La historia de Pepe Méndez es la de una vida de superación constante. Este expolicía, rescatador de montaña en el GREIM y empresario compartió su testimonio en el programa 'Herrera en COPE', donde relató cómo es vivir con el síndrome de Tourette, una condición que no le fue diagnosticada hasta pasados los 40 años. Ahora, se prepara para su próximo gran reto: cruzar a nado los 31 kilómetros del río Ebro el próximo 4 de julio.
El diagnóstico del síndrome de Tourette suele aparecer en la infancia, pero en el caso de Méndez, sus tics se consideraban “manías” de niño. Según explica, el concepto de Tourette es “relativamente nuevo”, de menos de 20 años. “En mi época de adolescente, infantil, en primaria, en secundaria, pues no existía esa mentalidad, esos conocimientos, y la única forma de definirnos era que teníamos manías”, ha contado.
Fue en el paso de primaria a secundaria cuando los tics se exteriorizaron de forma más evidente. Al mudarse de su pueblo, Coín (Málaga), a una residencia de estudiantes en Málaga, sintió “el golpe gordo”. “Mi cuerpo está creando algo nuevo, está creando movimientos involuntarios, tics fónicos, momentos de ansiedad, de pánico”, ha relatado sobre aquella época.
Sus tics son “casi todos fónicos y de gestos físicos”. Describe movimientos en el cuello, contracturas en los hombros y “latigazos con el pie” al correr, que le han provocado lesiones e incluso una incapacidad en la rodilla. “Estos propios tics físicos, gestuales, provocan otros daños, que son las contracturas y otros dolores”, ha añadido.
A la pregunta de si hay algún tic satisfactorio, la respuesta de Méndez es rotunda: “Satisfactorios no hay ninguno”. Explica que todos son inoportunos y, aunque algunos se mantienen en el tiempo, como los movimientos de cuello, “recurrentemente acuden otros que tú no te imaginas, ni sabes por qué han venido”.
A pesar de su condición, Pepe Méndez desarrolló una carrera en cuerpos de élite. Con 18 años entró en las Fuerzas Armadas y más tarde en la Policía Nacional y el GREIM de la Guardia Civil. Durante su formación, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para ocultar sus tics, ya que cualquier gesto fuera de la norma era causa de expulsión. “Yo tengo que procurar en ese año de preparación en Úbeda, pues ocultar todo eso, porque sé que si aflora, me voy a causar baja”, ha confesado.
Recuerda la academia como “la época más dura” de su vida, sometido a un régimen militar cerrado con formaciones y desfiles. Su altura (1,87 m) le colocaba siempre en primera línea, a menudo en la esquina, el “pivote de toda formación”, una situación de máxima exposición que se complicaba con el uso del “incómodo” tricornio y un tic en la cabeza.
Reprimir los tics tenía un alto coste, el llamado “efecto rebote”. “Hacía muchas flexiones antes de, y después me metía al cuarto de baño, lloraba, exprimía, tenía ataques de pánico, ataques de ansiedad, todo ello sin conocer por qué me estaba ocurriendo todo eso”, ha explicado Méndez sobre cómo gestionaba la tensión.
El síndrome de Tourette conlleva una “muchísima” fatiga muscular y trastornos del sueño. Méndez describe días tan intensos que se levanta sin haber descansado, con el cuerpo “totalmente agotado para la vida diaria”. Menciona que las enfermedades raras son como un iceberg, con muchos trastornos asociados ocultos como la ansiedad, el pánico, los TOCs o el TDAH. Para él, “el trastorno de la alimentación y el trastorno del sueño es uno de mis caballos de batalla”.
Las situaciones de presión y exposición social disparan los tics. No se refiere solo a grandes aglomeraciones, sino a momentos cotidianos. “Mis enemigos número 1 son el dentista y el peluquero”, ha afirmado, por la imposibilidad de mantenerse quieto. “Con una sola persona ya lo estoy pasando fatal”, ha admitido.
El deporte ha sido una vía de escape y un pilar en su vida. Empezó a correr en la adolescencia para controlar sus tics y descubrió que era bueno en ello, lo que le ayudaba a compensar los aspectos negativos de su condición. “Compensaba lo bueno que venía por lo malo que estaba floreciendo, que era fuerte”, ha señalado.
Sin embargo, los tics también afectaron su práctica deportiva. Al correr maratones, su técnica se veía alterada: “talonaba, entraba con el talón, pegaba zapatazos en el suelo”, lo que le provocaba dolores y sobrecargas. Con el tiempo, las lesiones se agravaron en las carreras de montaña, culminando en un trasplante de meniscos en la rodilla.
Con los retos de montaña descartados por las lesiones, Méndez ha encontrado en la natación una nueva pasión. Rechazó las clases formales por el pánico que le generaban las correcciones constantes y decidió aprender a nadar por sí mismo con vídeos de YouTube. “Cuando te acorralan y te cierran una puerta, abres otra”, ha reflexionado.
Su constancia y tolerancia al dolor le han llevado a fijarse un nuevo objetivo: el reto Ultra Ebre, que consiste en nadar 31 kilómetros en Tarragona. Esta decisión llegó tras completar con éxito la que se considera la travesía más dura de España, la vuelta al Hacho en Ceuta.
En todo este camino, el apoyo de su familia ha sido fundamental. Su hija Estrella, que estudia para el MIR, es su gran pilar. Ella destaca de su padre su “resiliencia” y cómo se adapta “a lo que venga”. Pepe Méndez, emocionado, se refiere a ella como su “muleta”, la persona que le equilibra.