Se cumplen 25 años del asesinato de Manuel Giménez Abad, presidente del Partido Popular de Aragón, a manos de la banda terrorista ETA. El 6 de mayo de 2001, Giménez Abad se dirigía junto a su hijo al estadio de La Romareda para presenciar el partido entre el Real Zaragoza y el Numancia cuando un terrorista le disparó mortalmente. Aquella tarde, el fútbol y la política se tiñeron de luto en un suceso que ha dejado una cicatriz imborrable en la memoria de Aragón. Veinticinco años después, protagonistas de aquel día reconstruyen una jornada que cambió la historia de la comunidad.
Dentro del campo, los jugadores del Real Zaragoza vivieron la tragedia con incredulidad y desolación. El rumor del atentado, que se produjo unos veinte minutos antes del inicio del encuentro en la calle Cortes de Aragón, corrió como la pólvora por las gradas durante la primera parte. Sin embargo, no fue hasta el descanso cuando la plantilla fue informada oficialmente. Xavi Aguado, histórico capitán del equipo, recuerda cómo recibieron la noticia. “Tristemente, nos lo dicen al descanso, creo que fue Juan Morgado”, explica el exfutbolista.
La reacción en el vestuario fue de shock. Aguado, sobrepasado por la situación, tomó la iniciativa de hablar con el árbitro para detener el partido. “Yo intenté hablar con el árbitro para decirle que no se podía jugar, que no se podía seguir jugando, porque habían asesinado a una persona, un referente en Aragón, que venía con la normalidad con su hijo”, relata. La petición fue en vano. “El árbitro dijo que no podía parar el partido, que como máximo, podía hacer un minuto de silencio”. Hoy, Aguado está convencido de que la decisión sería diferente: “El partido hoy en día se hubiera paralizado, porque eso es una tragedia”.
El equipo saltó al campo para la segunda mitad completamente “destrozado” y “derruido”. A pesar del estado anímico, el fútbol continuó y, paradójicamente, el destino quiso que Aguado fuera protagonista. En el minuto cinco de la reanudación, marcó el 3-0. Su celebración fue un gesto espontáneo y cargado de significado: una dedicatoria al cielo en memoria de Jiménez Abad. “Tuve la suerte de que pude hacer gol y dedicárselo a él, un gesto espontáneo, porque estábamos todos tan apesadumbrados, que queríamos dedicarle la victoria”, rememora el exjugador. Aquel fue el último triunfo de la temporada para un Real Zaragoza que luchaba por la permanencia.
Mientras el partido se reanudaba, las inmediaciones del estadio eran un hervidero de actividad policial y política. Antonio Suárez, entonces primer teniente de alcalde de Zaragoza, se encontraba llegando al palco de La Romareda cuando fue alertado. “Nada más llegar, me comunica la policía local que parece que le han pegado unos disparos a Manuel Giménez Abad”, cuenta. En ese momento, Suárez representaba la máxima autoridad municipal.
Su reacción fue inmediata. Había acudido andando al fútbol, por lo que no dudó en subirse al coche de su escolta para dirigirse al lugar del atentado. “Inmediatamente la reacción es que con mi escolta, en su coche, fuimos inmediatamente al lugar”, detalla. El paso del tiempo no ha borrado la crudeza de aquellas imágenes. “Han pasado 25 años, pero son recuerdos que no se olvidan, aunque pasen muchísimos años. Fue una tarde trágica, muy trágica, y unos momentos muy difíciles”, confiesa Suárez.
Suárez, reconocido zaragocista y responsable del deporte en la ciudad durante años, define a Giménez Abad como “una gran persona” y un ejemplo de los valores democráticos. “Si me preguntaran qué persona representaría de una forma genuina lo que es un estado democrático, yo elegiría a Manuel Giménez Abad”, afirma con rotundidad. Un sentimiento compartido por todos los que le conocieron y que subraya la magnitud de la pérdida, no solo para su partido, sino para toda la sociedad.
El encargado de asumir el liderazgo del PP de Aragón tras el asesinato fue Gustavo Alcalde. Para él, la noticia fue un mazazo personal y político. “25 años después seguimos teniendo esa cicatriz enorme que nos dejó el asesinato de Manolo”, lamenta. Describe a su predecesor como “un buen hombre, amable, trabajador, dialogante, conciliador”, y destaca su “currículum profesional eminente” y su “gran capacidad”.
A diferencia de otros protagonistas, Alcalde no se dirigía al estadio. Estaba en casa con su familia cuando recibió la llamada del entonces delegado del Gobierno, Eduardo Ameijide, anunciándole el atentado. “Solo pude salir del estupor en el que estaba tras los lloros desgarrados de mi mujer y mis tres hijas, que entendieron la situación antes que yo”, narra sobre el impacto de la noticia. En aquel momento, Alcalde era diputado autonómico y coordinador adjunto al presidente.
Poco después, le tocó la difícil tarea de tomar el relevo. “Me tocó a mí sustituir lo insustituible, que era Manolo”, admite. Alcalde también aprovecha el aniversario para reflexionar sobre el presente, mostrando su satisfacción porque el asesino, Mikel Carrera Sarobe, alias 'Ata', “está preso con cadena perpetua en una cárcel francesa”. Lanza una crítica al Gobierno actual, afirmando que “si estuviera en España, probablemente estaría ya en la calle en situación de semilibertad, fruto de esos pactos secretos entre Pedro Sánchez y Otegi”.
El recuerdo de aquel día se completa con detalles como el testimonio de los miembros de la Peña Numantina 'El Picadillo', quienes desde un autobús descapotable afirmaron haber visto huir al asesino entre la multitud. Un criminal que se perdió en el caos de una tarde de fútbol rota por el terror. Veinticinco años después, el legado de Manuel Jiménez Abad pervive como un símbolo de la lucha por la democracia y la libertad frente a la barbarie.