Este año, como en ningún otro de nuestra vida, hemos experimentado lo que es vivir en el alambre ante la incertidumbre de si a la vuelta de la esquina un enemigo invisible, silente, sin rostro ni forma, puede robarnos la vida. Así nos vemos obligados a vivir en el temor, en el no saber, en el desconcierto, al comprobar como la naturaleza no entiende de emociones ni sentimientos ni se mueve por deseos u objetivos, cuando desata su fuerza y pone en jaque las estructuras creadas por el hombre, para contener sus efectos más devastadores y ciegos. El final indefinido para esta obligada vida de funambulista solo se vislumbrará, cuando entendamos que es en la solidaridad inter generacional, en la fuerza para embridar el deseo de celebración festiva, y en el seguimiento de las directrices que arbitran los que saben; dónde encontraremos el antídoto, la vacuna, para poner coto a este mal que arrebata vidas sin tiento, como se cortan las cabezas de espigas en la siega: sin miramientos.