"Ya van a ser tres años, pero para mí es como si hubiese sido ayer lo que pasó; no me resigno a haberla perdido, porque la niñita era lo único que yo tenía; poseo más hijos, pero ella era mi compañera; es más, ella se había comprado los útiles el día viernes y el lunes empezaban las clases; así que todavía tengo los lápices, todo lo que ella se eligió; la cartucherita que había dejado reservada, la retiré y la tiene en el cementerio; odio a las personas que salen alcoholizadas a la calle; cada vez que me entero de que hay un asesino en la calle, el dolor que siento... me embarga una pena muy grande; esto me está enloqueciendo, no quiero que nadie pase por lo que yo pasé; nadie, nadie; es muy triste y doloroso; amo a mi hija, la extraño".
Es una tragedia vial que seguirá estremeciendo la provincia de San Juan. Ocurrió el 28 de febrero de 2020 en la localidad de Pocitos. Dos vecinitas, Ailén Páez y Julieta Farías, ambas de 11 años, iban caminando hacia un corso a cuadras de donde vivían. Mientras cruzaban la calle Mendoza, de pronto apareció un Peugeot 404 excedido de velocidad. Las embistió de lleno. La primera quedó allí y a la otra fue arrastrada más de 200 metros sobre el capó. Ambas murieron en el momento.
Sergio Eduardo Arenas, el conductor, en vez de parar, huyó con Julieta arriba hasta que pegó el volantazo en una esquina y la pequeña cayó al asfalto. El hombre se encontraba con el doble de alcohol en sangre que lo permitido. Además, tenía la licencia vencida y su automóvil carecía de la Revisión Técnica Obligatoria. Sin embargo, fue condenado a solo cuatro años y seis meses de cárcel más nueve de inhabilitación para manejar. Una pena leve tomando en cuenta las circunstancias.
Los tribunales sanjuaninos están en grave deuda con las familias de las víctimas, que se enteraron del veredicto a través de la prensa, porque nunca fueron notificados. El proceso se realizó a puertas cerradas. Susana Méndez, mamá de Aylén, junto a Roberto, la pareja, prestan su voz en el testimonio conmocionante de esta nota. Tienen el respaldo de la Asociación Familias del Dolor y la Esperanza, fundada por Guillermo y Lorena, padres de Lautaro Chirino, otra presa de la violencia vial.