual no tardará en involucrar a nuestro sentido más primitivo.
El que les hará llegar al siguiente nivel.
Serán los olores del futuro.