RSS - Audios de Ecclesia

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RSS - Audios de Ecclesia episodes

  • "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"

    En aquellos días, Azarías, puesto en pie, oró de esta forma; alzó la voz en medio del fuego y dijo: «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas.

    Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.

    Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados.

    Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor».

    Señor, enséñame tus caminos,

    instrúyeme en tus sendas:

    haz que camine con lealtad;

    enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.

    Recuerda, Señor, que tu ternura

    y tu misericordia son eternas;

    acuérdate de mí con misericordia,

    por tu bondad, Señor. R/.

    El Señor es bueno y es recto,

    y enseña el camino a los pecadores;

    hace caminar a los humildes con rectitud,

    enseña su camino a los humildes. R/.

    En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

    Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

    Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

    Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

    3 min
  • San Macario I de Jerusalén

    El Santoral de este día nos lleva a la Tierra de Cristo. Hoy celebramos a San Macario de Jerusalén. Su nacimiento se sitúa en torno al año 250, con una vida que se ubica entre los siglos III y IV. Designado Obispo de la Ciudad Santa, es el primer arzobispo griego de Jerusalén. Este lugar se llamaba Aelia Capitolina. Era el lugar que le pusieron los romanos después de destruirla en el año 70. 

    No era una Comunidad Cristiana muy grande, pero tenía importancia porque fue testigos de la Vida del Señor hasta llegar a su Resurrección. Era una etapa en la que los cristianos pasaron de ser una religión perseguida a estar defendidos y protegidos por el Imperio Romano. 

    En su ministerio episcopal tuvo que hacer frente al arrianismo que negaba que Cristo fuese la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. San Atanasio le había prevenido sobre este error. Participa en el Concilio de Nicea que condena dicha desviación doctrinal. 

    También sentó las bases para que Jerusalén fuese una Diócesis elevada a la categoría de Arzobispado. También cuidó de los fieles y organizó al Comunidad. El Gobierno Imperial le encargó buscar las reliquias existentes y halló la Vera Cruz. Se trata de la Cruz del Señor. 

    La madre de Constantino, Santa Elena lo buscó y él le ayudó en esta tarea. San Macario I de Jerusalén muere en el año 333. Se le reconoce como el Obispo que convirtió su Sede en Patriarcado, con lo que todo ello supone.

    1 min
  • Santa Catalina de Bolonia

    La mujer del Santoral de hoy muestra ese desprendimiento para dejar las cosas de la tierra y dedicarse a labrar un tesoro en el Cielo. Hoy celebramos a Santa Catalina de Bolonia. Nace en este lugar italiano en el año 1413. De ambiente noble es formada en todos los conocimientos y artes de entonces. 

    También sabía pintar, cantar y tocar instrumentos, algo curioso para los tiempos que corrían por entonces. Pero todo esto no le llenaba. Su orientación era totalmente espiritual. A pesar de todo, aún le quedaban asuntos temporales que llevar a cabo. 

    Enviada, por eso, a Ferrara a la Corte de Nicolás III le asignan el cometido de ser compañía para su hija Margarita. Como advierte que su proyecto consiste en consagrarse a Dios deja la vida cortesana. En ese anhelo encuentra unas clarisas. La vida que lleva es de oración y desprendimiento con gran humildad. 

    Veía que, dentro de los muros del Convento, muchas aspiraban a ser abadesas con la idea de figurar e ir por delante. Entonces poco a poco va eliminando ese tópico, para recordar que Cristo no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su Vida en rescate por todos. 

    Gran escritora y miniaturista entra de pleno en la vida consagrada y es elegida abadesa. En este momento de su trayectoria, enseñó a sus hermanas de comunidad que podían aportar más de los que pensaban con su granito de arena, dentro de esos muros. Santa Catalina de Bolonia muere en el año 1463.

    1 min
  • "En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo"

    En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso.

    Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».

    Fue Naamán y se lo comunicó a su señor diciendo: «Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel». Y el rey de Siria contestó: «Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel». Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía: «Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».

    Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo: «¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».

    Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran: «¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».

    Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».

    Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio». Dándose la vuelta, se marchó furioso.

    Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».

    Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.

    Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

    Como busca la cierva corrientes de agua,

    así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.

    Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:

    ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

    Envía tu luz y tu verdad:

    que ellas me guíen

    y me conduzcan hasta tu monte santo,

    hasta tu morada. R/.

    Me acercaré al altar de Dios,

    al Dios de mi alegría;

    y te daré gracias al son de la cítara,

    Dios, Dios mío. R/.

    Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».

    Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

    3 min
  • "Dame de beber"

    En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

    Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».

    Respondió el Señor a Moisés: «Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».

    Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

    Venid, aclamemos al Señor,

    demos vítores a la Roca que nos salva;

    entremos a su presencia dándole gracias,

    aclamándolo con cantos. R/.

    Entrad, postrémonos por tierra,

    bendiciendo al Señor, creador nuestro.

    Porque él es nuestro Dios,

    y nosotros su pueblo,

    el rebaño que él guía. R/.

    Ojalá escuchéis hoy su voz:

    «No endurezcáis el corazón como en Meribá,

    como el día de Masá en el desierto;

    cuando vuestros padres me pusieron a prueba

    y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

    Hermanos: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

    Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

    En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

    En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

    Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

    Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

    Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

    Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

    La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

    En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

    Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

    ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

    En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

    3 min
  • San Juan de Dios

    Hoy, III Domingo de Cuaresma, nos situamos en la zona de Sicar, junto al Pozo de Siquem, en Samaría. Allí va con sus discípulos. Es mediodía y tienen hambre. Entonces les encarga que vayan a comprar provisiones. Él se sienta junto al pozo. De pronto una mujer samaritana va a llenar cántaro de agua. 

    El Maestro le pide de beber y ella se extraña porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Al final se entabla una conversación. El resultado es que la mujer se conmueve y se convierte al descubrir al Mesías en el Hombre que le habla y se lo cuenta a sus paisanos que le invitan a quedarse unos días en el pueblo. 

    Y muchos son los que creen cuando se lo dice la mujer, pero con el paso de los días aumenta el número de discípulos. Y en medio de este Tiempo, celebramos a San Juan de Dios. Nace en Portugal en 1495 en una familia humilde y religiosa. 

    Tras ser vendedor y pastor, decide hacerse religioso. Antes es encerrado injustamente porque le tratan como un loco. Recibe malos tratos y no se queja, sino que sonríe y sufre en silencio. También comprueba la triste situación de los enfermos. 

    Una realidad que les hace ser maltratados. Para poner luz e invitar a un trato digno a los que sufren, funda la Orden de los Hospitalarios. Viendo su bondad el Obispo le llaman “Juan de Dios”. Esto cala en el corazón de los que le conocen Muere en 1550.

    1 min
  • "Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado"

    Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apaciente como antes en Basán y Galaad. Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios.

    ¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.

    Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar. Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.

    Bendice, alma mía, al Señor,

    y todo mi ser a su santo nombre.

    Bendice, alma mía, al Señor,

    y no olvides sus beneficios. R/.

    Él perdona todas tus culpas

    y cura todas tus enfermedades;

    él rescata tu vida de la fosa,

    y te colma de gracia y de ternura. R/.

    No está siempre acusando

    ni guarda rencor perpetuo;

    no nos trata como merecen nuestros pecados

    ni nos paga según nuestras culpas. R/.

    Como se levanta el cielo sobre la tierra,

    se levanta su bondad sobre los que lo temen;

    como dista el oriente del ocaso,

    así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

    En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

    Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna". El padre les repartió los bienes.

    No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

    Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros".

    Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".

    Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado". Y empezaron a celebrar el banquete.

    Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud".

    Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado".

    El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado"».

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  • Santas Perpetua y Felicidad

    Las mujeres que engrosan el Santoral de este día fueron ama y esclava, pero la Fe les hizo entender que Cristo que ha muerto y resucitado no quiere esclavitud ni distinciones. Son las Santas Perpetua y Felicidad que conmemoramos hoy. Su vida transcurre entre los siglos II y III. 

    Perpetua pertenecía a una familia muy honrada que, durante la prisión escribió su vivencia de Fe y cuanto le había tocado pasar. Felicidad es su esclava que, también esperaba un hijo. Tenía miedo de que fuesen ajusticiados antes sus compañeros que ella. Eso le preocupaba porque no sabía qué hacer con su hijo. 

    La Providencia hizo que en la prisión dio a luz una niña a la que criaron y educaron, los cristianos. Ellas formaban parte de una Comunidad de fieles que habían sido catequizados por un Diácono llamado Sáturo. Todo había empezado con el decreto de matar a quienes siguiesen a Cristo. 

    Con esta orden, los soldados buscaron a los cristianos por todos los sitios para darles muerte, encontrando a las dos reunidas en oración. Las Santas Felicidad y Perpetua mueren mártires. Son llevadas a un circo en Cartago, de donde procedían y sufren los zarpazos de las fieras. 

    Según la tradición, al final muere decapitadas. A ellas les acompañan otro grupo de cristianos que darán la vida también por el Evangelio. Como son mártires de la antigüedad, los nombres de las dos Santas se incluyen en el Canon Romano dentro de la Santa Misa.

    1 min
  • "Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?"

    Israel amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.

    Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José: «Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».

    José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: «Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».

    Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: «No le quitemos la vida». Y añadió: «No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él». Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.

    Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua. Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: «¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra». Los hermanos aceptaron. Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.

    Llamó al hambre sobre aquella tierra:

    cortando el sustento de pan;

    por delante había enviado a un hombre,

    a José, vendido como esclavo. R/.

    Le trabaron los pies con grillos,

    le metieron el cuello en la argolla,

    hasta que se cumplió su predicción,

    y la palabra del Señor lo acreditó. R/.

    El rey lo mandó desatar,

    el señor de pueblos le abrió la prisión,

    lo nombró administrador de su casa,

    señor de todas sus posesiones. R/.

    En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: "Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 

    Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?"». 

    Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». 

    Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

    3 min
  • Jesús de Medinaceli

    La religiosidad popular nos lleva en este día hasta los momentos más centrales de la Pasión del Señor, que muere y resucita. Por eso, hoy, como cada primer viernes de marzo, celebramos el Cristo de Medinaceli. La Imagen nos muestra a Cristo coronado de espinas y maniatado. Es el momento del Ecce Homo, en que Pilato se lo mostró así al pueblo. 

    La Celebración nos traslada al siglo XVII. En aquel momento los capuchinos que van en misión a tierras del Norte de África. Entonces quieren llevar un Icono que sea Catequesis Viviente. Para ello se ponen en contacto con los talleres sevillanos del artista cordobés Juan de Mesa. El Cristo mide 1,73 metros. Una vez hecho se la llevan a Marruecos. 

    La mala suerte es que el Sultán en una avanzadilla guerrera se apodera de la Imagen con la idea de pasearla burlonamente por las calles y destruirla. Ante este acontecimiento, el Superior de los Trinitarios se presentó para adquirirla pagó por el 30 monedas de oro. 

    El magnate lo tasó en una moneda de oro por cada kilo y pesó casualmente 30 kilos. Una vez adquirido, llegó a Madrid en 1682 donde le acogieron los Trinitarios bajo el nombre de “Jesús del Rescate”. Tras la Desamortización de Mendizábal va a Duques de Medinaceli, conservando el nombre actual. El Templo está regentado por los PP. Capuchinos. 

    Llega la persecución religiosa de los años 30 del siglo pasado y sale de España llegando hasta Ginebra. A su vuelta retorna a su ubicación de Duques de Medinaceli, donde es venerada hasta la actualidad. El Papa San Pablo VI dio al Templo el Título de Basílica Menor de Nuestro Padre Jesús de Medinaceli. Esta festividad se vive todos los años el primer viernes del mes de marzo.

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