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Or


Estaba admirando unos árboles y flores que no son comunes en mi país. Eran diferentes, llamativas, realmente hermosas. Un amigo que vive en esa zona se acerco y me dijo: “Hay cosas que son solo para admirarse”.
Y me habló de una en particular. Una flor que le gusta ir a ver al campo, precisamente por su belleza. No la corta. No intenta llevársela. Hace el recorrido solo para verla ahí, en su lugar.
Una persona me contó que una vez iba caminando en el campo.
De pronto, al pasar debajo de un árbol, sintió un golpe fuerte en la cabeza.
Inmediatamente sintió cómo algo le escurría… en gran cantidad.
Se llevó la mano a la cabeza… y sintió líquido. En ese momento pensó lo peor: “Estoy sangrando… ¿qué me pasó?… ¿qué hago?… ¿a dónde voy?, me voy a desangrar”
Hace un tiempo, mi esposa y yo visitamos a unos amigos en una ciudad de playa.
Íbamos con una idea muy clara en mente: ver una puesta de sol espectacular.
De esas que pintan el cielo de naranja, rosa y dorado.
De esas que parecen sacadas de una postal.
El primer día… el cielo se nubló.
“Bueno”, dijimos, “mañana será mejor”.
Si alguna vez has prendido una fogata o preparado carbón para una carne asada, sabes que hay un pequeño secreto: soplar.
Cuando el carbón apenas está encendiendo, un poco de aire ayuda a que la brasa respire. Soplas suavemente… y la llama aparece.
¿Has notado lo fácil que es acostumbrarte al clima?
Cuando te mudas a una ciudad nueva, al principio todo te parece extremo: mucho calor, mucho frío, mucha humedad. Pero con el tiempo, tu cuerpo se adapta. Hasta que vuelves a viajar… y entonces recuerdas lo diferente que era.
Estábamos en un convivio familiar, de esos con ruido de platos, risas de fondo y niños corriendo por todos lados. En un momento de descanso me acerqué al pequeño hijo de uno de mis sobrinos —un chiquitín de apenas tres años— y caminamos juntos hacia una fuente que había en el jardín.
Todos hemos pasado por eso.
Caminas tranquilo por casa, distraído, quizá pensando en otra cosa… y de pronto —¡zas!— te golpeas el dedo pequeño del pie con la esquina de un mueble.
No hay aviso, no hay defensa posible. Solo un dolor punzante, breve pero intenso, que logra lo que pocas cosas consiguen: ¡captar toda tu atención!
Por años se ha creído —y en una versión moderna se intenta imponer— la idea de que la ciencia y la fe están en conflicto. Que hay que elegir entre creer en Dios o confiar en la razón, entre tener fe o aceptar la evidencia. Pero en realidad, no es así. Sirva este episodio para verlo desde otra perspectiva.
En casa tenemos una mascota.
Se supone que es mía, aunque, siendo sinceros, mi esposa es quien más la atiende, le da de comer y se preocupa por su bienestar. Llegó a nosotros de una forma interesante. Una noche de lluvia, al regresar a casa, lo encontramos ahí, justo en la puerta. Pequeño, callado, pensé que buscaba refugio.
Salí a correr un día como parte de mi entrenamiento. Era un circuito largo, de varios kilómetros, y esa mañana todo parecía fluir bien. Llevaba un ritmo constante, respiraba sin esfuerzo, mis piernas respondían y mi mente iba enfocada. Esa sensación de ir bien, de sentirte ligero y avanzar sin detenerte, es difícil de describir.
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