En esta sociedad en constante aceleración, basta conque nos pongan por delante un titular, para dejarnos arrastrar por la primera idea o impresión; sumergiéndonos así en un océano de opiniones en circulación. Por el camino olvidamos las preguntas que nos harían ver los porqués del hecho o el dato sobre el que se nos propone opinar. Preguntas que no vemos impulsados por la emoción de fijar nuestra posición; sin preguntarnos porqué tenemos que opinar y definirnos sobre todo, y al instante, que nos enreda en un cruce de dimes y diretes, sin fin. Necesidad necia de opinar sobre todo que nos lleva a comprar acriticamente las ideas o mensajes ocultos en todos los enunciados, y nos incorpora a una dinámica de entontecimiento general donde se olvidan las preguntas, los porqués, que es donde se esconden los mensajes, normalmente perversos, de aquello sobre lo que se nos propone opinar. De este modo se sacan de contexto hechos comunes y propios de las contradicciones humanas, que se convierten en paradigmas del fin del mundo, Y así, cada día parece que el mundo se nos cae encima sin darnos cuenta de que son muy pocas cosas las realmente trascendentes en la vida y que lo demás, no es más que el viejo debate entre lo viejo y lo emergente.