En primer lugar. Ellos rompieron el instinto de preservación, rompieron con la mezquindad de cuidar lo poquito que tenían, la clave la menciona el apóstol: “Se ofrecieron a sí mismos, primero al Señor, estaban consagrados a Él; por eso, se manifestaba en ellos la naturaleza divina, de generosidad, se negaron a sí mismos. Esto es el antídoto contra la codicia, el egoísmo.
En segundo lugar, dice Pablo: “y se dieron a nosotros, por la voluntad de Dios” lo cual implica que le ayudaron en la proclamación del Evangelio (ganaban, consolidaban, discipulaban y enviaban). Esta gente no eran consumidores del evangelio, sino colaboradores de Dios, por eso, no tenían mentalidad de mendicidad, daban con gozo y sin reservas.