En el Bosque de las Encinas vivían muchos animales: conejos, ardillas, ciervos, pájaros de todos los colores y un oso que se pasaba el día durmiendo. Todos se llevaban bien, se ayudaban y compartían la comida.
Todos menos Renato, el zorro.
Renato no era malo. Era listo. Tan listo que había aprendido a mentir mejor que nadie. Y con sus mentiras conseguía todo lo que quería.
Un lunes le dijo a la ardilla Nora:
—Nora, me ha dicho el oso Bermejo que puedes coger todas las bellotas que quieras de su árbol.
Nora, encantada, fue a coger bellotas. Cuando el oso se despertó y la vio, se enfadó muchísimo. Mientras discutían, Renato se llevó las bellotas que Nora había dejado en el suelo.
Un martes le dijo al conejo Dimas:
—Dimas, he visto un campo enorme de zanahorias al otro lado del río. ¡Enormes, enormes!
Dimas cruzó el río nadando y no encontró ninguna zanahoria. Cuando volvió, empapado y triste, Renato se había comido la merienda que Dimas había dejado en su madriguera.
Un miércoles le dijo a la cierva Luna:
—Luna, la lechuza Olivia ha dicho que tu cornamenta es ridícula.
Luna se enfadó con Olivia. Olivia no entendía nada. Y mientras las dos discutían, Renato dormía la siesta tranquilamente en la roca favorita de Luna.
Renato se reía de sus propias trampas. «Soy el animal más listo del bosque», pensaba.
Pero un jueves todo cambió. Renato tenía hambre y frío. Intentó pedir ayuda.
—Nora, ¿me prestas unas bellotas? Tengo mucha hambre.
—No me fío de ti —dijo Nora—. Siempre mientes.
—Dimas, ¿puedo dormir en tu madriguera? Hace mucho frío.
—No —dijo Dimas—. La última vez que te hice caso acabé nadando en un río helado.
—Luna, ¿me dejas descansar en tu roca?
—Ni hablar —dijo Luna—. Tú solo traes problemas.
Renato se quedó solo, con hambre y con frío. Y por primera vez, sus mentiras no le servían de nada.