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Todos hemos despertado alguna vez con lagañas en los ojos. Son incómodas, a veces molestas, pero en realidad cumplen una función importante.
Mientras dormimos, los ojos siguen trabajando. Las lagañas son una mezcla de lágrimas, polvo, grasa y células que el cuerpo acumula para proteger y limpiar los ojos. En otras palabras, son parte natural del proceso de defensa y limpieza.
Asistí a un taller en un parque con un arborista, un experto en árboles. Entre muchas cosas interesantes, explicó algo que me llamó mucho la atención.
Dijo que, en un campo abierto, las ramas de un árbol suelen ser proporcionales a sus raíces. Es decir, si las ramas se extienden cuatro metros hacia afuera, probablemente las raíces también se extiendan una distancia similar por debajo y alrededor.
En un viaje por carretera pasé por varios pueblos de los que yo les llamo pueblos “de suspiro”. De esos donde entras, ves un letrero de bienvenida… y en lo que dura un suspiro ya estás viendo otro letrero que dice: “Gracias por su visita”.
Pueblos pequeños. Tranquilos. Callados.
En uno de ellos decidimos detenernos buscando una cafetería. Queríamos tomar café, descansar un poco y seguir el camino. Preguntamos a un hombre que estaba en la calle y nos respondió con mucha honestidad: “Eso aquí no lo van a encontrar… búsquenlo en una ciudad cercana”.
Conocí a un anciano que trabajó para el ejército de Estados Unidos. Durante muchos años fue mecánico de aviones y estuvo en el ejército durante la Guerra de Corea.
Un día le pregunté si recordaba algún combate o alguna experiencia extraordinaria de la guerra.
Me respondió algo que me sorprendió:
“No. Nunca fui al combate. Dios no me lo permitió”.
Es encantador ver un árbol floral.
Siempre me ha llamado la atención caminar por la calle y ver a los que conocemos como “perros callejeros”. Sé que para algunos esto puede sonar duro, pero en muchos lugares la realidad es evidente: hay gente irresponsable que abandona perros en la calle. Algunos son rescatados a tiempo, otros desafortunadamente mueren, y otros logran sobrevivir deambulando por las calles.
En una ocasión compré un pequeño kit de desatornilladores. La persona que me lo vendió me dijo que eran muy exclusivos, diseñados para tornillos raros, especiales, poco comunes. Me pareció interesante, así que lo compré.
En una temporada de mi vida viví en una zona semidesértica. Algunos, en tono de broma, le decían “la tierra de la tierra”, porque había polvo, resequedad y mucho terreno abierto. La propiedad era grande, y de alguna forma había que delimitarla para evitar la intrusión de personas o animales.
Escuché la historia de un grupo de niños que como premio fueron llevados a conocer la playa. Llegaron de noche. No sabían exactamente dónde estaban. Solo sabían que era un viaje especial. Los hospedaron en un hotel con vista al mar… aunque ellos aún no lo sabían.
A la mañana siguiente, uno de los pequeños despertó, se acercó a la ventana… y se encontró con algo completamente nuevo. Agua. Muchísima agua. Hasta donde alcanzaba la vista. No tenía referencia. No sabía lo que estaba viendo.
Hay una clase de árboles a los que les llaman “caminantes”.
Son árboles costeros, conocidos como mangle rojo.
Y aunque parezca increíble… con el tiempo pueden moverse.
No es un cambio brusco. No es de un día para otro.
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