Poesía a domicilio

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By Yéiber RománArtsBooks
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Poesía a domicilio episodes

  • 10. «Planes de futuro», de Rosa Berbel
    Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
    que nos hace pagar las facturas,
    llegar a fin de mes,
    tener eso que llaman dignidad
    y que se siente igual que la tristeza.
    Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
    pero ante el mar soñamos
    un milagro:
    nuestra ropa en la arena como entonces
    y quedarnos así a la intemperie, uno
    enfrente del otro,
    con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
    con esta luz precaria,
    con un amor que existe y no nos basta.
    Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
    que gritan y que lloran
    porque la arena está demasiado caliente,
    porque nosotros discutimos,
    porque no hay nada aquí que nos divierta.
    Tenemos casa, hijos y demasiado miedo
    a la muerte, a los contratos temporales,
    como la gente normal, miedos
    de gente feliz, miedos felices,
    como este insomnio dulce de los días
    antiguos o esta nostalgia común
    y rutinaria.
    Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
    no cogemos aviones
    porque hemos olvidado
    cómo decir te quiero en otras lenguas,
    la violencia del viaje,
    cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
    donde nadie nos llama por las noches.
    Tenemos cuarenta años y una vida feliz
    feliz sin contratiempos,
    una vida segura,
    equilibrada.
    Pero después del amor, de la rutina,
    la propiedad privada y el verano,
    la realidad regresa
    inconformista.
    2 min
  • 9. «Nueve», de Gabriela Rosas
    Los blandos se queman por dentro
    muerden sus labios
    viven de emociones
    de noche sueñan que otros blandos existen
    los más experimentados se disfrazan
    siempre
    pero su máscara no los habita
    un blando sin su máscara
    es una cena perfecta
    los blandos llevan los labios húmedos
    cuerpos incendiarios
    besos que suman a la vida
    años en cada recuerdo
    los blandos se castigan ellos mismos
    para evitar que el resto duela
    son más ridículos con la ropa puesta
    ellos saben que la ropa es ridícula
    y todo el mundo sabe que algo les duele
    leen libros duros
    y cuando cierran los ojos no encuentran
    noche
    los blandos tiran piedras
    queman cauchos dentro de sus ojos
    y agotan sus tímpanos
    intentando escuchar el amor.
    2 min
  • 8. «Sé del mar reventando contra un muro», de Cristina Gutiérrez Leal
    Sé del mar reventando contra un muro
    cómo me asusta cuando levanta demasiado su oleaje
    cuando enfría sus aguas y es imposible.
    Sé de gente buena acodada en puentes
    contemplo sus miradas cristalinas y la mía se envidria
    me siguen enfermando mis ojos litorales
    mis costas.
    He visto desde un balcón
    un río que divide tres países
    abrí ya muchas veces mi puerta para saludar desconocidos
    ya estiré una nueva lengua
    ya me senté lo más al norte posible
    ya estuve en la última calle de un país
    ya fui todo lo insular que pude
    ya he puesto toda mi fe en un viaje
    ya he querido volver y abrazar
    corro tras un nuevo paisaje que se alborote en mis ojos
    vivo huyendo de este lugar que soy
    pero el desarraigo no me cura
    no me cura.
    2 min
  • 7. «Gangrena», de Rubén Darío Carrero
    Parece un domingo, todo está cerrado
    y conversamos
    para escuchar que estamos vivos.
    Las conversaciones sobre Dios,
    sobre el yogurt con aceitunas
    y los dolores en la espalda
    encerrados en la casa.
    María Fernanda me mira y sonríe
    con sus labios incurables por la diabetes
    y el miedo a las manchas en las piernas.
    Olvidamos a Dios y la parcialidad de sus ojos
    la primera vez que conversamos sobre la gangrena.
    «La insulina llegó ayer de Colombia». Así volvimos al lenguaje.
    La frase palabrea como el sonido de una sílaba
    y la pierna hormiguea como la mordida de un león.
    Las conversaciones son el futuro
    porque el mundo está en otra parte.
    Las manchas desaparecen con el ungüento
    de las farmacias en los mapas
    porque aquí no pasa el día
    y todo es una espera, un caballo, una encomienda.
    Hoy tampoco llegan los barcos de Indonesia.
    Conversar con María Fernanda es un día
    con los pies sobre la tierra
    y Dios sabe a yogurt en las conversaciones
    sobre la gangrena.
    2 min
  • 6. «VI», de Rodrigo García Marina
    Nota de autor: leer este poema en presente simple del indicativo
    ahora es tan doloroso que espanta
    mi abuela toma flores y recetas de homeopatía que probablemente
    le curen la demencia senil le devuelvan la vida, hace una dieta
    estricta, su homeópata –debe ser un artista–
    se ha montado un gran negocio
    como un liquen adherido a sus escamas: vive de ella
    mi abuela vive de hacer que recuerda
    es mi persona favorita a veces sin quererlo
    mientras leo a Herta Müller mascullo su nombre.
    1 min
  • 5. «Ars poética», de Rafael Cadenas
    Que cada palabra lleve lo que dice.
    Que se a como el temblor que la sostiene.
    Que se mantenga como un latido.
    No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
    añadir brillos a lo que es.
    Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir la verdad.
    Seamos reales.
    Quiero exactitudes aterradoras.
    Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
    palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.
    Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame
    la impostura, restrégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
    Enloquezco por corresponderme.
    Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.
    2 min
  • 4. «La fiesta», de Arturo Gutiérrez Plaza
    La fiesta se apagó temprano.
    Fui por hielo y al volver
    todos habían desaparecido.
    Los vasos a medio tomar
    apenas estaban fríos.
    La música sonaba distante.
    Nunca supe dónde,
    pero sonaba.
    La podía escuchar
    junto a las voces de mis amigos.
    ¿Pedro, qué te hiciste?
    Un cartel al fondo
    prohibía las despedidas.
    El hielo se hizo agua
    y nadie llegó.
    Yo sabía que estaban escondidos.
    ¿Eduardo, dónde te has metido?
    De niños correteábamos sin que nos vieran
    y, por ser tímidos, en las fiestas
    nos resguardábamos del bullicio.
    ¿Qué hubo cambiado
    desde entonces?
    Ya saldrán,
    no me afanaré en buscarlos,
    ni debajo de las camas,
    ni en los húmedos rincones
    donde jugábamos con las hormigas.
    Federico, de ti no he sabido.
    Ya volverán.
    La música sigue a lo lejos,
    allá, allá va, callada, casi, pero aún suena.
    Tal vez, escuchándola,
    se perdieron o quedaron dormidos.
    Pronto vendrán.
    Entretanto, no hurgaré,
    no descubriré sus escondites.
    Los dejaré tranquilos.
    Nadie dirá adiós.
    Ya vengo, volveré con más hielo,
    prepararé sus bebidas.
    2 min
  • 3. «La ética y la muerte», de Sharon Olds
    No es algo malo su muerte.
    Ni bueno, ni malo.
    Queda fuera del mundo moral.
    Cuando las enfermeras vacían la bolsa del catéter
    y vierten el fluido ámbar y pálido
    en una taza para medir, no hacen
    algo bueno ni malo: es sólo
    su cuerpo. Incluso cuando el dolor
    crispa su rostro, su boca
    cuando hace un chasquido,
    su quijada al contraerse,
    no son malos, no hay alguien haciéndoselo,
    no hay culpa, ni vergüenza:
    sólo placer o dolor. Es el mismo reino
    del sexo, de los impulsos nerviosos,
    un reino sin iglesia, en él lo besamos,
    en él acariciamos su cabello pringoso,
    su mujer y yo,
    una a cada lado, secando restos
    de saliva en sus labios blancuzcos.
    Su cuerpo nos siente atenderlo
    fuera del mundo de la moral,
    como si le hiciéramos el amor en un bosque,
    escuchando desde una pradera remota
    los cánticos distantes de una asamblea:
    gotas más pequeñas que las más pequeñas gotas de rocío
    cubren su cuerpo cuando nos inclinamos a tocarlo.
    2 min
  • 2. «Me perseguían en las sombras», de Francisco Pérez Perdomo
    Con sus caras de perro
    y sus brazos de serpientes
    me perseguían en las sombras.
    Allí ululaban como un viento maligno.
    Un ruido aciago
    con furor penetraba en mis oídos
    y atrozmente me torturaba.
    Se enardecían mis terrores atávicos.
    La cabeza me empezaba a dar vueltas
    perdida en el espacio,
    giraba sin control
    aturdida por aquellas bestias de tinieblas.
    Dentro de mí
    me confinaban en una tierra desolada.
    1 min
  • 1. «Adiós», de Arturo Gutiérrez Plaza
    Cuando dices «adiós» no escucho una palabra,
    veo un muñón macerado
    largamente,
    hasta humillar
    en cartílagos los huesos.
    Siento un dolor escondido
    y perdido en el aire
    como el de un brazo o una pierna
    que de pronto ya no está,
    pero insiste en su cosquilleo.
    No, no escucho una palabra
    ni me hallo en un lugar gentil,
    dispuesto para aliviar tronchaduras.
    Me arrastro hacia el descampado.
    Cuando dices «adiós»,
    una abrupta amargura toma mi garganta
    y me impide gritar
    mientras me veo en las pupilas de los ahogados.
    Entonces, solo entonces,
    como si un pelotón acorazado
    hubiese aplacado la insurrección de mis sentidos,
    me entrego a la derrota y vuelve la calma.
    Solo entonces escucho tu amable renuncia.
    2 min

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