No educamos solo con palabras.
Educamos con lo que hacemos cuando nadie nos ve.
Educamos contando las historias de nuestras organizaciones,
de nuestro trabajo diario,
de nuestro esfuerzo y de nuestro legado.
Las siguientes generaciones no aprenden tanto de lo que decimos,
aprenden de cómo tratamos a los demás,
de cómo enfrentamos los problemas,
de cómo respetamos, trabajamos y cumplimos.
Un niño observa más de lo que escucha.
Si ve coherencia, aprende valores.
Si ve esfuerzo, aprende disciplina.
Si ve respeto, aprende humanidad.
El ejemplo no grita,
no impone,
no presume.
El ejemplo se vive todos los días,
en lo pequeño,
en lo cotidiano,
en lo real.
Porque el legado más grande que podemos dejar
no es solo lo que logramos,
sino la forma en la que vivimos.