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En biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución. Hace 6 millones de años el entorno en el que vivían nuestros antepasados empezó a cambiar, la selva dio paso al bosque abierto y a las praderas, la ocupación de este nuevo medio fue posible gracias a la capacidad de los primeros miembros de nuestro linaje para caminar erguidos. La necesidad de desplazarse por esos espacios abiertos supuso un cambio en la configuración corporal que les dotó de una gran resistencia, las piernas se alargaron, los músculos se hicieron resistentes a la fatiga, aumentó su capacidad para sudar y se produjo la pérdida de pelaje. Su dieta también se transformó, pasando de una dieta mayoritariamente herbívora a otra más variada que a su vez permitió una aceleración metabólica que exigió un mayor aporte de alimento. Los círculos virtuosos que se desencadenaron llevaron a nuestros ancestros a adquirir sofisticadas capacidades cognitivas y a cooperar de forma intensa. Lo escribe el Catedrático de Fisiología Juan Ignacio Pérez Iglesias en su libro "Primates al este del Edén. El organismo humano a la luz de la evolución" y nos recuerda las palabras de William Faulkner, el pasado ni siquiera es pasado, tampoco en biología, los rasgos que nos han permitido sobrevivir como especie son el resultado de la acción de presiones selectivas que han actuado durante millones de años, pero cuyas consecuencias seguimos experimentando en el presente. Hoy encendemos el fuego de la cueva para iluminar la evolución, para entender, mirando al pasado, por qué somos como somos.
Con Jaime García Cantero, maestro tecnológico de la tribu, reflexionamos sobre las Apple Glasses y el furor que han causado en EEUU y en el túnel del tiempo volvemos a charlar unos minutos con el escritor Julio Cortázar.
Visita la cueva de Sapiens Sara García Alonso, la primera mujer española seleccionada por la Agencia Espacial Europea como astronauta suplente, tenía 8 años cuando vio la película "Contact" en el cine con su padre y soñó con tripular naves espaciales como Jodi Foster. Quizá algún día viaje a la Estación Espacial Internacional o a esa cara oculta de la Luna a la que cantaba su admirado Pink Floyd, pero mientras tanto, aquí en la tierra, lidera en el CNIO, en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, otra misión igual o incluso más importante, encontrar un tratamiento eficaz contra el cáncer de pulmón y el cáncer de páncreas. Reflexionamos con ella sobre la importancia de avanzar en el conocimiento, sobre la relevancia de la investigación básica y sobre las aplicaciones prácticas que la tecnología desarrollada para la exploración espacial puede tener en nuestra vida diaria.
Con Jaime García Cantero reflexionamos sobre los implantes cerebrales, y en nuestro túnel del tiempo rescatamos la voz del sapiens Ramón J. Sender.
El cine imagina más allá de lo evidente, suele anticiparse a su época y propone situaciones fascinantes y disruptivas, conspiradores que implantan falsas memorias en "Inception", un científico alocado que lee los sueños en "Hasta el fin del mundo" o una supercomputadora que siente y piensa como una persona en "Odisea en el espacio". Pero así como el cine de ciencia ficción suele apoyarse en los últimos avances de la ciencia, la ciencia también se nutre de la prolífica imaginación de los cineastas y de pronto nos encontramos sumergidos en esas realidad. Implantar memorias usando optogenética, leer la mente durante el sueño con avanzados algoritmos de descodificación o lograr que las computadoras superen al pensamiento humano en infinidad de tareas mediante redes neuronales profundas ya es una realidad. Lo escribe Rodrigo Quian Quiroga en su libro “Cosas que no creerías” publicado por Debate. La ciencia está logrando lo que hace décadas parecía imposible, implantar una memoria, leer la mente, comunicarse con pacientes en coma, predecir una decisión, crear cyborgs o volver a hacer caminar a un paralítico ya no es una quimera, las ideas de muchas de las películas de ciencia ficción tienen cada vez más de ciencia y menos ficción. Avances que nos llevan a replantearnos las grandes preguntas que el ser humano viene haciéndose desde que tiene uso de razón ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Qué es lo que nos distingue y nos lleva a ser la especie dominante? Hay algo especial en nuestro cerebro que nos haga más inteligentes y conscientes de nuestra propia existencia? Hoy encendemos el fuego para visionar películas de ciencia ficción pasadas por el filtro de la neurociencia y la filosofía junto al neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, profesor ICREA en el Instituto de investigación del hospital del mar en Barcelona, antes director del Centro de Neurociencias de sistemas y jefe de Bioingeniería en la Universidad de Leicester, descubridor de las llamadas neuronas Jennifer Aniston o neuronas de concepto.
Junto al maestro tecnológico de la tribu, Jaime García Cantero, reflexionamos sobre la llamada "era dorada" de la ciencia y en el túnel del tiempo nos reencontramos con el historietista Francisco Ibáñez
El hogar forma parte de la identidad de cada uno de nosotros, tu casa es tu referencia, donde regresas a tocar suelo, a descansar en absoluta tranquilidad, en total intimidad. Lo escribe América Valenzuela en su libro "La vida secreta de tu alcachofa de ducha. Lo que la ciencia te explica sobre tu hogar". No siempre tuvimos casa, cultivar la tierra y criar animales nos impulsó hace 9.000 años a abandonar la vida nómada y crear un lugar físico donde permanecer, nacía el hogar. Pronto establecimos un vínculo inesperado con nuestras casas y adquirió un significado espiritual, el hogar, escribe Valenzuela, se convirtió en mucho más que un refugio, nacía el arraigo. Desde entonces nuestra vivienda se ha ido transformando en sintonía con los avances tecnológicos. Hoy hemos olvidado lo prodigioso que resulta encender la luz pulsando un botón para abrir el grifo y que fluya agua potable. Asumimos como normal meter la ropa en la lavadora o pedir comida a un restaurante desde el móvil. Pero. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Somos el resultado del impulso creativo, la visión de negocio, el conocimiento científico, la suerte y la perseverancia de muchos sapiens. Hoy encendemos el fuego para iluminar la ciencia y la tecnología que han construido nuestros hogares, y de paso para reclamar con su calor el derecho de todo ser humano a una vivienda digna.
Con nuestro maestro tecnológico, Jaime García Cantero, repasamos las tendencias de este 2024 que acaba de empezar y en el túnel del tiempo nos reencontramos, en el centenario de su nacimiento, con el gran sapiens Eduardo Chillida.
“Somos una consecuencia de nuestras experiencias y de cómo ellas han ido configurando esa biología que, en ausencia de un mundo estimulante, nunca hubiese llegado a ser nada. Una biología cuyo esquema fundamental es el resultado de millones de años de evolución a lo largo de los cuales hemos acumulado algo así como memorias tatuadas en nuestros genes que rigen algunos de los procesos más básicos pero fundamentales como son nuestros miedos más ancestrales, nuestros deseos más primitivos y, por supuesto, esa ansia por vivir y sobrevivir que nunca deberíamos permitir que se perdiese”. Lo escribe el neuropsicólogo Saúl Martínez-Horta en su libro ¿Dónde están las llaves? publicado por Geo Planeta. Este diálogo tan ancestral como cotidiano entre nuestra biología y nuestro mundo es en esencia lo que nos hizo y lo que nos mantiene humanos. Es lo que nos explica como individuos aislados y como entes sociales y es lo que da lugar tanto a las ideas como a las palabras, la expresión artística, el sentido o experiencia de la emoción o nuestra capacidad de amar. Hoy encendemos el fuego de la cueva para iluminar nuestros comportamientos cotidianos a la luz de la neuropsicología. ¿Por qué a veces somos incapaces de encontrar las llaves?, ¿Por qué la memoria nos juega malas pasadas?, ¿Por qué no reconocemos una cara?, ¿Por qué se nos quedan las palabras en la punta de la lengua?, ¿Cómo funciona la intuición, las fobias o la agresividad?
Con nuestro maestro tecnológico y agitador de conciencias Jaime García Cantero reflexionamos sobre el consumismo en estas fechas repasando el pensamiento de grandes intelectuales del siglo XX, y en nuestro túnel del tiempo recuperamos el único registro sonoro que existe de Juan Ramón Jiménez en el aniversario de su nacimiento.
"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes", lo escribió Borges en uno de sus poemas. El aprendizaje es un proceso fascinante y complejo, nos permite almacenar imágenes, experiencias y emociones en una memoria que permite que la información se guarde de forma duradera. Graba nuestra experiencia y facilita que nos adaptemos a las situaciones que se nos plantean en el presente y también proyectarnos hacia el futuro. En palabras de Emilio Lledó "ser es esencialmente ser memoria, es encontrar una forma de coherencia, un vínculo entre lo que somos, lo que queríamos ser y lo que hemos sido". Lo explica Mara Dierssen en su último libro "La ciencia de la memoria", lo que aprendemos entra en nuestro cerebro en forma de recuerdo pero solo se hace consciente en el momento en que lo recordamos. Pero ¿Cómo aprendemos? ¿Cómo codifica el cerebro la información para que sea almacenable? ¿Cómo se aprenden las cosas cotidianas? ¿Cómo escogemos qué información aprender? Hoy encendemos el fuego de la cueva para iluminar la memoria, para descubrir cómo nuestro cerebro aprende y recuerda.
Con Jaime García Cantero reflexionamos sobre los acuerdos de la COP28 y la historia de las Cumbres del Clima, y en el túnel del tiempo nos reencontramos con el gran sapiens Rafael Alberti.
Un rascacielos metálico y cristalino, de impecable diseño futurista, con fachadas de espejo que reflejan la luz del sol y atraen todas las miradas y que se levanta fálica y orgullosamente en el núcleo blanco rico y poderoso de Europa y EEUU. Así imagina la arqueóloga y prehistoriadora Almudena Hernando el edificio que representa nuestro momento histórico. Se asienta, escribe, sobre un subsuelo cavernoso, incómodo y lleno de estrecheces en el que habitan ciudadanos que no tienen derecho a ver la luz del día, ni a disfrutar del confort o de la alimentación o de la higiene o de los cuidados médicos o de los tiempos de ocio que se dan por descontado en los pisos superiores, y donde siguen entrando por la puerta de atrás los últimos recursos animales, vegetales y minerales que son necesarios para sostener el confort, el calor, los menús de lujo, los avances tecnológicos, los viajes de placer y el consumismo atroz que define la vida de los pisos superiores. A esa gente de inmensa riqueza que hace tiempo dejó de querer ver la pobreza que genera su vampiresco modo de crecimiento se le ocurre por ejemplo irse a vivir a Marte. Algunos de los hombres con el máximo grado de individualidad dependiente del planeta, escribe Almudena Hernando, están compitiendo ya por ser los primeros en colonizar el nuevo territorio. La masculinidad desconectada de cualquier emoción o empatía va siendo cada vez más el modelo identitario de los hombres que lideran política y económicamente el mundo, por lo que puede anticiparse que la cosificación de los cuerpos de las mujeres no hará sino aumentar, del mismo modo que lo hará la homofobia, la transfobia o el rechazo de cualquier trasgresión de la norma patriarcal así como la precarización del trabajo y los niveles de sufrimiento emocional y social.
Pareciera que el edificio no puede seguir construyéndose así que la lógica de crecimiento del supuesto progreso está encontrando su punto de quiebre, su límite de sostenibilidad, su contradicción final. Pareciera que muchas de las personas que habitamos los pisos bajos estamos entendiendo que nuestro edificio está próximo a derrumbarse porque nuestra cercanía al suelo nos permite contemplar el fin de los bosques, la subida del nivel del mar, el aumento de la temperatura global, las muertes de inmigrantes en el Mediterráneo, la precariedad de la vida de quienes consiguen entrar en nuestros sótanos, de las identidades mestizas, las condiciones de trabajo de quienes fabrican nuestras ropas o zapatos o tecnologías. Pareciera que vamos entendiendo que la única posibilidad de supervivencia es acabar con esta lógica de construcción del edificio social y volver a un sistema de construcción en extensión, no en altura, transformar el discurso de verdad que nos rige para potenciar una socialización basada en la empatía, la solidaridad, el cuidado de lo humano y lo no humano. Pero ¿Es eso posible? Hoy encendemos el fuego de la cueva para iluminar la corriente de la historia, para reconocer la contradicción de lo que somos.
Con Jaime García Cantero nos subimos al AVE a Asturias para hablar de grandes infraestructuras y en el túnel del tiempo nos reencontramos con el escritor Camilo José Cela.
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