La figura de Hernán Cortés sigue siendo, casi 500 años después de su muerte, un tema de rabiosa actualidad que divide opiniones. Mientras unos lo ven como un héroe y emprendedor, otros, como la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, lo tachan de salvaje y saqueador. Para arrojar luz sobre este personaje histórico, el doctor en humanidades y escritor mexicano Juan Miguel Zunzunegui ha presentado en 'La Linterna' de COPE, junto a Ángel Expósito, su último libro: 'Hernán Cortés, encuentro y conquista' (La Esfera de los Libros). En él, Zunzunegui sostiene una tesis principal: "su mayor atrocidad fue México. Eso es básicamente lo que este señor hizo nacer, México, y yo vengo de ahí".
Zunzunegui lamenta que se haya impuesto un relato de "rabia en México y culpa en España", especialmente en tiempos de populismo. "Como hoy en día los hechos y los documentos ya no importan, lo que importa son las emociones personales y los tweets", afirma el historiador. Considera que esta visión ignora que todo lo que hoy conforma la nación mexicana no existiría sin la llegada del conquistador extremeño.
El escritor secunda la polémica afirmación de Isabel Díaz Ayuso de que México no existía antes de Cortés. "Lo que hay antes de que llegue Hernán Cortés es un mundo fascinante y peligroso, pero que no es México", explica. Zunzunegui describe un territorio sin unificación lingüística, cultural o política, un continente aislado del resto del mundo. Era una "cultura de piedra" con pueblos enemigos entre sí, donde los aztecas practicaban "sacrificios humanos" y canibalismo.
Según el autor, la integración de todos esos pueblos no la logró el Imperio mexica, que los mantenía "separados, divididos, fragmentados y peleándose". Fue, en sus palabras, "la llegada de España" y la "cristiandad" lo que integró a todas esas culturas en una nueva realidad. "Hay México hasta que llega Cortés", sentencia.
Zunzunegui sitúa el origen de la leyenda negra sobre Cortés a principios del siglo XIX, con la independencia de México. Explica que fue un proceso liderado por "criollos", hijos de españoles, que traicionaron al imperio con "la mente manoseada por los ingleses y por las logias masónicas". Ante el "fracaso rotundo" del primer gobierno republicano, buscaron un culpable: "es culpa de Cortés, hay que quemar sus huesos".
Este movimiento generó un "romanticismo por este mundo mexica", llevando a los criollos a desarrollar un "complejo de aztecas", una idea que Zunzunegui considera que pervive hoy en día en la clase política mexicana, a la que acusa de ser "indigenista" sin tener "ni una gota de la historia de México" en sus venas. El historiador defiende que decir la verdad es un acto revolucionario.
Esta narrativa, según el autor, se consolidó en el siglo XX cuando gobiernos "comunistas, marxistas, colectivistas" utilizaron todo el poder de los medios de comunicación y del sistema educativo para "introyectar una narrativa histórica" de conflicto y unificar al pueblo en torno a ella.
El libro también profundiza en el hombre detrás del mito. Nacido en Medellín (Extremadura), Cortés provenía de "familias nobles empobrecidas" que habían apoyado al bando perdedor en la guerra de sucesión castellana. Tenía la educación de un noble y universitario en Salamanca, pero "no tenía un centavo". Zunzunegui añade un factor clave: "los extremeños son romanos", lo que explica su carácter de "bestias poderosas".
Su relación con el emperador Carlos V fue compleja. Aunque en su primer encuentro en 1529 el rey lo colmó de honores, como el título de marqués del Valle de Oaxaca, Cortés era "un hombre muy peligroso" que "se brinca a todas las reglas". En su segundo regreso a España en 1540, el emperador, sintiéndose opacado, "ya no quiere siquiera recibirlo".
Con Moctezuma, la relación fue "extraña, tensa y buena". Cortés entró en Tenochtitlan de su mano y conversaron a diario durante meses. El historiador relata cómo Moctezuma, por razones difíciles de comprender, "le entrega el mando a Hernán Cortés", lo que desató una rebelión que acabó con la muerte del propio tlatoani a manos de su pueblo. Sus últimas palabras para Cortés fueron: "cuida de mis hijos", un encargo que, según Zunzunegui, cumplió.
Una figura clave fue doña Marina (Malinche), a quien Zunzunegui califica como "la gran conquistadora". Ella no se limitaba a traducir, sino que mediaba y "está generando la relación" entre ambos mundos. Tuvieron un hijo, Martín Cortés, a quien el conquistador no solo reconoció, sino que mandó "una embajada con el papa para que el papa legitime a su hijo", un gesto que demuestra el cariño y respeto en esa relación.
Finalmente, Zunzunegui define la Hispanidad no como una herencia de España, sino como "la civilización que juntos españoles e indios americanos construyeron en América". Una "civilización mestiza" con su propia lengua, religión y cultura. Por ello, concluye con una reflexión: "Nos surge orgullo, somos hijos de la gesta heroica más impresionante de la historia de la humanidad, y despreciamos todo lo que somos".