Lo supe la primera vez que la vi.
Me atrajo desde siempre. Era de colores. Era diferente al resto. Me gustaba su sonido y el modo que tenía de hacer sonar el suelo que pisaba cuando te balanceabas en ella. No sin cierto resquemor por parte de mi abuela, “era de la Bisa Naya que la trajo de allí al regresar”, conseguí que se viniera conmigo.
A pesar de los años pasados, muchos, me sigo dejando llevar por su cadencia, su movimiento y su vaivén y es que siempre, más pronto que tarde, cuando te meces con ella las paredes desaparecen y comienzas a sentir una brisa cálida mezclada con sal y espuma, acompañada de unos sones de azúcar con sabor a fruta a madura.
Es mágica, lo supe desde el principio…