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Haz la prueba. En tu próxima reunión de amigos o amigas, saca el tema de las cicatrices. No tardará en encenderse la conversación. Verás lo que sucede: uno recordará cómo se cayó de la bicicleta, otra contará con nostalgia cómo fue su primera cirugía, alguien más relatará una pelea, una operación o una caída accidental. Las cicatrices activan historias. Algunas se cuentan con orgullo, otras con vergüenza, algunas con humor y otras con un nudo en la garganta.
Teléfonos inteligentes, autos, computadoras… todos ellos salen de fábrica listos para cumplir su función. Tienen todo lo necesario desde el inicio. Pero vivimos en un mundo que adora los accesorios: fundas, protectores, apps extra, gadgets, cobertores, adaptadores. Una industria multimillonaria gira en torno a lo que le puedes agregar a lo que ya era funcional.
Para mí, la cebolla es uno de los vegetales más misteriosos que existen. Todos tenemos alguna experiencia con ella en una sopa, en una carne asada con los amigos, en una hamburguesa o lo más lejos que se pueda. Hay quienes la aman y la comen en cualquier forma: cruda, cocida, asada. Otros no la soportan ni aunque se las sirvan con los ojos cerrados. Tiene esa dualidad extraña: tan cotidiana, pero tan polarizante.
Cuando era niño, mi padre solía llevarnos en vacaciones a un pequeño poblado entre las montañas, donde él mismo vivió su niñez. Era un lugar sencillo, rodeado de naturaleza, con un aire limpio y una sensación de libertad difícil de explicar. Lo más imponente del paisaje era una montaña lejana llamada El Fraile. Mis hermanos mayores, siempre curiosos, soñaban con alcanzarla.
Tengo un amigo que me está ayudando a entrenar para una carrera de larga distancia. Sería un gusto enorme poder correr con él, compartir las rutas y aprender de su experiencia en persona. Pero hay un pequeño detalle: vivimos a más de 4,000 kilómetros de distancia. Así que toda nuestra relación de entrenamiento ocurre por mensajes de texto.
Hace poco nos reencontramos con una pareja de amigos a quienes no veíamos desde hacía más de cinco años. Fue un encuentro lleno de risas, recuerdos y largas conversaciones. Hablamos de la familia, del trabajo, de los cambios en nuestras vidas y también de los sueños que aún están en proceso. En medio de una charla, surgió el tema de la Torre de Pisa.
Hace poco mi esposa y yo visitamos a una increíble pareja de amigos, que tiene una panadería y cafetería muy querida e influyente en su comunidad. Llegamos a las 9 de la mañana, sintiéndonos tempraneros, el olor del pan recién hecho se colaba por todas partes. Era imposible no sentirse atraído por las vitrinas repletas de croissants brillantes, bollos rellenos, las solicitadas chapatas, y los deliciosos pastelillos mil hojas, Una fiesta para los sentidos en la gran variedad de mas de veinte diferentes tipos de pan
Hace un tiempo, una amiga decidió hacer un experimento. Se propuso pasar un día entero enfocándose únicamente en lo bueno que tenía en su vida, sin quejarse de nada. Lo llamaba "El reto de la gratitud."
Hace unos años, tenía una computadora vieja que me había acompañado por mucho tiempo. Conocía exactamente cómo funcionaba, dónde estaban los programas, cómo manejar su lentitud y hasta cómo solucionar sus fallos. En varias ocasiones un amigo se ofreció a repararla y funcionaba por unas semanas y volvía a fallar.
Desde pequeños nos enseñan a ser amables, a decir "sí" cuando alguien nos pide ayuda, a evitar conflictos. Crecemos creyendo que aceptar todo nos hace mejores personas. Pero con el tiempo, descubrimos que decir "sí" siempre, sin límites, puede costarnos demasiado.
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